Valentina lo dio todo por su matrimonio. Cinco años soportando las humillaciones de su suegra, que la llamaba estéril. Cinco años aguantando la indiferencia de Adrián, el hombre que juró amarla. Cinco años creyendo que la culpa de no poder embarazarse era suya.
Hasta que un accidente le reveló la verdad: alguien le había estado dando drogas anti-ovulatorias a escondidas. La mujer que todos llamaban estéril nunca lo fue. Le envenenaron el vientre a propósito.
A partir de ese momento, Valentina dejó de llorar en silencio. Con la ayuda de Santiago —un abogado brillante que ve en ella la fuerza que nadie más quiso ver—, Valentina emprende su camino de vuelta: atrapa a los culpables, recupera su dignidad y construye desde cero la vida que le robaron.
Pero la traición tiene raíces profundas. Mientras Valentina renace, sus enemigos no van a quedarse de brazos cruzados. Y el pasado de Santiago también esconde heridas que amenazan con alcanzarlos a ambos.
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Capítulo 5
La luz de la habitación seguía encendida a media intensidad cuando la noche terminó de caer. El olor a antiséptico picaba suave en el aire, mezclado con el frío que soltaba el aire acondicionado.
Valentina yacía sola en la cama, el cuerpo todavía débil, la cabeza envuelta en vendas. No se oía más que el pitido acompasado del monitor. Los ojos abiertos. La mirada perdida en el techo, pero la mente corriendo sin rumbo.
Las palabras del médico esa tarde seguían resonándole con nitidez. La sustancia anti-ovulatoria, la alteración de los datos, y la voz de Adrián asegurando que todo estaba bien.
Los dedos de Valentina se cerraron despacio sobre la cobija. El pecho le subía y bajaba con lentitud, conteniendo algo que se volvía más sofocante con cada minuto.
—¿Por qué mi cuerpo tenía un compuesto anti-ovulatorio? —susurró—. ¿Habrá sido por algo que comí todo este tiempo?
Las lágrimas le brotaron otra vez, silenciosas. Había una parte de ella que se negaba, que todavía quería creer que todo era un malentendido. Pero del otro lado, una vocecita insistente la empujaba a sospechar, a escarbar, a buscar. Hasta que al fin, en medio del miedo que le oprimía el pecho, Valentina tomó una decisión. Tenía que averiguar la verdad por su cuenta, y en secreto.
* * *
Lejos de la frialdad del hospital, el ambiente no podía ser más distinto. Una lámpara amarillenta bañaba la sala pequeña y ordenada con su resplandor tibio. El aroma dulzón de un perfume se mezclaba con el olor a comida que aún flotaba en el aire. Risas ligeras llenaban el espacio acogedor.
En el sofá, Adrián estaba recostado con aire despreocupado. Lorena se acurrucaba entre sus brazos. La mujer se reía por lo bajo, la cabeza reclinada contra su pecho, disfrutando del abrazo sin el menor asomo de culpa.
Mientras tanto, la mano de él le acariciaba la mejilla con descuido, le bajaba al cuello y volvía a subir, con un gesto posesivo y familiar.
—Adrián… —ronroneó Lorena, casi en un susurro—. ¿De verdad te vas a quedar a dormir esta noche?
Adrián esbozó una sonrisa leve. Le detuvo la mano en la barbilla y le levantó el rostro para que lo mirara.
—Claro que sí —respondió con naturalidad—. Mientras Valentina esté en el hospital, soy libre.
La sonrisa de Lorena se ensanchó. Había satisfacción en esa expresión.
Las manos de ella empezaron a juguetear sobre el pecho de Adrián, los dedos deslizándose con soltura, como si fuera un gesto ensayado mil veces.
—¿Doña Carmen no va a sospechar? —preguntó de nuevo; la voz suave, pero calculadora.
Adrián soltó una risa breve.
—No. Mi mamá cree que me quedé a dormir en la granja.
Lorena asintió despacio. Le brillaban los ojos, aunque no de amor; más bien de seguridad.
O quizás porque los planes de ambos marchaban sobre ruedas.
