UNA LECTORA MUERE ODIANDO UNA HISTORIA.... SOLA PARA DESPERTAR DENTRO DE ELLA.
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CAPITULO 23
CLARA
Todo aquello había sido una montaña rusa de emociones.
Quizá Isabel no lo había notado, pero yo sabía que había vuelto.
La conocía desde que éramos niñas. Habíamos crecido juntas, compartido secretos, juegos y travesuras. Por eso, cuando tuvo aquel accidente, fui una de las primeras en notar que algo había cambiado en ella.
Al principio intenté convencerme de que solo necesitaba tiempo para recuperarse. Después pensé que quizá el accidente había afectado su personalidad, que simplemente necesitaba acostumbrarse a su nueva vida.
Pero, en el fondo, sabía que no era eso.
La Isabel que conocía seguía teniendo su mismo rostro, su misma sonrisa y aquella hermosa cabellera rojiza, pero algo en ella se había apagado.
Era como mirar una muñeca perfectamente hecha a la que alguien había olvidado darle vida.
Seguía siendo amable, educada y encantadora, pero ya no tenía aquella chispa que la hacía única. Sus risas eran diferentes, sus respuestas carecían de espontaneidad y parecía estar siempre a una distancia imposible de alcanzar.
La extrañaba.
Mucho más de lo que alguna vez me atreví a admitir.
Por eso, cuando apareció en aquella fiesta de té y se interpuso para defenderme de Sofia, apenas pude creerlo.
Había algo familiar en su manera de hablar, en sus gestos y en aquella expresión desafiante que tanto había echado de menos.
No quise ilusionarme demasiado. Tenía miedo de estar confundiendo mis deseos con la realidad.
Pero los días pasaron y cada vez me resultaba más evidente.
Sus ocurrencias, sus comentarios inesperados, sus pequeñas locuras y esa manera tan particular de meterse en problemas terminaron por convencerme.
Era ella.
Mi mejor amiga había vuelto.
Y no sabía cuánto necesitaba recuperar aquella parte de mi vida hasta que la tuve nuevamente a mi lado.
Sin embargo, la felicidad duró poco.
El día de la fiesta en el palacio, cuando Sofia lanzó aquel ataque mágico, Isabel no dudó en interponerse para protegerme.
La vi caer.
Vi cómo Alan corría hacia ella y cómo su rostro perdía todo rastro de calma.
En aquel instante no me quedó ninguna duda.
Era Isabel.
Mi Isabel.
Pero también sentí una culpa inmensa.
Siempre había sido ella quien me defendía. Desde pequeñas, encontraba la manera de ponerse delante de mí, incluso cuando era yo quien debía enfrentar las dificultades.
Y yo nunca parecía ser capaz de hacer lo mismo por ella.
Ahora, durante aquel secuestro, había vuelto a ocurrir.
Isabel me había salvado otra vez.
Y cuando finalmente conseguimos escapar, fue ella quien utilizó aquella extraña magia para protegernos. Incluso después de haber recibido una flecha, siguió corriendo hasta conseguir alejarnos de nuestros perseguidores.
Ahora estaba tendida a mi lado, inconsciente, herida y completamente agotada.
La observé con los ojos llenos de lágrimas.
—Eres una tonta, Isabel… —susurré, apartando un mechón de su cabello húmedo de su rostro—. Siempre tienes que hacerte la heroína.
Intenté incorporarme y un dolor agudo recorrió mis piernas. Estaba agotada, tenía frío y apenas podía mantenerme en pie.
Pero no podía quedarme allí.
No otra vez.
Esta vez no iba a permitir que Isabel cargara con todo.
Miré a mi alrededor. El río nos había arrastrado hasta una zona boscosa que no reconocía. Necesitábamos encontrar refugio antes de que anocheciera y, sobre todo, necesitábamos ayuda para atender su herida.
Pasé uno de sus brazos por encima de mis hombros y, haciendo acopio de todas las fuerzas que me quedaban, intenté levantarla.
Su cuerpo pesaba mucho más de lo que había imaginado.
Casi caímos las dos.
—Vamos, Isabel… Ayúdame un poquito, aunque sea esta vez.
No obtuve respuesta.
Apreté los dientes y volví a intentarlo. Conseguí ponerla de pie y comencé a avanzar lentamente, sosteniéndola como podía.
Cada paso era difícil. El terreno estaba húmedo, mis ropas seguían empapadas y no tenía idea de hacia dónde debía dirigirme.
Pero seguí caminando.
No sabía cuánto tardaría en encontrar un lugar seguro ni si alguien estaría buscándonos.
Solo sabía que no podía rendirme.
Porque Isabel había pasado años intentando volver a ser ella misma, y ahora que por fin la había recuperado, no iba a permitir que la perdiera.
Esta vez sería yo quien la llevaría a casa.