Valentina Montenegro a sus 27 años creyó que lo tenía todo: un matrimonio estable, una familia influyente y un futuro junto al hombre que amaba.
Durante siete años permaneció al lado de Leonardo de la Vega, soportando silencios, ausencias y un secreto que decidió cargar sola por amor, hasta que una noche descubrió que su esposo llevaba años compartiendo su vida con otra mujer.
Y entonces apareció él....
Alexander de la Vega, el tío de su esposo, un hombre diez años mayor a ella, que siempre permanecía en las sombras de la familia, el único que vio su dolor cuando todos los demás miraban hacia otro lado.
Lo que comenzó como consuelo se convirtió en una amistad peligrosa y lo que jamás debió ocurrir terminó cambiando sus vidas para siempre, porque mientras Leonardo cree que tiene el control de la herencia y de mi vida, él no tiene idea de que en este tablero de traición, dinero y poder... su propio tío ya se quedó con la corona, y con la mujer que él nunca supo valorar.
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Capítulo 22"El juego de las máscaras"
El gran salón de la galería de arte contemporáneo resplandecía bajo una iluminación perfecta, diseñada para resaltar cada textura y color de los lienzos expuestos en las paredes. El murmullo de la música se mezclaba con el tintineo de las copas de champán y las conversaciones de la alta sociedad.
Era el gran día de la exposición de Valentina Montenegro y el éxito era indiscutible, periodistas, críticos de arte e inversionistas se paseaban admirando las obras, pero en el centro del salón, la verdadera obra de arte era el intrincado juego de máscaras que se desataba entre los asistentes.
El matrimonio Montenegro caminaban del brazo irradiando un orgullo legítimo, Cecilia luciendo un espectacular vestido de alta costura que hacía honor a su estatus como pintora galardonada a nivel mundial, observaba los trazos de su hija con una sonrisa de emoción, mientras Damián, con la postura imponente y elegante del abogado internacional más respetado del país, estrechaba manos con los críticos, asegurándose de que el talento de su primogénita recibiera el reconocimiento que merecía. A su lado, el joven Dimitri se dedicaba a observar su entorno y también los lienzos que su hermana pinto.
La dinastía De la Vega también se encontraba presente como correspondía al protocolo, Augusto conversaba animadamente con Damián sobre las nuevas regulaciones del mercado, intentando proyectar la unión perfecta entre ambas familias, sin embargo; a unos metros de distancia, la atención de Elisa de la Vega estaba en un lugar completamente diferente.
La anciana sostenía su copa de champán con delicadeza, pero sus ojos perspicaces no se apartaban de su hijo, sus pensamientos se hundieron en un monólogo interno que le carcomía el alma, recordó la cena familiar de la familia política, volvió a visualizar la mesa y cómo, en un momento de la velada, Alexander, le dirigía a su sobrina política una mirada cargada de una intensidad prohibida, un torbellino de sentimientos ocultos que Valentina parecía ignorar. Elisa conocía perfectamente a su hijo; lo había llevado en su vientre, lo había criado y educado, por lo que conocía como la palma de su mano. Alexander jamás miraba así a una mujer y mucho menos a la esposa de su propio sobrino; uniendo el alboroto de días atrás en el hospital con las miradas de la cena, una sospecha terrible floreció en su pecho, quería convencerse de que era una locura de la edad sobrepensando las cosas, pero hoy estaba decidida a cazar a Alexander cometiendo un error, así que comenzó a observarlo, buscando confirmar si su hijo miraba de forma incorrecta a su sobrina política.
De pronto, las puertas de la galería se abrieron y una figura sumamente conocida capturó las miradas de los presentes, era Valeria Palacios, la cotizada modelo publicitaria de la empresa, entró al salón luciendo un atuendo de diseñador color negro que resaltaba su silueta, caminando con la soltura de quien se sabe el centro de atención.
Al verla llegar, Leonardo se puso extremadamente nervioso sintiendo como su cuerpo se tenso con rigidez; la presencia de Valeria en el evento más importante de su esposa era una bomba de tiempo y el pánico de que su amante hiciera un escándalo público frente a sus suegros y su familia lo dejó paralizado.
Valentina mantenía una máscara perfecta en su rostro, decidida a que nada ni nadie amargara el día que tanto había esperado y por el que tanto había trabajado, dio un paso al frente, como dueña y artista principal de las obras, el protocolo le exigía recibir a todos los invitados, se acercó a Valeria con elegancia.
—Buenas noches señorita Palacios, que gusto tenerla aquí —saludó con una sonrisa de cortesía, extendiendo la mano derecha.