Pero de pronto la expresión de Lorena cambió. Frunció las cejas levemente, como si acabara de acordarse de algo.
—Adrián… —lo llamó, ahora en voz más baja—. Si Valentina está en el hospital, entonces no está tomando "eso", ¿verdad?
La pregunta hizo que Adrián se quedara callado un momento y se le tensara apenas el rostro. Se le había olvidado por completo.
Todos los días, sin falta, Adrián se aseguraba personalmente de que Valentina se tragara las "vitaminas". Que nunca se le pasara, que nunca se le atrasara. Llevaba más de tres años haciéndole tomar un anti-ovulatorio sin que ella lo supiera. Tres años impidiéndole deliberadamente quedar embarazada.
Adrián exhaló un suspiro corto, tratando de serenarse.
—S-sí, pero no importa —contestó al fin, forzando un tono desenfadado—. Últimamente no hemos tenido relaciones.
Lorena lo observó unos segundos y resopló.
—Hum… ¿hasta cuándo vas a seguir con ese matrimonio, Adrián? —le reclamó con fastidio; el tono mimoso de hacía un momento se había convertido en exigencia.
Se zafó de su abrazo, se apartó un poco y le torció la boca en un puchero. Llevaba cuatro años esperando, desde que se convirtió en "la otra".
Adrián se acercó otra vez. Le rodeó la cintura con las manos y la atrajo de vuelta.
—Ten paciencia, mi amor —le dijo con suavidad, aunque debajo de esa dulzura se escondía un cálculo frío—. Todo a su tiempo.
Lorena lo taladró con la mirada.
—¿Cuándo? ¡Estoy harta de que me tengas en el aire!
Adrián curvó los labios apenas. Le acarició el pelo con parsimonia, como si apaciguara a una niña caprichosa.
—Cuando ya tenga todos los bienes en mi poder —dijo quedo, pero con total claridad—, ahí sí la divorcio.
Las palabras salieron frías y despiadadas. Sin embargo, Adrián no sentía la menor culpa.
Lorena se quedó callada. Después, poco a poco, los labios se le curvaron de nuevo. Ya no había puchero, sino una sonrisa de pura satisfacción. Volvió a reclinarse contra él.
—Que no tarde mucho, Adrián —le susurró—. Ya no aguanto las ganas de ser la señora de Adrián.
Adrián se limitó a sonreír. Las manos le recorrieron el cuerpo a ella una vez más, como si no cargara con ningún peso en la conciencia. Como si no existiera una esposa legítima tirada a solas en una cama de hospital.
* * *
Desde que supo una parte de la verdad sobre lo que le habían hecho, algo cambió dentro de Valentina. Seguía viviendo como siempre —hablando con la misma voz mansa, agachando la cabeza cuando la llamaban— como si nada fuera distinto. Pero por dentro le había brotado una semilla pequeña y tenaz que se llamaba sospecha.
Ese día le tocaba salir del hospital. Sin embargo, Adrián no aparecía a recogerla. Lo había llamado varias veces, pero el número sonaba apagado.
—Yo te llevo a tu casa —dijo Santiago, que llevaba un rato de pie, no muy lejos de ella.
—Disculpe, vuelvo a causarle molestias —respondió Valentina.
—No me molesta en absoluto —replicó él con una sonrisa breve.
Al llegar, Valentina contempló la casa con el aliento contenido. Sentía que algo había cambiado, aunque en realidad el lugar seguía exactamente igual. A lo sumo, las hojas secas regadas por el patio porque nadie las había barrido.
Doña Carmen estaba sentada en la sala, absorta en un programa de farándula que retumbaba en la habitación, mientras Adrián ocupaba el asiento de al lado con la cara inexpresiva, entretenido con el celular. Ningún recibimiento, ninguna atención, como si no pasara nada, como si Valentina no acabara de atravesar un accidente y días de internación.
Valentina se quedó unos segundos en el umbral de la puerta, aferrándose al bolso con fuerza. Los observó a los dos, y en el pecho le nació un sentimiento extraño: no era simple tristeza ni rabia, sino una distancia gélida.
—Adrián… —lo llamó quedo.
Él apenas giró la cabeza.
