Leo despierta en un hospital sin recordar los últimos cinco años. Le dicen que tuvo un accidente, que su esposa murió, que su hija no le habla. Pero algo no encaja: las enfermeras lo tratan con miedo, los médicos mienten, y en su mesilla de noche encuentra una nota escrita por él mismo que dice: "No confíes en nadie. Tú no chocaste. Tú saltaste." Ahora Leo debe reconstruir quién fue realmente en esos cinco años perdidos, y descubrir si el hombre que era antes merece ser perdonado… o merece ser encontrado.
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Capítulo 8: El despertar del pasado
El líquido azul corre por sus venas como un río de hielo. Leo siente el frío primero en el brazo, luego en el pecho, luego en la cabeza. Es un frío que quema, una paradoja que le hace apretar los dientes y cerrar los ojos con fuerza. El faro, la tormenta, Elena, todo se desvanece a su alrededor.
Y entonces, las imágenes empiezan a llegar.
No son recuerdos nítidos al principio. Son manchas de color, fragmentos de sonido, sensaciones que no logra ubicar. Una voz masculina gritando órdenes. El olor a pólvora. El tacto áspero de una cuerda en sus muñecas. Una puerta de metal cerrándose con un golpe sordo.
—Daniel —dice una voz a su lado. Es Elena, pero no la Elena del faro. Es una Elena más joven, con el cabello más corto y una cicatriz en la mejilla izquierda—. Daniel, tenemos que movernos.
Abre los ojos. No está en el faro. Está en un pasillo estrecho, con paredes de hormigón y tuberías de cobre que gotean. Huele a humedad y a combustible. Lleva un traje negro, un chaleco antibalas, y un arma en la mano. La reconoce. Una Glock. La ha usado muchas veces.
—¿Dónde estamos? —pregunta, y su voz suena diferente. Más firme. Más segura.
—En el nivel tres del complejo —dice Elena, señalando hacia adelante—. El objetivo está a doscientos metros. Tenemos que llegar antes de que se cierre el perímetro.
Camina. Sus pies se mueven solos, como si su cuerpo recordara lo que su mente ha olvidado. Gira a la izquierda, luego a la derecha, sortea una puerta blindada con un código que teclea sin pensar. 8372. Lo sabe. Siempre lo ha sabido.
—¿Qué objetivo? —pregunta, aunque parte de él ya lo sabe.
—El archivo —responde Elena—. Los nombres. Todos los nombres. Si los sacamos de aquí, podemos desmantelar toda la red.
Llegan a una sala llena de pantallas. Monitores que muestran cámaras de seguridad, mapas, datos. En el centro, un hombre de traje oscuro está de espaldas a ellos. Cuando se gira, Leo reconoce su rostro. Es el hombre del hospital. El que lo vigilaba desde el pasillo.
—No sabía que trabajabas para ellos —dice el hombre, con una sonrisa fría—. Pero supongo que la lealtad nunca fue tu fuerte, ¿verdad, Daniel?
—No le hables —dice Elena, apuntándole con su arma—. Danos el archivo y saldremos de aquí.
El hombre ríe. Saca un dispositivo de su bolsillo y lo sostiene en alto.
—El archivo está aquí —dice—. Pero si disparan, lo borro todo. Y entonces... ¿qué les quedará? ¿Cinco años de trabajo perdidos?
Leo siente la rabia subir por su pecho. Sabe que ese hombre está jugando con ellos. Sabe que si no actúa rápido, todo habrá sido en vano.
—Elena —susurra—. Cuando cuente tres, tira al suelo.
Elena le lanza una mirada rápida. Asiente.
—Uno —dice Leo.
El hombre sonríe, confiado.
—Dos.
El hombre aprieta el botón. Pero Leo ya ha saltado. Su cuerpo se mueve con una precisión que no sabía que tenía. Golpea el brazo del hombre, el dispositivo sale volando, y Elena dispara. No para matar. Para herir. El hombre cae al suelo con un grito.
Leo recoge el dispositivo. La pantalla parpadea. Los nombres. Cientos de nombres. Agentes dobles, infiltrados, personas que han vendido su país por dinero o por miedo.
—Lo tenemos —dice Elena, sonriendo—. Lo logramos.
Pero entonces, el suelo tiembla. Una explosión. El complejo se derrumba a su alrededor. Y Leo siente que caen. Que caen al vacío.
La imagen se desvanece.
Leo abre los ojos de golpe. Está en el faro, sentado en el suelo de madera, con la espalda apoyada contra la pared. El líquido azul de la jeringa ha desaparecido en su torrente sanguíneo. Elena está arrodillada frente a él, con las manos en sus hombros, llamándolo.
—Daniel. Daniel, ¿me oyes?
—Daniel —repite él, con la voz ronca—. Me llamo Daniel.
Asiente lentamente. Su cabeza late con un dolor agudo, pero ahora, en medio de ese dolor, hay algo nuevo. Claridad. Fragmentos de su pasado empiezan a encajar como piezas de un puzle.
—¿Qué has visto? —pregunta Elena.
—El complejo —responde—. El archivo. Y el hombre del traje. Él estaba allí. Él era parte de la organización.
