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BUSCA MI FELICIDAD

BUSCA MI FELICIDAD

Status: En proceso
Genre:ABO
Popularitas:638
Nilai: 5
nombre de autor: Tumiult

Paulo Withmore aprendió muy joven que el amor hay que ganárselo con silencio, con trabajo, con nunca pedir de más.
Siendo muy joven se casó con su mejor amigo de toda la vida, convencido de que por fin había encontrado un hogar propio.
Pero algunas promesas se rompen en silencio y duelen tanto que sientes morir.
Esta es la historia de todo lo que alguien tuvo que perder para finalmente encontrarse a sí mismo y su felicidad.

NovelToon tiene autorización de Tumiult para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

3

A los trece años, Paulo aprendió a escuchar las conversaciones que no eran para él con una atención que nadie le había enseñado a propósito.

Fue una noche cualquiera, bajando por un vaso de agua que no necesitaba tanto como la excusa para bajar, cuando escuchó a Karla y Edward hablando en voz baja en la cocina, esa voz especial que los adultos usan cuando creen que todos los demás ya están dormidos.

—El seguro escolar de los dos juntos ya es más de lo que gastábamos antes —decía Karla, con un papel en la mano que Paulo no alcanzaba a ver desde las escaleras. —Y ahora hay que sumarle el campamento de verano, y las clases de piano que Henry insiste en dejar a la mitad del año...

—Karla.

—Solo digo que hay que planificarlo mejor, Edward, no que sea un problema.

Paulo se quedó parado en el tercer escalón, con los pies fríos contra la madera, sin atreverse ni a bajar ni a subir de vuelta, hasta que Edward dijo algo que no alcanzó a escuchar del todo y Karla se rió, un poco, y la conversación se movió hacia otra cosa. Subió de vuelta a su cuarto sin el vaso de agua, y esa noche, aunque nadie le había dicho nada directamente a él, aunque nadie lo había señalado ni un poco, empezó a hacer cuentas que no le correspondían a un niño de trece años, cuánto costaba él, cuánto costaba Henry, cuánto de eso era realmente necesario y cuánto podía, quizás, ahorrarse.

...***************...

No lo dijo en voz alta durante meses, pero empezó a cambiar cosas chiquitas, del tipo que nadie nota al principio porque son demasiado pequeñas para levantar sospecha. Dejó de pedir el segundo par de zapatillas cuando las primeras todavía servían, aunque estuvieran gastadas de la punta. Cuando Karla preguntaba qué quería de cumpleaños, empezó a responder "lo que sea está bien" en vez de nombrar algo específico, aunque por dentro sí tuviera cosas que quería. Se ofrecía a lavar los platos sin que se lo pidieran, a doblar la ropa recién lavada, a cualquier tarea de la casa que pudiera hacerse sin que costara nada más que su propio tiempo.

Henry fue el primero en notarlo, porque Henry notaba casi todo lo que tenía que ver con él, aunque no siempre supiera qué hacer con lo que notaba.

—¿Por qué le dijiste que no a lo del campamento de ciencias? —le preguntó una tarde, tirado boca abajo en la cama de Paulo, con la barbilla apoyada en los brazos cruzados. —Te morías de ganas de ir. Lo dijiste como cinco veces la semana pasada.

—Ya no tanto.

—Mentiroso.

Paulo, sentado en el escritorio fingiendo terminar una tarea que ya había terminado hacía rato, no contestó de inmediato. —Cuesta plata, Henry. Y ya bastante están gastando en mí sin que yo encima les pida cosas extra.

Henry se sentó de golpe en la cama, con una expresión que Paulo no le veía seguido, algo entre el enojo y una tristeza que no supo bien cómo nombrar. —No eres un gasto extra. Eres mi hermano. Bueno, no hermano de verdad, pero ya sabes a qué me refiero.

—No es lo mismo y lo sabes.

—Para mí sí es lo mismo. —Se cruzó de brazos, con esa terquedad que Paulo conocía tan bien—. Y para mis papás también.

