Divierte
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La tia pancha y los gemelos que traían caos
Todo transcurría con calma en el pueblo, hasta que una tarde se escuchó el ruido de un carruaje viejo que crujía al llegar a la puerta de Don Pancracio. De pronto, apareció una señora alta, delgada, de nariz respingada y voz que se escuchaba hasta el otro lado del pueblo: era ¡Doña Pancha!, la tía lejana de Doña Candelaria, que vivía en un pueblo muy lejano y nadie la esperaba. Y no venía sola... ¡traía a sus nietos gemelos! Tadeo y Toribita, dos niños de unos siete años, idénticos, con ojos traviesos y una energía que parecía no acabarse nunca.
—¡Aquí llego yo, sobrina querida! —gritó Doña Pancha, bajando del carruaje con aire muy importante—. ¡He venido a quedarme una buena temporada! ¡Y mis nietos me acompañan para alegrarles la vida!
Doña Candelaria la recibió con amabilidad, aunque un poco sorprendida por la visita tan repentina. Don Pancracio, en cambio, se puso las manos en la cabeza apenas vio a los gemelos:
—¡Ay, Candelaria! ¡Con lo que me gustan la tranquilidad y el silencio... y ahora llegan estos dos remolinos! ¡Ya veo que no voy a tener un momento de paz!
Y no se equivocó. Tadeo y Toribita corrían por todas partes, subían a los árboles, escondían los sombreros, cambiaban las herramientas de lugar y hablaban los dos al mismo tiempo, sin dejar respirar a nadie. Pronto se sumaron también los demás vecinos para conocer a los recién llegados: Don Filemón y Doña Filomena, que miraban a los niños asombrados de tanta energía; Doña Loli y Don Basilio, que se divertían viéndolos correr; los primos Don Toribio, Don Eustaquio y Doña Chonita, que se llevaban muy bien con Doña Pancha; y por supuesto, el Padre Juan, que llegó a saludar y dijo con una sonrisa: "¡Qué bendición tener tanta alegría en la casa!".
Pero pronto empezaron los problemas. Los gemelos, queriendo jugar a los granjeros, decidieron que Doña Cleotilde y el burrito Pelusa necesitaban "un cambio de imagen". Agarraron tijeras, cintas de colores y hasta un poco de pintura suave... ¡y cuando Don Pancracio los descubrió, casi se desmaya! A Doña Cleotilde le habían puesto una cinta roja enorme en la cresta y le pintaron las plumas de amarillo y azul; y al burrito Pelusa le habían recortado un poco las orejas y le pusieron flecos de colores en el pelo.
—¡¡Mis pobres criaturas!! —gritó Don Pancracio, llevándose las manos a la cabeza—. ¡Las han dejado irreconocibles! ¡Cleotilde, qué te han hecho! ¡Y tú, Pelusa, pareces un adorno de fiesta!
Los gemelos, con los ojos muy abiertos, dijeron inocentemente:
—¡Solo queríamos que se vieran bonitos, tío Pancracio! ¡No se enoje!
Doña Pancha, en lugar de regañarlos, soltó una carcajada:
—¡Déjalos, Pancracio! ¡Son niños! ¡Así se divierten! ¡Y qué lindos quedaron!
Don Pancracio suspiraba y se quejaba sin parar, mientras Doña Candelaria intentaba lavar y acomodar a los pobres animales. En eso, los gemelos se escondieron detrás de Don Basilio y le escondieron su famoso sombrero... ¡y cuando él lo buscó desesperado, lo encontraron puesto en la cabeza del burrito Pelusa! Todos soltaron la carcajada, incluido Don Basilio, que terminó riéndose de su propia desgracia.
—¡Veo que en esta casa nunca falta diversión! —decía el Padre Juan, ayudando a recoger las cosas tiradas por el suelo—. Los niños traen alegría, aunque también traen un poquito de desorden. ¡Paciencia, Pancracio, paciencia!
Y así, entre risas, bromas y algún que otro susto, todos aprendieron a querer a Doña Pancha y a los traviesos gemelos. Don Pancracio, aunque se quejaba de la falta de silencio, en el fondo estaba feliz de tener más familia. Y Doña Cleotilde, a pesar de los colores en sus plumas, cacareaba como siempre... ¡como diciendo que mientras haya amor, hasta los desastres resultan divertidos!