Elena asiente. Sus ojos están fijos en los de él, buscando señales de peligro.
—Sí. Él es uno de los principales. Se llama Vergara. Es el que ha estado orquestando todo.
—¿Y el archivo? —pregunta Leo—. ¿Dónde está? En el recuerdo, lo tuve en las manos. ¿Qué pasó después?
Elena baja la mirada. Su silencio responde más que sus palabras.
—La explosión —dice finalmente—. El complejo se derrumbó. Yo logré salir. Tú... tú te quedaste atrás para asegurarte de que el archivo llegara a salvo. Lo escondiste en tu memoria. Lo fragmentaste en pedazos para que nadie pudiera encontrarlo. Y luego... te lanzaste al mar.
Leo parpadea. La imagen de la caída. El vacío. La voz diciendo: "Esto es lo único que puedo hacer."
—Salté —dice—. Desde el acantilado del faro. ¿Pero sobreviví?
—Sí —dice Elena—. Te encontraron en la playa, tres días después. Estabas vivo, pero no recordabas nada. El procedimiento había funcionado. Demasiado bien.
Leo se toca la cabeza. La cicatriz en su ceja. El tatuaje. Todo eran pistas. Pistas que él mismo se dejó.
—¿Y el tatuaje? —pregunta—. ¿Las coordenadas?
Elena sonríe con tristeza.
—Tú mismo te lo hiciste. Sabías que algún día podrías necesitar volver al punto de partida. El almacén donde dejaste el coche, la casa, el faro... todo estaba planeado. Tu yo del pasado preparó el camino para tu yo del presente.
Leo se pone de pie. Sus piernas tiemblan, pero se sostiene. Mira por la ventana circular del faro hacia el mar enfurecido. La tormenta sigue rugiendo, pero dentro de él, algo ha cambiado. Ya no es el hombre que despertó en un hospital sin saber quién era. Es Daniel. Es el agente que escondió un secreto para proteger a cientos de personas.
—Necesito recuperar el archivo —dice—. El resto de los fragmentos. ¿Dónde están?
Elena se levanta también. Se acerca a él.
—En la ciudad —responde—. En lugares que solo tú conoces. Pero no podemos ir ahora. Vergara sabe que estás aquí. El hombre del traje, el de las botas, la rubia... todos son suyos. Te han estado siguiendo para asegurarse de que llegaras a mí. Y ahora que lo has hecho, no van a perder más tiempo.
—Entonces no tenemos tiempo que perder —dice Leo—. Dime dónde está el primer fragmento.
Elena lo mira con preocupación.
—¿Estás seguro de que quieres seguir? Puedes quedarte aquí, esconderte. Recuperar fuerzas. No tienes que hacer esto solo.
Leo la mira. Por primera vez desde que despertó, no ve a una extraña. Ve a su compañera. A su aliada. A la persona que arriesgó su vida por él.
—No estoy solo —dice—. Tú estás conmigo.
Elena sonríe. Es una sonrisa pequeña, pero genuina.
—El primer fragmento está en tu casa. No en la Calle de los Olivos. En tu verdadera casa. La que tenías antes de todo esto. En el sótano, enterrado bajo el suelo, hay una caja fuerte con tus recuerdos.
—¿Y el resto?
—El resto... tendrás que recordarlo. Pero primero, tenemos que salir de aquí. Vergara está llegando.
En ese momento, el faro tiembla con más fuerza. No es la tormenta. Es una vibración más profunda, más metálica. El sonido de un helicóptero.
Leo mira por la ventana. A través de la lluvia, ve las luces de una nave que se acerca, iluminando el acantilado con un haz cegador.
—Son ellos —dice Elena—. Tenemos que irnos. Ahora.
Corren hacia la escalera. La bajan a toda velocidad, los escalones de hierro crujiendo bajo sus pies. Al llegar a la planta baja, Leo ve el coche a través de la puerta entreabierta. Pero también ve algo más: dos figuras que bajan del helicóptero, armadas.
—Por la puerta trasera —dice Elena—. Hay un sendero que lleva a la playa. Allí hay una lancha.
Corren. La lluvia les golpea el rostro mientras atraviesan la puerta trasera del faro y se lanzan al sendero de tierra y rocas. Los árboles se agitan con el viento, y las olas rugen abajo, furiosas.
Detrás de ellos, disparos. Las balas silban cerca de sus oídos, impactando en las rocas a su alrededor.
—¡No mires atrás! —grita Elena—. ¡Sigue corriendo!
Llegan a la playa. Una pequeña cala de arena negra, con una lancha atada a un viejo muelle de madera. Leo salta a la lancha, Elena lo sigue. El motor arranca a la primera, y cuando las balas vuelven a silbar, ya están mar adentro, alejándose del faro, de los hombres, de la tormenta.
Leo conduce la lancha con mano firme, el viento salado en su rostro. Elena está a su lado, empapada y temblorosa, pero viva.
—Ahora qué —dice ella, gritando por encima del ruido del motor.
Leo mira hacia el horizonte. A través de la lluvia, ve la línea de la costa, la ciudad donde empezó todo.
—Ahora —dice—, vamos a recuperar lo que es mío.
Y aprieta el acelerador.