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LA SOMBRA DEL ECLIPSE INFINITO

LA SOMBRA DEL ECLIPSE INFINITO

Status: En proceso
Genre:Fantasía épica / Fantasía LGBT / Romance
Popularitas:390
Nilai: 5
nombre de autor: Lelixi

Un imperio donde la magia proviene de los cuerpos celestes. Quienes nacen bajo el Sol controlan la materia; quienes nacen bajo la Luna, la mente. Cada milenio ocurre un Eclipse de Sangre que otorga poder divino a quien realice un sacrificio real.

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La Cicatriz de la Fe

El Gran Tribunal de la Santa Inquisición en la Capital Radiante era un monumento a la claustrofobia de mármol. Construido en forma de anfiteatro circular, sus paredes de piedra blanca pulida reflejaban la luz de cientos de reflectores solares, creando una atmósfera tan deslumbrante y calurosa que los reos solían desmayarse por deshidratación antes de que se pronunciara la primera sentencia.

​Vespera von Haze permanecía de pie en el estrado superior, ataviada con su uniforme de Inquisidora Suprema: una coraza de placas de acero chapado en oro, una capa de seda carmesí que caía hasta sus talones y el distintivo collar de cuarzo solar que simbolizaba la autoridad directa del Emperador Solarius IV.

​A sus pies, en el centro de la pira de juzgamiento, tres prisioneros rebeldes de la célula de Oakhaven yacían encadenados con grilletes de hierro frío que anulaban cualquier vestigio de energía. Eran campesinos jóvenes, demacrados, con las túnicas sucias de barro y sangre seca.

​—Por el delito de conspiración contra la corona, intercepción de los suministros de grano imperial y complicidad con el paria conocido como 'El Guadañero' —retumbó la voz del Gran Inquisidor Arcadius, un hombre anciano de rostro enjuto y ojos fanáticos que presidía el consejo a la derecha de Vespera—, este tribunal decreta la purificación inmediata mediante fuego solar. Lady Vespera... ejecute la sentencia.

​El silencio que siguió en la vasta sala fue denso, sofocante. Los acólitos y caballeros de la guardia alineados en los balcones esperaban el gesto habitual de la Inquisidora Suprema. En el pasado, Vespera ni siquiera habría pestañeado. Habría alzado su estoque de luz solidificada y, con un movimiento preciso e indoloro, habría reducido a los reos a cenizas para preservar el orden divino.

​Sin embargo, en esta ocasión, la mano de Vespera sobre la empuñadura de su espada no se movió.

​En el fondo de sus retinas no veía a tres criminales peligrosos; veía el rostro de Klen en aquella capilla en ruinas. Veía las manos llenas de callos de un hombre que había arriesgado su vida para curarle una herida de infancia. Escuchaba las palabras del líder rebelde resonando en su cráneo: «¿Llamas paz a ver cómo los cobradores de diezmos le quitan la última hogaza de pan a las madres en invierno?».

​—Lady Vespera —repitió Arcadius, entornando sus ojos pequeños y astutos—. La corte espera.

​Vespera tragó saliva, sintiendo que el collar de cuarzo en su cuello pesaba como una piedra de molino. Ajustó la postura de sus botas sobre el mármol.

​—Los prisioneros aún no han sido interrogados bajo la red de veracidad psiónica —dijo Vespera. Su voz sonó fría y autoritaria, pero sus cuerdas vocales estaban tensas como cuerdas de arpa a punto de romperse—. Ejecutarlos ahora sería destruir rutas de información cruciales para dar con el paradero de Klen. Solicito la custodia de los reos en las mazmorras del sector oeste para su procesamiento.

​Arcadius arqueó una ceja plateada. El anciano inquisidor inclinó el torso hacia adelante, apoyando las manos en la balaustrada de oro.

​—¿Custodia? —murmuró Arcadius con un matiz de veneno sutil—. En tres años jamás la he oído pedir clemencia procesal para la chusma sin magia, Inquisidora Suprema. Desde su regreso de Oakhaven, notamos cierta... vacilación en sus informes. El Emperador exige la cabeza del Guadañero y la erradicación total de su movimiento antes de que el halo del Eclipse se vuelva rojo. ¿Tiene algo que declarar sobre su encuentro fallido en la plaza?

​El aire en el tribunal pareció congelarse. Vespera sintió la mirada de cincuenta inquisidores clavada en su espalda. Sabía que un solo paso en falso, una vacilación perceptible en su lenguaje corporal, la convertiría a ella misma en sospechosa de alta traición.

​—Mi única declaración, Lord Arcadius, es que no cometo errores por apresuramiento —respondió Vespera, mirando al anciano fijamente con sus ojos grises como el acero—. Si desean quemar a estos hombres hoy, háganlo. Pero cuando el Guadañero traslade sus campamentos a las montañas del este y perdamos el rastro de la rebelión, la responsabilidad caerá sobre este consejo, no sobre mi estoque.

