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Reencarné Para Destruirte

Reencarné Para Destruirte

Status: En proceso
Genre:Reencarnación / Romance / Venganza
Popularitas:2.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Nancy Hurtado

Victoria Black fue víctima de una terrible traición por parte de su hermana y su esposo llevándola a una muerte con arrepentimientos, pero el universo le ha regalado una segunda oportunidad, esta vez con conocimiento del futuro le va a conocer el verdadero amor y los que la hicieron sufrir se las van a pagar con intereses.

NovelToon tiene autorización de Nancy Hurtado para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

No volveré a perderte

Capítulo 10

No volveré a perderte

El silencio fue absoluto.

Miré a Adrián.

Él parecía tan sorprendido como yo.

—¿Mi abuela me eligió para Adrián? —pregunté.

Patricia negó con la cabeza.

—No exactamente.

—Entonces, ¿qué significa todo esto?

—Elena pensaba que ustedes dos se amaban.

Sentí calor en las mejillas y Adrián me miró.

—Eso es imposible —respondió Adrián con un tono a la defensiva.

Entonces Patricia arqueó una ceja y preguntó:

—¿Por qué?

Él no respondió y yo tampoco, porque la verdad era demasiado complicada.

Mi abuela había visto algo que nosotros no vimos, o que yo me negué a ver.

Patricia cerró los documentos y volvió a guardar la carta.

—No tienen que casarse ahora.

Respiré aliviada.

—¿Entonces no hay problema? —preguntó Adrián.

—No dije eso.

Volvió a señalar el documento.

—Si Victoria se casa con otro hombre por conveniencia, perderá el control de una parte importante de la herencia.

Recordé a Rodrigo.

El matrimonio.

El dinero.

La primera vida.

Todo empezó a encajar.

Rodrigo no me había amado.

Me había elegido.

Y ahora entendía por qué.

—¿Cuánto vale la herencia? —pregunté.

Patricia me miró con seriedad.

—Lo suficiente para que varias personas estén dispuestas a hacer cosas terribles.

Mi estómago se contrajo.

—Entonces, Rodrigo...

—Probablemente sabe parte del contenido del testamento.

—¿Y Lucía?

Patricia guardó silencio. No necesitaba responder.

Adrián intervino:

—¿Qué tiene que hacer Victoria para protegerse?

Patricia tomó la pequeña caja de madera.

—Primero, no firmar ningún documento relacionado con su herencia sin revisarlo conmigo.

—Eso puedo hacerlo.

—Segundo, no confiar en ninguna copia que no provenga directamente de mi oficina.

Recordé el documento que Lucía me había mostrado en mi otra vida.

Adrián se puso serio.

—¿Y el archivador?

Patricia volvió a mirar la llave.

—Lo abriremos cuando sea el momento.

—¿Cuándo será?

—Cuando Victoria haya tomado una decisión libre.

La frase me incomodó.

—¿Una decisión sobre Adrián?

—Sobre el hombre que quiere a su lado.

Miré a Adrián.

Él apartó la vista. No parecía cómodo con aquella conversación, y eso me gustó. En mi primera vida, Rodrigo habría visto aquella situación como una oportunidad. Adrián parecía verla como una responsabilidad.

Patricia sacó otro documento.

—Tu abuela dejó una lista.

—¿De qué?

—De hombres que consideraba adecuados para ti.

No pude evitar una sonrisa.

—¿Una lista?

—Sí.

—¿Cuántos nombres hay?

Patricia abrió el documento y lo miró durante unos segundos.

Después sonrió.

—Uno.

Miré a Adrián y él frunció el ceño.

—¿Quién?

Patricia pronunció el nombre:

—Adrián Vargas Reyes.

Nadie habló.

Sentí que el corazón me golpeaba con fuerza.

—¿Mi abuela realmente hizo esto?

—Sí.

Adrián negó lentamente con la cabeza.

—No entiendo.

Patricia lo observó.

—Elena confiaba en ti.

—Pero apenas hablábamos antes de que ella muriera.

—Eso no significa que no te conociera.

Adrián guardó silencio.

Yo recordé todas las veces que mi abuela había mencionado su nombre durante mi infancia. Todas las ocasiones en que me decía que algunas personas demostraban su valor con acciones y no con palabras.

Nunca había entendido aquellas frases.

Ahora sí.

—¿Por qué él? —pregunté.

Patricia respondió:

—Porque fue la única persona que tu abuela consideró incapaz de elegirte por dinero.

Miré a Adrián.

Él no sonrió.

No parecía satisfecho.

Parecía preocupado.

—Eso es demasiado peso —dijo.

—¿Qué quieres decir?

—No quiero que pienses que tienes que estar conmigo porque tu abuela lo escribió.

Mi pecho se apretó.

—No lo pienso.

—Bien.

Me miró directamente.

—Porque, si algún día me eliges, quiero que sea porque tú quieres.

Aquellas palabras me desarmaron.

Precisamente eso era lo que había estado buscando desde que regresé.

La posibilidad de elegir.

Sin Lucía.

Sin Rodrigo.

Sin miedo.

Sin una vida escrita por otros.

—Entonces no tienes nada que temer —dije.

—¿Por qué?

—Porque nadie va a decidir por mí.

Patricia cerró la carpeta.

—Eso es exactamente lo que Elena quería.

Tomé la llave número 17.

La sostuve en la palma. Ya no parecía un simple objeto. Se había convertido en una promesa, una advertencia y, quizá, la prueba de que mi abuela había sabido mucho más de lo que yo imaginaba.

—¿Podemos ir al banco mañana? —pregunté.

Patricia negó con la cabeza.

—Todavía no.

—¿Por qué?

—Porque primero debes averiguar qué hizo

Adrián por ti cuando tenías ocho años.

Me quedé inmóvil. Adrián también.

—¿Qué tiene que ver eso con la herencia?

Patricia no respondió enseguida. Solo cerró la caja de madera.

—Todo.

Salimos de la casa sin decir una palabra.

Mientras caminábamos hacia mi auto, miré a Adrián.

—¿Qué hiciste por mí cuando tenía ocho años?

Su expresión cambió.

—Hay cosas de tu infancia que no recuerdas.

Un frío me subió por la espalda.

—¿Por qué?

—Porque después de aquel día alguien decidió que era mejor que las olvidaras.

Mi corazón se detuvo.

—¿Quién?

Adrián levantó la mirada.

—Eso es lo que tenemos que descubrir.

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