Paulo no supo qué responder a eso, y Henry, satisfecho con haber dicho lo que necesitaba decir, volvió a tirarse boca abajo en la cama, dando por terminada la discusión aunque nada realmente se hubiera resuelto del todo.

...***************...

A los catorce, empezó a hacer trabajos chiquitos por su cuenta, cortar el pasto de la señora de los tres gatos, que ya para entonces tenía las rodillas demasiado mal para hacerlo ella misma, y ayudar los sábados por la mañana en una tienda de conveniencia, acomodando cajas a cambio de un par de billetes que el dueño le daba sin hacer mucho alboroto al respecto.

El dueño, un hombre de manos ásperas y pocas palabras que llevaba la tienda solo desde que su esposa había muerto, y que la primera vez que vio a Paulo parado en la puerta preguntando si necesitaba ayuda con algo, lo miró de arriba abajo como si estuviera evaluando si valía la pena la molestia de explicarle nada.

—¿Sabes acomodar cajas sin romper lo de adentro?

—Sí, señor.

—¿Sabes contar bien el cambio, sin que te confundas?

—Sí, señor.

—Entonces ven los sábados. Pago poco, pero pago seguro.

Paulo aprendió rápido dónde iba cada cosa, qué estantes necesitaban reponerse primero, cómo apilar las latas sin que la torre se viniera abajo al primer roce. El dueño no era de conversación fácil, pero con el tiempo empezó a guardarle, sin decir nada al respecto, los panes del día anterior que ya no podía vender, dejándolos junto a la caja registradora los sábados sin ningún comentario más que un gesto de cabeza hacia la bolsa. Paulo entendió, sin que se lo explicara con palabras, que esa era su forma particular de decir que el trabajo estaba bien hecho.

No era mucho dinero, en total, pero era suyo, ganado con sus propias manos, y eso le daba una tranquilidad que ningún regalo de Karla o Edward, por generoso que fuera, había logrado darle nunca del todo.

Guardaba ese dinero en una caja de zapatos vieja, debajo de la cama, sin un plan claro de para qué lo estaba juntando, solo con la certeza vaga de que algún día iba a necesitarlo, y que era mejor tenerlo listo que descubrir tarde que no lo tenía.

—¿Para qué es todo eso? —le preguntó Henry una tarde, encontrándolo contando los billetes sentado en el piso, con la caja abierta entre las piernas.

—No sé todavía. Para algo.

—Podrías comprarte algo ahora. No hace falta que lo guardes todo.

Paulo negó con la cabeza, sin levantar la vista de los billetes que estaba ordenando por tamaño. —Prefiero tenerlo por si acaso.

Henry se sentó a su lado, en silencio, mirando la caja de zapatos como si pudiera encontrar en ella alguna respuesta que Paulo no le estaba dando del todo. No insistió más esa tarde, aunque algo en su cara dejaba ver que no le gustaba nada de lo que estaba viendo, sin terminar de encontrar las palabras exactas para explicar por qué.

Henry, que llevaba tiempo intentando encontrar la forma de ser útil a su propia manera, decidió que él también quería ganar dinero, aunque su método fue considerablemente menos discreto que el de Paulo.

—Vamos a vender limonada —anunció un domingo por la mañana, apareciendo en la puerta de Paulo con un cartel a medio pintar y las manos manchadas de témpera azul.

—Pero no limonada normal. Limonada premium.

—¿Qué?

—Le pongo más azúcar y la cobro el doble.

—Eso es solo limonada con más azúcar, Henry.

—Eso es marketing, Paulo. —Se cruzó de brazos, con toda la seriedad posible. —La gente paga más por cosas que suenan mejor. Vas a ver.