​Arcadius sostuvo la mirada durante tres agónicos segundos antes de soltar un resoplido de disgusto y hacer un gesto displicente con la mano.

​—Llévenselos a las celdas de aislamiento. Tiene cuarenta y ocho horas, Lady Vespera. Si para entonces no ha extraído la ubicación del bastión rebelde, los quemaremos a ellos... y evaluaremos si su fe en la corona requiere una purificación de control.

​...

​Seis horas más tarde, la lluvia caía sin tregua sobre los suburbios de la Capital Radiante.

​Lejos de la magnificencia de los palacios de cuarzo y las torres de luz, el Distrito de las Cenizas era un laberinto de callejuelas estrechas, alcantarillas abiertas y chozas de madera podrida donde sobrevivían los miles de habitantes sin magia que sostenían la infraestructura del Imperio. Aquí no había reflectores solares ni estatuas de alabastro; solo lodo, olor a carbón barato y desesperación.

​Vespera caminaba por un pasaje oscuro embozada en una capa pesada de lana negra con capucha, habiéndose despojado de su coraza militar e insignias para no ser reconocida. El agua de la lluvia goteaba por las telas de su capucha, mojando las mejillas de la mujer.

​A pesar de la prudencia que su cargo le exigía, Vespera había caído en una trampa de su propia mente. Desde su regreso a la capital, la red de espionaje de la Inquisición había interceptado marcas secretas en los muros de piedra del distrito: símbolos cortados a navaja que representaban una guadaña cruzada por un halo roto. Era el lenguaje clandestino de los rebeldes. Klen estaba en la capital. El hombre más buscado del Imperio había caminado voluntariamente hacia la boca del lobo.

​Al doblar la esquina de un taller de herrería abandonado, Vespera sintió la presencia. No fue un ruido ni una alteración mágica, sino la sutil intuición de sentirse observada por alguien que conocía sus movimientos.

​Se detuvo bajo el alero de un tejado ruinoso. Llevó la mano derecha hacia la empuñadura oculta de su daga de combate.

​—Seguir las marcas de la rebelión sin una escolta de cien caballeros es una imprudencia trágica para la Gran Inquisidora —resonó una voz desde la penumbra de un callejón sin salida.

​De la sombra de un carro de madera roto, Klen avanzó lentamente. Llevaba una chaqueta de cuero raída sobre una camisa de lino oscuro y una gorra de tela que ocultaba parte de su rostro maduro. No traía la guadaña consigo, pero la firmeza de sus hombros y la calma de su porte dejaban en claro que estaba listo para cualquier desenlace.

​Vespera dio dos pasos hacia él, despojándose de la capucha. Sus ojos grises, antes fríos e implacables, reflejaban una mezcla de tormenta, agotamiento y una ira desesperada.

​—¿Estás demente? —susurró Vespera en un tono sibilante y febril—. ¡La Inquisición tiene desplegadas tres brigadas de caza en este distrito! ¡Arcadius sospecha de mí! ¡Si te encuentran aquí, no podré salvarte ni aunque entregue mi propio título!

​Klen se detuvo a un paso de ella. Miró el rostro cansado de la mujer, las sombras oscuras debajo de sus ojos y la forma en que sus labios temblaban ligeramente por la tensión.

​—No vine a la capital a pedir que me salves, Vespera —dijo Klen con una voz suave, profunda y llena de una calidez terrenal que pareció amortiguar el ruido de la lluvia a su alrededor—. Vine porque sabía que el consejo de inquisidores te usaría de chivo expiatorio si la rebelión seguía golpeando los convoyes del norte. Vine a asegurarme de que no te hicieran daño por haberme dejado escapar en Oakhaven.

​Vespera lo miró con la boca ligeramente abierta, estupefacta ante la absoluta falta de instinto de preservación del líder rebelde.

​—¿Viniste a la Capital Radiante... por mí? —preguntó la Inquisidora, sintiendo un vuelco violento en el pecho que amenazaba con derrumbar los últimos restos de su disciplina militar.

​—No podría concentrarme en liderar una guerra si paso las noches preguntándome si la mujer que me salvó la vida está siendo torturada en las catacumbas del Imperio —respondió Klen con absoluta honestidad.

​Un sollozo reprimido se ahogó en la garganta de Vespera. Se cubrió el rostro con las manos por un segundo, sintiendo el peso aplastante de la hipocresía en la que vivía. Había dedicado su vida a un dogma que consideraba a los hombres como Klen seres inferiores, parias sin alma destinados a servir o morir. Y sin embargo, era este paria sin magia el único ser humano en todo el continente que se preocupaba por la mujer detrás de la armadura de oro.

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MARIA ZANCHES PEREZ
bien ya te perdone 🥰🥰🥰🥰
MARIA ZANCHES PEREZ
rayos ya me estaba enamorado de ti y sales con esto 😭😭😭
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