El frío de la oficina era lo único que conocía. Durante diez años, mi vida se resumió en trabajo, números y ambición. Para el mundo era la ejecutiva perfecta; para mi familia, solo una tarjeta de crédito. Nadie me quería de verdad, y jamás me detuve a buscar el amor. Hasta que el médico me entregó ese sobre blanco. Una sola palabra lo cambió todo: terminal. Tres meses. Noventa días de vida. Al salir a la calle, el mundo siguió girando sin mí. Pensé en llamar a mi madre, pero supe que solo me pediría dinero. Entendí que si moría mañana, nadie me lloraría de corazón. Había levantado un imperio millonario, pero jamás me había permitido vivir. Con la muerte enfrente, el miedo desapareció por completo. Si me quedaban solo tres meses, rompería cada una de las reglas que me mantuvieron cautiva toda mi vida. Caminé directo al edificio de enfrente y subí al último piso sin pedir permiso. Entré decidida al despacho de mi mayor rival en los negocios, el único hombre capaz de sacarme de quicio y el que jamás pensaría en elegir. Él levantó la vista sorprendido, luciendo esa sonrisa arrogante de siempre. Lo miré fijamente a los ojos, sintiendo por primera vez una libertad absoluta, lista para vivir aunque sea una farsa.
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Capítulo III Un encuentro inesperado
Punto de vista de Victoria
Llegamos a las oficinas de la corporación Castañeda diez minutos antes. Me retoqué el labial en el espejo del ascensor para ocultar la palidez de mi rostro y tomé aire antes de cruzar la puerta de la sala de conferencias.
Pero al entrar, el aire se me congeló en los pulmones.
Sentado al cabecero de la mesa, disfrutando de una taza de café con absoluta soltura, estaba Sebastián Alarcón.
—Victoria, qué puntual. Pasa, por favor —nos saludó Don Aurelio Castañeda, levantándose de su asiento.
Giré sutilmente la cabeza hacia Adriana, pero su rostro reflejaba el mismo desconcierto que el mío. Sebastián se reclinó en su silla, me dedicó una sonrisa de medio lado y alzó su taza a modo de brindis victorioso. Sabía perfectamente lo que estaba pasando; él había planeado esto.
—Don Aurelio, no sabía que la reunión de hoy incluiría a terceros —dije, manteniendo una postura erguida a pesar de que una nueva punzada me quemó las entrañas.
—El señor Alarcón sugirió que los tres conversáramos —explicó el anciano empresario—. Como bien saben, la gala benéfica de este fin de semana es el marco donde Onetto tomará su decisión. Mi firma no apoyará a dos competidores divididos. Quiero que fusionen sus propuestas para el contrato.
—¿Fusionar? —la palabra salió de mis labios con una mezcla de indignación y desprecio.
—Es una idea excelente, Don Aurelio —intervino Sebastián, poniéndose de pie con calma y rodeando la mesa hasta quedar a mi lado—. Valenzuela aporta la rigidez estructurada y yo la visión de expansión que el proyecto necesita. Hacemos un equipo fascinante, ¿no lo crees, Victoria?
Se inclinó ligeramente hacia mí. El calor de su presencia y su perfume me envolvieron al instante. Su mirada era un desafío directo: me estaba acorralando frente a uno de los clientes más importantes de la ciudad, sabiendo que yo jamás aceptaría compartir el crédito.
—Mi empresa no necesita muletas para sostener un proyecto de esta magnitud, Don Aurelio —respondí con una serenidad calculada, mirando fijamente a Sebastián a los ojos—. Y mucho menos la perspectiva de alguien que confunde la imprudencia con la estrategia.
—No es imprudencia si siempre gano, Valenzuela —murmuró él, con la voz baja y cargada de esa tensión peligrosa que hacía que se me acelerara el pulso.
Un pinchazo agudo y violento atravesó mi abdomen, tan fuerte que por un segundo el aire no llegó a mis pulmones. Me apoyé de forma disimulada sobre el borde de la mesa, apretando los nudillos hasta dejarlos blancos.
Sebastián, que no perdía un solo detalle de mis movimientos, borró la sonrisa de su rostro. Sus ojos se entrecerraron con sospecha y preocupación genuina al notar la rigidez de mi cuerpo.
—¿Victoria, te encuentras bien? —preguntó, bajando el tono sarcástico.
—Estoy perfectamente —espeté entre dientes, haciendo acopio de toda mi voluntad para ponerme de pie con normalidad—. Don Aurelio, revisaré las condiciones de su propuesta. Si me disculpan, debo retirarme.
Caminé hacia la salida con la vista nublándoseme en los márgenes. Sentí la mirada de Sebastián clavada en mi espalda, no ya con arrogancia, sino con la intriga de quien empieza a notar que detrás de mi coraza hay algo muy grave que estoy intentando ocultar.
Llegué al estacionamiento apoyada en mi asistente, quien, temblando de pánico, me tomó de la mano.
—Jefa, está helada. Debemos ir al médico de inmediato —dijo con la voz entrecortada por la preocupación.
—No exageres, Adriana. Es solo la baja de azúcar por no haber desayunado. Ya estaré mejor.
Adriana me miró fijamente, sabiendo que discutir con mi terquedad era inútil.
—Espérame aquí. Iré por algo al cafetín para que comas algo.
Sin esperar mi respuesta, salió corriendo hacia el edificio de la corporación Castañeda, dejándome sola en medio del inmenso estacionamiento subterráneo.
Sostener la postura erguida se volvió una tortura. Sentí que el mundo empezaba a dar vueltas y las piernas me temblaban tanto que me costaba mantener el equilibrio. Justo cuando creí que caería, una voz profunda rompió la bruma de mi mente.
—¿Victoria? ¿Estás bien? Te ves ridículamente pálida.
Giré la cabeza con lentitud y me topé con Sebastián. Su postura arrogante había desaparecido, reemplazada por una mirada fija y tensa. Enderezé la espalda de golpe, echando mano de la última gota de orgullo que me quedaba para ocultar el dolor punzante que me desgarraba por dentro.
—Estoy perfectamente bien, Alarcón. Ahora puedes seguir tu camino —respondí con la frialdad de siempre.
Pero las palabras apenas salieron de mis labios. De pronto, el aire dejó de llegar a mis pulmones. El dolor en mi abdomen se volvió un incendio agudo, la vista se me cubrió de manchas negras y las luces del estacionamiento se apagaron.
Lo último que sentí antes de que el mundo se viniera abajo fue el impacto del suelo desvaneciéndose y un par de brazos fuertes sujetándome antes de caer en la penumbra.