Instalaron el puesto frente a la casa esa misma tarde, con una mesa plegable y el cartel todavía goteando pintura en las esquinas, y Henry se pasó las primeras dos horas gritándole "premium" a cualquiera que pasara cerca, hasta que el señor de la casa de al lado, cansado de escucharlo, cruzó solo para comprar un vaso y hacerlo callar. Vendieron seis vasos en total esa tarde, ganancia que Henry insistió en dividir "sesenta-cuarenta a mi favor, porque la idea fue mía", algo que Paulo aceptó sin pelear demasiado, más entretenido con la seriedad absoluta con la que Henry se tomaba todo el asunto que con el dinero en sí.

—Algún día voy a tener mi propia empresa —dijo Henry esa noche, todavía contando las monedas sobre la cama de Paulo, ordenándolas por tamaño como si fueran un tesoro. —Algo grande. Ya vas a ver.

—¿Con limonada premium?.

—Con lo que sea. Pero grande.

Paulo se rió, y Henry, ofendido a medias, le tiró una almohada que Paulo esquivó sin mucho esfuerzo, y la noche terminó entre risas y una guerra de almohadas que Karla tuvo que interrumpir desde el pasillo, gritándoles que ya era hora de dormir.

...***************...

El cumpleaños quince de Paulo cayó en sábado, y Karla insistió en organizar algo "como se debe", con globos en la entrada y suficiente comida como para alimentar al doble de invitados de los que en realidad llegaron. Invitó también a los vecinos, a un par de compañeros de colegio que Paulo apenas trataba, y durante toda la tarde se encargó de repetir, cada vez que alguien nuevo cruzaba la puerta, alguna versión de la misma frase: "es casi como un hijo más para nosotros, ¿sabes?", dicha siempre lo suficientemente alto como para que varias personas la escucharan a la vez.

El regalo de Karla fue una bicicleta nueva, brillante, con una cinta enorme que ella misma se encargó de atar mientras alguien tomaba fotos. Paulo le dio las gracias, sonrió para la cámara, y sintió, sin poder explicar del todo por qué, que el regalo le pertenecía un poco menos a él que a la fotografía que acababan de tomarle con él al lado.

El de Edward llegó más tarde, cuando ya casi todos los invitados se habían ido y solo quedaban ellos cuatro recogiendo los platos de la fiesta. Se lo entregó sin ningún papel de regalo, sin ninguna cinta, envuelto apenas en una bolsa de tela simple.

—No es gran cosa —dijo, como restándole importancia de antemano.

Adentro había un reloj, Edward le dio un abrazo junto a unas cuantas palabras de felicitaciones que sintió mas sinceras que las del resto, Paulo se quedó con el reloj entre las manos un momento largo, sin saber bien qué decir, mientras Karla, desde la cocina, preguntaba en voz alta si alguien había visto dónde quedó el resto del pastel. Se lo puso esa misma noche, ajustándolo al agujero más chico de la correa porque la muñeca todavía le quedaba delgada para el tamaño original, y no volvió a quitárselo en años, mucho después de que la bicicleta terminara oxidándose en el garaje, sin que nadie la usara casi nunca.

...***************...

La conversación que de verdad cambió las cosas llegó dos años después, casi por accidente, en el último año de colegio, cuando la orientadora vocacional los citó a todos, uno por uno, para hablar de universidades.

—Con tus notas, Paulo, tienes varias opciones buenas —le dijo la mujer, revisando una carpeta con su nombre en la pestaña—. Diseño, arquitectura, hasta ingeniería si quisieras cambiar de rumbo. ¿Ya pensaste en algo?

Paulo se quedó mirando la carpeta un momento, con esa carpeta llena de opciones que en teoría deberían haberlo emocionado, y sintió, en cambio, el mismo peso de siempre instalándosele en el estómago, cuatro años más de gastos, de matrícula, de libros, de todo lo que ya llevaba años intentando reducir a su alrededor sin que nadie se lo pidiera directamente.

—Todavía lo estoy pensando —mintió, y salió de esa oficina con una decisión que en realidad ya llevaba tomada desde hacía tiempo, solo esperando el momento de decirla en voz alta.

