Perdió su matrimonio, su hogar y su nombre en un solo día… pero el destino le tenía guardado algo mejor: respuestas sobre su origen. Un reencuentro que sanará heridas antiguas, revelará verdades ocultas y le mostrará que el amor verdadero no siempre se elige… a veces te encuentra.
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Capítulo 4: La cita inevitable
Antonio salió del hospital con la cabeza dando vueltas, como si el aire de la calle fuera diferente, como si el sol brillara de otro modo. Caminó sin rumbo fijo, con la mano apoyada sobre el pecho, sobre esa marca que durante treinta años no significó nada y que ahora pesaba más que todo su pasado junto. Todo había cambiado en cuestión de horas: el divorcio, el accidente, Sofía, la revelación que podía transformar su vida entera. Y sin embargo, a medida que avanzaba, la duda empezó a abrirse paso entre la esperanza. ¿Y si todo era un error? ¿Si al final solo era una coincidencia y él terminaría rompiendo el corazón de una mujer que llevaba treinta años buscándolo?
Llegó a la pequeña habitación que alquilaba en un barrio modesto. Entró, cerró la puerta y se dejó caer sobre la cama estrecha, mirando las paredes desnudas, la única maleta que tenía —la misma que había llevado al orfanato de niño—, la mesa vieja donde comía y hacía cuentas. Todo allí era pequeño, limitado, seguro. Y mañana, al cruzar la puerta de la mansión del Valle, dejaría todo eso atrás para siempre. O eso esperaba.
El teléfono sonó de pronto, rompiendo el silencio. Miró la pantalla y frunció el ceño: era Carla. Su exesposa. Apenas unas horas antes lo había dejado en el juzgado como si fuera basura, y ahora lo llamaba como si nada hubiera pasado. Dudó un instante, pero atendió.
—¿Hola? —dijo, con voz tranquila.
—¿Dónde estás, Antonio? —le soltó ella, sin saludar, con tono de exigencia—. Necesito que vengas a casa ahora mismo. Olvidamos firmar unos papeles y además… dejaste algunas cosas tuyas. Puedes pasar a recogerlas.
Antonio sintió cómo la vieja familiaridad de su tono lo invadía: esa mezcla de desprecio y obligación con la que siempre le hablaba. Casi por inercia, estuvo a punto de decir que iba de inmediato, como hacía siempre que ella lo llamaba. Pero entonces recordó la mañana, el juzgado, las palabras de Sofía, y la marca en su pecho. Ya no era el mismo hombre.
—No puedo, Carla —respondió con calma—. Tengo cosas que hacer. Y si son papeles del divorcio, ya están firmados ante el juez. No hay nada más que agregar.
Hubo un silencio al otro lado de la línea, como si ella no esperara que se lo pusiera tan difícil. Luego su tono cambió, se volvió más dulce, más insinuante.
—Ay, Antonio… no seas así. Sabes que no quería ser cruel contigo. Fueron momentos difíciles. Ven, hablemos tranquilamente. Tal vez… tal vez nos precipitamos. ¿No lo crees?
Antonio sintió un nudo en el estómago. Conocía esa táctica. Cuando Carla quería algo, usaba la amabilidad, la dulzura, hacía creer que todo podía volver a ser como antes —o mejor—, y luego, cuando él cedía, volvía a tratarlo como a un sirviente. Por un instante, la tentación lo golpeó: ¿y si ella de verdad lo lamentaba? ¿Si podían arreglarlo? Pero entonces recordó las palabras de su suegra esa misma mañana: por fin nos quitamos de encima este estorbo. Y supo que no era sincera.
—No, Carla —dijo con firmeza, sorprendiéndose de sí mismo—. El divorcio está hecho. Tú lo quisiste así, y yo también. No voy a ir. Si necesitas algo más, háblalo con mi abogado.
Cortó la llamada antes de que ella pudiera responder. Se quedó con el teléfono en la mano, con el corazón acelerado, pero con una sensación de alivio que jamás había sentido al enfrentarse a ella. Por primera vez, no tenía miedo de contradecirla. No tenía miedo de perderla. Porque en el fondo, sabía que ya no tenía nada que perder.
