El día de su boda, Camila Duarte descubrió tres cosas: que su prometido nunca la amó, que su hermana tenía una relación con el, y que la familia que la crio la había estado usando desde el principio.
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CAPÍTULO 20: UN ASIENTO EN LA MESA
Sebastián Roig no lograba entender por qué llevaba tres días pensando en Valeria Cross.
No era solo su elegancia, aunque eso ya resultaba suficiente para llamar la atención de cualquier hombre en su posición. Era algo más profundo, más inquietante: la manera exacta en que había sostenido su mirada durante la gala, sin el más mínimo rastro de la timidez o el nerviosismo que la mayoría de las personas mostraban al conocer a un hombre de su fortuna. La forma en que había respondido a cada uno de sus comentarios con una precisión que sugería una inteligencia mucho más aguda de lo que su sonrisa cortés dejaba entrever.
—¿Sigues pensando en la inversionista suiza? —preguntó Renata, entrando a su despacho sin tocar, como siempre hacía, con Antonella de la mano, recién recogida del colegio.
—¿Qué? No, solo revisaba unos contratos.
—Sebastián, llevas mirando la misma página durante los últimos diez minutos. —Renata dejó la mochila de Antonella sobre una silla, con un tono que oscilaba entre la diversión y algo más filoso—. Toda la ciudad habla de Valeria Cross. Hasta mi madre parece fascinada con ella.
—Es una inversionista interesante. Eso es todo.
—Papá. —Antonella tiró de la manga de su camisa, con la insistencia despreocupada de una niña de cinco años—. ¿Puedo tomar un jugo?
—Claro, cariño. Pídele a Marta que te sirva uno.
La niña salió corriendo del despacho, y Renata se quedó observando a Sebastián con una expresión que él había aprendido a reconocer, con los años, como el preludio de una conversación incómoda.
—Sebastián, ¿hay algo que deba saber?
—No hay nada que saber, Renata. —Sebastián cerró la carpeta que fingía revisar—. Es una posible socia de negocios. Eso es todo lo que hay entre nosotros.
—Espero que sea así. —Renata sostuvo su mirada un momento más, antes de suavizar su expresión—. Porque llevamos cuatro años construyendo esta vida juntos, Sebastián. No voy a permitir que una extranjera con acento elegante y un pasado misterioso lo arruine todo.
Sebastián asintió, aunque una parte de él, una parte que llevaba semanas despertando de un letargo que había durado años, no podía evitar preguntarse por qué exactamente esa mujer, esa desconocida recién llegada, había logrado remover algo en él que creía completamente enterrado bajo capas de rutina, culpa, y un matrimonio construido sobre las ruinas de una traición que jamás había terminado de procesar del todo.
Dos días después, Valeria se presentó puntualmente a las nueve de la mañana en las oficinas centrales del Grupo Duarte, vestida con un traje sastre azul marino que proyectaba autoridad sin necesidad de ostentación excesiva, para la reunión formal que Perla había solicitado semanas atrás.
La sala de juntas del piso ejecutivo reunía a los principales directivos del conglomerado: Perla presidiendo la mesa, Sebastián a su derecha como director de operaciones conjuntas tras la fusión, dos abogados corporativos, y Gabriel, sentado discretamente al final de la mesa, con su maletín de cuero y una expresión profesional que ocultaba, con un esfuerzo considerable, la tensión que llevaba días acumulando desde su última conversación con Perla.
—Señorita Cross, gracias por venir. —Perla la recibió con una cordialidad calculada, aunque Valeria notó, con una atención clínica perfeccionada durante años de entrenamiento, que algo en la mirada de su madre había cambiado sutilmente desde su último encuentro. Una cautela nueva. Una evaluación más profunda—. Hemos revisado su propuesta de inversión con considerable interés.
—Me alegra escucharlo, Doña Perla.
—Sin embargo, antes de avanzar con cualquier acuerdo formal, mi equipo legal insistió en realizar una verificación estándar de referencias. —Perla deslizó una carpeta sobre la mesa hacia Valeria, con un gesto que parecía casual pero que Valeria reconoció de inmediato como una prueba deliberadamente calculada—. Nada personal, por supuesto. Es simplemente el protocolo habitual que aplicamos a cualquier nuevo socio potencial, especialmente cuando se maneja el nivel de discreción que usted ha empleado en sus adquisiciones previas.
Valeria abrió la carpeta con una calma absoluta, encontrando dentro copias de documentos que Andrés había construido meticulosamente durante meses: certificados académicos de la Universidad de Ginebra, cartas de referencia del banco boutique de Zúrich donde supuestamente había trabajado, incluso una fotografía antigua, cuidadosamente manipulada, que mostraba a una joven rubia en lo que parecía ser una ceremonia de graduación suiza.