Se lo dijo a Karla y Edward esa misma noche, durante la cena, con una calma que le costó mucho fingir.

—Creo que voy a empezar a trabajar en vez de ir a la universidad. Al menos por ahora.

El silencio que siguió duró más de lo que Paulo hubiera querido. Karla dejó el tenedor sobre el plato, despacio, con una expresión que Paulo no supo leer del todo.

—¿Por qué dices eso? —preguntó Edward, con la voz más seria de lo normal.

—Ya están pagando bastante con Henry. No hace falta que encima paguen una universidad completa para mí. Puedo trabajar unos años, ahorrar, y ver después.

—Paulo. —Karla se inclinó hacia adelante, con las manos entrelazadas sobre la mesa. —Nunca te hemos hecho sentir que eres una carga. Nunca fue esa la intención.

—Lo sé. —Y en ese momento lo decía en serio, sin ninguna acusación detrás. —Pero realmente lo pensé y no tengo algo que quiera estudiar, me gustaría trabajan y ver si me animo en el camino.

Henry, al otro lado de la mesa, no dijo nada durante toda la conversación, aunque su cara dejaba ver con claridad que estaba en desacuerdo con cada palabra que salía de la boca de Paulo. Esperó hasta que estuvieron solos, ya en el pasillo camino a sus cuartos, para decir algo.

—Sabes que esto es una estupidez, ¿verdad?

—No lo es.

—Lo es. —Henry se paró frente a él, cortándole el paso, con esa terquedad que solo sacaba cuando algo le importaba de verdad—. Podrías estudiar, sé que quieres hacerlo.

—Ya lo decidí, Henry.

—Eso no significa que esté bien.

Se quedaron parados en el pasillo, mirándose, sin que ninguno de los dos cediera. Al final, fue Henry quien rompió el silencio, con un suspiro largo que dejaba claro que no estaba de acuerdo pero que tampoco iba a seguir peleando por algo que ya Paulo había decidido cargar solo.

—Al menos prométeme que vas a buscar algo que valga la pena. No cualquier cosa solo por conseguir un sueldo rápido.

Paulo asintió, y Henry, conforme con eso, se fue a su cuarto sin decir nada más.

Bajó a la cocina esa noche por un vaso de agua, casi por costumbre, casi buscando sin querer el mismo lugar exacto donde todo esto había empezado años atrás. Encontró a Edward sentado solo a la mesa, con una taza de té ya frío entre las manos, como si llevara ahí un buen rato sin tomárselo.

—No estoy de acuerdo con Karla en que nunca te hicimos sentir una carga —dijo Edward, sin levantar la vista de la taza, con esa forma suya de hablar poco y decir mucho igual. —Probablemente sí lo hicimos, de alguna manera que ninguno de los dos supo ver. No fue a propósito.

Paulo no supo qué responder a eso, así que no dijo nada, y se quedó parado en la puerta de la cocina con el vaso todavía vacío en la mano.

—Vas a hacer lo que ya decidiste hacer. Lo sé. —Edward finalmente lo miró. —Solo quiero que sepas que, si en algún momento cambias de opinión, la puerta para estudiar sigue abierta. No hay ninguna fecha límite para eso.

Fue lo único que dijo. No insistió más allá de esa frase, y volvió a su té frío como si la conversación ya hubiera terminado del todo. Paulo llenó su vaso de agua, se lo tomó de un trago, y subió a su cuarto con esas palabras dándole vueltas de una forma que no supo bien cómo acomodar, mezcladas con algo parecido al alivio de que, al menos alguien en esa casa, no había intentado convencerlo de nada.

Esa promesa, la que le hizo a Henry en el pasillo a media luz, terminaría llevándolo, meses después, hasta la puerta de una empresa de moda todavía en crecimiento, donde un hombre mayor llamado Octavio Bellamy estaba buscando, sin saberlo todavía, a alguien exactamente como él.

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