Pasó el resto de la tarde y la noche entre la ansiedad y la incredulidad. Revisó cada rincón de su memoria, buscando algún recuerdo que encajara con la historia de Sofía: una mujer con cabello oscuro y ojos grandes, un jardín, una cuna… pero nada aparecía. Solo niebla, oscuridad, un vacío que siempre había estado allí. Se durmió tarde, soñando con una puerta enorme que se abría lentamente, y detrás de ella, una silueta que no lograba distinguir.
A la mañana siguiente, se despertó mucho antes de que sonara la alarma. Se levantó, se lavó la cara con agua fría y miró su reflejo en el espejo rajado del baño. ¿Eres tú?, se preguntó. ¿El hijo perdido de la mujer más poderosa del país? ¿El heredero del Grupo Dragón? El hombre que lo miraba desde el espejo no parecía tal cosa: ropa sencilla, manos callosas, mirada cansada de años de trabajo y humillaciones. Pero entonces se desabotonó la camisa y vio la marca, oscura y clara bajo la luz, y supo que no era una ilusión.
Se vistió con lo mejor que tenía: una camisa blanca limpia, pantalón oscuro, zapatos que había lustrado hasta dejarlos brillar. No era ropa de lujo, pero estaba impecable. Tomó aire, salió de la habitación y tomó el autobús hasta la zona alta de la ciudad, donde las calles se volvían más silenciosas, los árboles más grandes, y las casas eran palacios rodeados de muros altos y rejas imponentes.
Bajó en la parada que Sofía le había indicado y caminó dos cuadras hasta llegar a un portón de hierro forjado enorme, con un dragón labrado en el centro. Se detuvo frente a él, con el corazón latiéndole a mil por hora. A ambos lados, guardias de uniforme lo observaban con atención, sin saber quién era, sin imaginarse que estaba frente a la persona que cambiaría el destino de todo lo que los rodeaba.
Antes de que pudiera decir nada, el portón se abrió lentamente. Sofía apareció al otro lado, vestida con elegancia, con una sonrisa tierna y una mezcla de emoción y nerviosismo. Le hizo una seña para que pasara.
—Estás aquí —le dijo ella, con voz suave, cuando llegó a su lado—. Estás aquí de verdad.
—Sí —respondió él, con la voz un poco temblorosa—. Vine. Pero… todavía no sé si debo estar aquí.
—Debes —afirmó ella, tomándole suavemente del brazo—. Ella te está esperando. Lleva treinta años esperándote, Antonio. No llegaste tarde. Llegaste justo a tiempo.
Caminaron juntos por un sendero de piedra, rodeados de jardines inmensos, flores de todos los colores, árboles centenarios. La mansión se alzaba al frente, majestuosa, de piedra clara y ventanales enormes que brillaban con la luz de la mañana. Antonio se sentía diminuto, como si el edificio entero fuera a aplastarlo con su grandeza. Pero entonces pensó: esto también es tuyo. De alguna manera, todo esto te pertenece.
Llegaron a la entrada principal. Sofía se detuvo antes de abrir las puertas dobles, lo miró a los ojos y le apretó la mano.
—¿Estás listo? —le preguntó.
Antonio tragó saliva. Pensó en su vida anterior, en el orfanato, en Carla, en el desprecio de todos aquellos que creían que no valía nada. Y asintió, con una determinación que venía de lo más profundo de su ser.
—Sí —dijo—. Estoy listo.
Sofía abrió las puertas. Y al entrar, Antonio vio al fondo del salón, de pie junto a una ventana inmensa, una mujer alta, elegante, de cabello oscuro con algunos mechones plateados, de espaldas a él. Al oír el sonido de las puertas, ella se giró lentamente. Y cuando sus miradas se cruzaron, el tiempo pareció detenerse por completo.
También saber de su tía que no aparece en la segunda temporada.