—Todo parece estar en orden —dijo, cerrando la carpeta con una sonrisa serena—. ¿Hay alguna pregunta específica que le gustaría hacerme directamente, Doña Perla? Prefiero la transparencia total antes de comprometer capital significativo en cualquier sociedad.
Perla la observó fijamente durante un momento que se extendió más allá de lo estrictamente necesario para una reunión de negocios habitual.
—Solo una curiosidad personal, señorita Cross, si me lo permite. —Su tono se mantuvo perfectamente cortés, aunque cargado de un peso específico que Valeria reconoció como el momento exacto de mayor peligro desde su regreso—. ¿Tiene usted familia? ¿Padres, hermanos?
—Mis padres fallecieron hace varios años, en un accidente. —Valeria recitó la respuesta que había ensayado incontables veces, con una tristeza calculada pero absolutamente convincente—. No tengo hermanos. Supongo que por eso decidí dedicar mi vida por completo a construir un imperio propio. Cuando no queda familia a la cual rendir cuentas, una encuentra la libertad de construir exactamente la vida que desea.
Algo en esas palabras pareció resonar de una manera inesperada en Perla, cuya expresión, por un instante fugaz, mostró algo que Valeria interpretó, con una punzada de dolor que no esperaba sentir, como una tristeza genuina.
—Comprendo esa filosofía perfectamente. —Perla se recompuso rápidamente, retomando su tono profesional habitual—. Bien, señorita Cross. Considerando la solidez de su propuesta y sus referencias, estoy dispuesta a ofrecerle un asiento formal en nuestro comité de inversión estratégica, con acceso completo a las proyecciones financieras de expansión de los próximos tres años.
Valeria sintió que algo dentro de ella se encendía con una satisfacción fría y precisa. Un asiento en el comité de inversión estratégica significaba acceso directo, legítimo y completamente legal, a exactamente el tipo de información financiera detallada que necesitaba para completar el caso que llevaba cuatro años construyendo.
—Es un honor, Doña Perla. Le aseguro que no se arrepentirá de esta decisión.
—Eso espero sinceramente. —Perla extendió su mano sobre la mesa, y Valeria la estrechó con una firmeza calculada—. Bienvenida al Grupo Duarte, señorita Cross.
Mientras la reunión se disolvía y los asistentes empezaban a recoger sus documentos, Sebastián se acercó a Valeria con una expresión que combinaba profesionalismo cuidadoso y algo más difícil de disimular.
—Bienvenida al equipo, señorita Cross. —Extendió su mano con una sonrisa que Valeria reconoció perfectamente, la misma sonrisa que la había enamorado años atrás, ahora convertida en un arma que ella misma sabía manejar con precisión absoluta—. Espero que podamos colaborar estrechamente en los próximos meses.
—Cuento con ello, señor Roig. —Valeria sostuvo su mano un segundo más de lo estrictamente profesional, observando con satisfacción calculada cómo algo en la expresión de Sebastián se tensaba imperceptiblemente—. Estoy segura de que vamos a descubrir juntos cosas verdaderamente reveladoras sobre esta empresa.
Sebastián asintió, sin captar del todo el peso oculto detrás de esas palabras aparentemente inocentes, mientras Valeria recogía sus documentos y salía de la sala de juntas con el paso firme y calculado de alguien que acababa de conseguir exactamente lo que había venido a buscar.
Gabriel la alcanzó minutos después en el pasillo, fuera del alcance de cualquier oído indiscreto.
—Conseguiste el asiento —dijo, con una mezcla de admiración y preocupación que llevaba semanas acumulando—. Acceso completo a las proyecciones financieras. Es exactamente lo que necesitábamos.
—Es exactamente lo que necesitábamos —confirmó Valeria, aunque su expresión conservaba una sombra de la tensión que había sentido durante la pregunta de Perla sobre su familia—. Pero, Gabriel, tenemos que movernos con una cautela absoluta a partir de ahora. Perla me hizo una pregunta hace unos minutos que me hizo sentir, por primera vez desde mi regreso, que estuvo genuinamente cerca de ver más allá de todo esto.
—¿Qué te preguntó?
—Me preguntó si tenía familia. —Valeria sostuvo la mirada de Gabriel, con una vulnerabilidad que raramente se permitía mostrar—. Y por un instante, cuando le mentí, juraría que vi algo en sus ojos parecido al dolor genuino. Como si una parte de ella, muy en el fondo, todavía supiera exactamente quién tiene enfrente.
Gabriel guardó silencio, sin saber qué responder ante esa confesión, mientras ambos caminaban hacia el ascensor, sabiendo que el juego que habían empezado meses atrás acababa de entrar en su fase más peligrosa y, al mismo tiempo, más prometedora.
Valeria Cross tenía, finalmente, un asiento en la mesa que le pertenecía por derecho de nacimiento.
Y desde esa mesa, empezaría a desmontar, documento por documento, el imperio que su propia madre había construido sobre una traición que estaba a punto de salir, definitivamente, a la luz.