—Buenas noches señora De la Vega, no me perdería por nada tu trabajo, es realmente fascinante —respondió, sosteniendo el saludo con amabilidad que escondía un veneno sutil.
Mientras pronunciaba esas palabras, Valeria desvió la mirada de Valentina y le dirigió a Leonardo una mirada coqueta, sutil pero cargada de complicidad peligrosa, fue un gesto rápido pero el movimiento no pasó desapercibido para la esposa, como pintora, su ojo capturaba cada expresión en un segundo y vio la mirada de Valeria y vio el pánico cobarde en los ojos de su esposo, sin embargo; simplemente hizo la vista gorda y mantuvo su sonrisa intacta, dio media vuelta y continuó atendiendo a un crítico de arte que se acercaba, guardando ese descaro en lo más profundo de su mente, con la fría certeza de que cada error que cometieran los amantes era un clavo más en el ataúd de su matrimonio; mientras los nervios de Leonardo estaban a punto de estallar haciéndolo sentir acorralado por la audacia de su amante, la busco entre la multitud de invitados y le dirigió una sutil mirada, una señal que ella entendió de inmediato.
Él caminó con paso rápido hacia la salida lateral de la galería, adentrándose en el inmenso y oscuro jardín trasero del lugar, buscando la privacidad de la noche, Valeria con una sonrisa de suficiencia en los labios, lo siguió de cerca balanceando sus caderas con total tranquilidad. En cuanto llegaron a un rincón apartado bajo la sombra de los árboles, Leonardo se giró bruscamente estirando su mano y le sujetó el brazo con fuerza, enterrando los dedos en su piel.
—¡¿Qué pretendes hacer presentándote aquí?! —le siseó con los dientes apretados y la voz temblando de rabia.
Valeria, fingiendo una total inocencia, parpadeó despacio y soltó una pequeña risa burlona.
—¿Qué? ¿Ahora resulta que no puedo venir a una galería a comprar alguna pintura o a admirar el arte? —respondió, desafiándolo con la mirada.
—¡Por favor, Valeria! Ambos sabemos perfectamente que eso es una puta mentira —escupió él, incrementando la presión de su agarre—Así que dime de una buena vez: ¡¿qué diablos haces aquí?!
Pero antes de que ella pudiera contestar o que la discusión subiera de tono, una voz madura y sumamente familiar resonó desde la penumbra del sendero.
—¿Qué sucede aquí?
Ambos voltearon sorprendidos, con el corazón dándoles un vuelco violento. Leonardo, reaccionando por instinto, soltó a Valeria discretamente y dio un paso al frente de inmediato, posicionando su cuerpo de manera para que su abuela no pudiera ver la marca enrojecida que acababa de ocasionarle en el antebrazo a la modelo por la fuerza con la que la había sujetado.
Minutos atrás....
La matriarca de la familia se encontraba dentro del salón principal con un único objetivo en mente: vigilar a su hijo Alexander para percatarse de si existía alguna mirada o gesto incorrecto hacia Valentina, sin embargo, el destino le había jugado una carta completamente imprevista.
Mientras escaneaba el lugar, lo que Elisa vio no fue a su hijo; vio cómo su nieto Leonardo miraba fijamente a Valeria en medio de la recepción, había sido una mirada extraña, cargada de una intensidad y una complicidad que no pudo describir en ese momento, pero que encendió todas sus alarmas. Poco después, notó cuando Leonardo salió discretamente hacia el jardín y, segundos más tarde, Valeria lo seguía.
La abuela se dispuso a ir detrás de ellos de inmediato, pero un invitado del evento se interpuso en su camino para saludarla formalmente, obligada por la etiqueta social, tuvo que responder al saludo, despidiéndose del hombre tan rápido como se lo permitió.
En cuanto se liberó, caminó hacia el jardín buscando a su nieto y a esa mujer y los encontró en esa situación tan tensa y extraña, Elisa se detuvo a un par de metros, barriéndolos con una mirada severa y desconcertada,en su mente no cabía la lógica de qué debían estar haciendo a solas, a oscuras y de forma tan sospechosa, un hombre casado como Leonardo y la hija de uno de los socios comerciales más importantes de la empresa familiar.
La abuela no había podido ver nada que incriminara a Alexander o a Valentina esa noche, pero lo que acababa de descubrir en el jardín trasero de la galería la dejó completamente descolocada, la farsa del "matrimonio perfecto" de su nieto acababa de mostrar su primera gran fisura ante los ojos de Elisa, y Leonardo temblando por dentro bajo la mirada inquisitiva de su abuela, supo que el suelo debajo de sus pies se estaba volviendo peligrosamente inestable.