—Ah, ¿ya llegaste? —Ni una sonrisa, ni un paso hacia ella, ni una pregunta sobre cómo se encontraba.
Valentina bajó la vista.
—Sí, Adrián… —respondió en un hilo de voz.
Doña Carmen le lanzó una ojeada fugaz y volvió los ojos al televisor.
—¿Ya estás bien? Deja de hacerte la delicada. Hay un montón de cosas que hacer en la casa.
La frase sonó común, pero cortante. Lo curioso fue que esta vez Valentina no se desmoronó. Solo asintió despacio.
—Sí, señora.
Y desde ese instante empezó a interpretar su papel: volver a ser la Valentina de siempre, la que callaba y la que cedía.
* * *
Esa noche, Valentina se sentó en la orilla de la cama, el cuerpo ligeramente encorvado, los dedos enredando sin querer la punta de su blusa. A su lado, Adrián ya estaba acostado mirando el celular. El resplandor de la pantalla le rebotaba en el rostro indiferente.
—Adrián… —lo llamó ella, bajito y dubitativa.
—¿Qué? —contestó él sin voltear.
Valentina tomó aire despacio; los hombros le temblaron un poco.
—Perdóname —murmuró.
Adrián la miró de reojo.
—¿Ahora de qué?
La pregunta le punzó como una aguja. Valentina agachó más la cabeza.
—Soy una carga. Llevo años sin poder darte un hijo, y ahora encima me enfermo y causo problemas —dijo quedamente, tragándose la amargura que le inundaba el pecho.
Se obligó a decirlo, porque eso era lo que siempre hacía: culparse a sí misma antes de que otro lo hiciera.
Adrián soltó un suspiro seco.
—Ya. No hablemos más de eso.
—Perdón, Adrián —susurró Valentina. No añadió nada más, pero detrás de esa cara de sumisión los ojos le fueron cambiando poco a poco: ya no contenían solo tristeza, sino algo que empezaba a germinar en silencio.
* * *
Los días siguientes transcurrieron como de costumbre —demasiado normales, tanto que resultaba sospechoso—. Y fue justamente eso lo que reforzó la certeza de Valentina: le estaban ocultando algo. Comenzó a fijarse en los detalles mínimos. A qué hora se iba Adrián, cuándo regresaba, cuánto rato se encerraba en el baño con el celular en la mano, con quién hablaba por teléfono. Ya no preguntaba, ya no reclamaba. Solo observaba, y lo guardaba todo en la memoria.
Una noche, Adrián se durmió más temprano que de costumbre. El celular quedó tirado junto a la almohada con la pantalla todavía encendida, emitiendo un brillo tenue.
Valentina, sentada al borde de la cama, lo vislumbró de reojo. El corazón se le aceleró de golpe y las manos se le enfriaron. Sentía un impulso feroz de tomar ese teléfono, pero el miedo la frenaba: miedo de lo que pudiera encontrar.
Contuvo la respiración. Con una lentitud extrema, alargó la mano. Le temblaban los dedos. Echó un vistazo hacia Adrián, que seguía dormido, y desbloqueó la pantalla. Los ojos le recorrieron a toda velocidad los mensajes y el historial de llamadas. Pero casi todo estaba vacío, como si acabaran de borrarlo. El pecho se le contrajo de inmediato.
—¿Por qué borró todo…? —musitó. Los dedos continuaron moviéndose, buscando algo. Hasta que en un rincón de la pantalla distinguió un nombre de un solo carácter: "L".
Valentina se quedó helada. Clavó la vista en esa letra durante un largo rato. Sin foto de perfil, sin descripción. Una sola inicial, pero que por alguna razón le provocó un vuelco en el estómago. Abrió la conversación: vacía. Ni un solo mensaje, como si la hubieran limpiado hacía poco. El corazón le latía cada vez más rápido; las manos le temblaban cada vez más.
De pronto, una voz gélida rompió el silencio.
—¿Qué haces?
Valentina se sobresaltó con violencia; el celular casi se le resbaló de las manos. Se volvió de golpe. Adrián ya tenía los ojos abiertos y la miraba con dureza.