Elena es una psicóloga pragmática con un secreto que maneja en estricta privacidad: tiene la capacidad de ver y escuchar a las personas que recién han fallecido, ayudándolas a cerrar asuntos pendientes para poder marchar en paz.
Su rutina profesional se quiebra la noche en que se cruza con el fantasma de un hombre. A diferencia de sus pacientes habituales, él no busca consuelo: busca respuestas. Era un criminal a sueldo ejecutado por sus propios aliados tras fallar en su última misión: asesinar a Elena. El problema es que él tampoco sabe por qué fue incapaz de apretar el gatillo cuando la tuvo enfrente.
Mientras la sombra de este hombre la acecha buscando entender qué los conecta, Elena comienza a experimentar recuerdos que no le pertenecen y visiones de épocas que jamás vivió. Para salvar su vida en el presente, Elena deberá descubrir qué secreto del pasado los ató la primera vez... y por qué alguien está dispuesto a matarla de nuevo.
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Capitulo 5: la llamada nocturna
Eran las tres de la mañana cuando el teléfono celular de Elena, configurado en modo vibración sobre la mesa, comenzó a zumbar.
Elena, que dormitaba con la cabeza apoyada sobre sus brazos en la mesa, se sobresaltó de golpe. Gabriel ya estaba al lado del aparato, observando la pantalla con fijeza.
Era un mensaje de texto de un número no guardado.
«Sé que encontraste las fichas. Necesito el sobre. Estoy en la antigua estación de trenes del norte. Ven sola o destruiré el resto de los documentos. - M.V.»
Elena leyó el mensaje dos veces.
—Es una trampa —dijo Gabriel de inmediato, con la voz firme de quien conoce las tácticas de emboscada—. Marcos no te citaría en un lugar abierto a estas horas si estuviera huyendo. Alguien está usando su teléfono.
—O tal vez está desesperado —replicó Elena, poniéndose de pie—. Si tiene la otra mitad de la investigación, es la única forma que tenemos de cerrar esto de manera legal y llevar las pruebas a las autoridades.
—Si vas allí, te van a matar, Elena —insistió Gabriel, poniéndose frente a ella—. No eres una agente, eres una psicóloga. No sabes cómo reaccionar si hay hombres armados esperándote.
—Pero te tengo a ti —dijo ella, mirándolo directamente a los ojos—. Tú conoces cómo operan. Sabes cómo piensan porque trabajaste para ellos. Tú puedes ser mis ojos antes de que yo ponga un pie dentro de ese lugar.
Gabriel se quedó en silencio. La lógica de Elena era incontestable, pero la idea de exponerla al peligro hacía que una sensación amarga y punzante recorriera su forma fantasmal.
—De acuerdo —cedió él finalmente—. Pero harás exactamente lo que yo te diga. Si te digo que corras, corres sin mirar atrás.
Elena asintió. Guardó las fichas en su abrigo, revisó que su teléfono tuviera suficiente batería y salieron de la casa bajo la oscuridad previa al amanecer.
La antigua estación de trenes del norte era un cascarón de concreto y metal oxidado que llevaba más de veinte años abandono. Los matorrales crecían entre las vías en desuso y el techo de lámina estaba lleno de agujeros por donde se filtraba la llovizna.
El taxi los dejó a dos cuadras del recinto. Elena caminó despacio, manteniendo las manos en los bolsillos del abrigo para disimular el temblor de sus dedos.
—Quédate cerca del muro exterior —la voz de Gabriel sonó pegada a su oído, aunque no había nadie a su lado—. Yo iré adelante a revisar el galpón principal. No avances hasta que te dé la señal.
Elena se pegó a la pared de ladrillo visto de la entrada lateral. Vio cómo la silueta de Gabriel cruzaba el umbral sin hacer ruido, deslizándose entre la penumbra con una soltura propia de su antiguo entrenamiento.
Pasaron tres minutos que a Elena le parecieron eternos. El viento hacía crujir los paneles de metal del techo.
De pronto, Gabriel reapareció a su lado. Su rostro reflejaba una severidad extrema.
—Tenías razón sobre Marcos, pero también tenía razón yo —dijo Gabriel rápidamente—. Marcos está adentro, pero está atado a una silla. Hay dos hombres armados esperándote en la zona de andenes. Están usando el teléfono de Marcos para atraer a quien tuviera el sobre.
—¿Son de la agencia? —preguntó Elena en un susurro.
—Sí. Reconozco sus tácticas —contestó Gabriel—. Están posicionados detrás de las columnas de soporte. Si entras por la puerta principal, te tendrán en su ángulo de tiro de inmediato.
—¿Qué hacemos entonces?
—Vamos a usar el hecho de que ellos no pueden verme —dijo Gabriel con una fría sonrisa—. Tú vas a hacer suficiente ruido cerca de la entrada secundaria para llamar la atención de uno de ellos. Cuando se separe de su compañero para investigar, yo me encargaré de causarle una distracción lo suficientemente fuerte como para desarmarlo.
—Gabriel, no puedes tocar objetos físicos con facilidad —le recordó Elena.
—No necesito mover un arma, Elena —respondió él, mirando hacia la penumbra del galpón—. Solo necesito hacer que el frío de mi presencia sea lo bastante denso para que pierda el control por un segundo. Un segundo es todo lo que necesitamos.
Elena respiró hondo, apretó los puños y caminó hacia la puerta de servicio, lista para ejecutar la parte más peligrosa de su plan.
El crujido de la madera podrida bajo los pies de Elena resonó en el pasillo lateral de la estación como un disparo en la noche.
Elena se congeló contra la pared. El pulso le retumbaba en los oídos. En la oscuridad del galpón principal, la silueta de uno de los hombres armados se separó de la sombra de la columna central. El sujeto vestía una chaqueta táctica y sostenía una pistola con silenciador en la mano derecha.
—¿Quién está ahí? —preguntó el hombre en un susurro áspero, avanzando despacio hacia la entrada de servicio.
Elena retrocedió un paso, asegurándose de que el crujido de las hojas secas fuera suficiente para guiarlo. El sujeto dobló la esquina, apuntando el arma hacia el pasillo vacío.
Fue entonces cuando el ambiente cambió.
La temperatura en el pasillo cayó en picada en cuestión de microsegundos. La niebla del aliento del hombre se volvió una nube espesa ante su rostro. La humedad en el aire pareció congelarse sobre su piel. El sujeto se detuvo de golpe, tiritando violentamente mientras miraba a su alrededor con una mezcla de desconcierto y pánico .
A medio metro de él, la figura de Gabriel emergió de la penumbra.
Gabriel no intentó tocar al hombre; en lugar de eso, concentró todo el peso de su energía fantasmal contra la nuca del agresor. Para el sujeto vivo, la sensación fue como si le hubieran vertido un balde de agua helada sobre el cerebro. Un dolor punzante le atravesó las sienes, causándole un vértigo fulminante. El arma se le resbaló de los dedos entumecidos y cayó sobre el suelo de tierra con un golpe sordo.
—¡Ahora, Elena! —gritó la voz de Gabriel en la mente de ella.
Elena reaccionó al instante. Salió de la penumbra, pateó la pistola lejos del alcance del hombre y lo golpeó con todas sus fuerzas en la mandíbula usando la linterna de metal pesado que llevaba en el bolsillo. El sujeto, desorientado por el choque térmico y el golpe, cayó de rodillas antes de desplomarse inconsciente sobre el suelo.
—Uno menos —susurró Elena, respirando agitadamente.
—Falta el segundo —advirtió Gabriel, señalando hacia el fondo del galpón—. Y ese ya debe haber escuchado la caída.