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La Diosa Del Veneno: Madrastra Fatal.

La Diosa Del Veneno: Madrastra Fatal.

Status: En proceso
Genre:Romance / Mujer poderosa / Época
Popularitas:10k
Nilai: 5
nombre de autor: Lewis Alexandro Delgado

La Diosa del Veneno : Madrastra Fatal.

Una asesina letal del siglo XXV, Expertas en venenos y curaciones, muere perseguida y despierta en la época antigua, en un mundo antiguo lleno de prejuicios y abusos. Decidida a sobrevivir, rehacerse y proteger a los cuatro hijos que la otra vida dejó a su cargo, rompe todas las reglas: castiga la crueldad con su propia medicina, se gana el respeto con hechos y construye su propio destino. Una historia de fuerza, justicia y transformación, donde la "mujer débil" se convierte en la ley que nadie se atreve a desafiar.



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Capítulo 22: Seis Meses de Acero

En el Palacio Imperial, el plan de Eva se desarrolló con precisión, aunque no sin sombras. Trazó cada movimiento con la frialdad de una estratega consumada; midió cada paso, calculó cada mentira y colocó cada pieza en su lugar. Sin embargo, una sirvienta joven, que había visto salir a Eva de los aposentos del Príncipe la noche en que desaparecieron los planos, dudó. Se quedó callada por miedo, pero su silencio no era aprobación: en su mirada quedó la semilla de la sospecha. El Príncipe Heredero, ciego por la influencia que ella ejercía sobre él, siguió las instrucciones al pie de la letra. Robó los planos militares, los entregó a los emisarios del reino enemigo y plantó pruebas que inculpaban a su propia esposa, la hija del Duque del Sur. Cuando todo estuvo descubierto —según la versión que Eva misma había construido—, la corte creyó en la traición. El Duque del Sur cayó en desgracia, fue destituido y reemplazado por un hombre sumiso y leal a los designios de la pareja. Eva sonrió en la sombra: el poder crecía entre sus manos, pero sabía que alguien había empezado a observarla. El Príncipe creía sinceramente que habían triunfado, que el reino era suyo y que nadie podría detenerlos. No tenía la más remota idea de que, mientras celebraban, el verdadero heredero al trono se preparaba en la sombra, lejos de allí.

En la base secreta, el amanecer no traía descanso, sino la orden de empezar. Me puse al frente de las treinta mujeres rescatadas, con Lucía a mi lado, y la voz firme y clara que no admitía debilidad:

—¡Vamos! ¡Corran! —grité, mientras avanzaban bajo el sol naciente, la piel ya quemada por días de esfuerzo—. ¿Quieren seguir siendo pisoteadas? ¿Quieren luchar con honor y construir su propio futuro?

—¡Sí, queremos! —respondieron al unísono, con el aliento entrecortado, las piernas temblorosas pero la voluntad inquebrantable.

—¿Quieren liberarse de un sistema opresor que solo les exige agachar la cabeza y obedecer?

—¡Sí, queremos!

—¿Quieren encontrar su lugar en esta sociedad y llegar a ser grandes?

—¡Sí, queremos!

El entrenamiento fue implacable. Cien abdominales. Cien sentadillas. Una vuelta tras otra por el sendero que rodeaba la base, sin tregua, sin pausa, de lunes a domingo, de sol a sol. Las manos se les encallecieron en el agarre de las armas; la garganta se les secaba bajo el polvo del camino; el sol dejó su marca en rostros que antes solo conocían la penumbra. Algunas flaquearon los primeros días; otras lloraron de cansancio, pero ninguna se detuvo. La debilidad se transformó en fuerza, la sumisión en determinación. Lucía, con los ojos encendidos de resolución, fue la primera en levantar la cabeza cuando el cuerpo le pedía rendirse.

Un día, me dirigí a la clínica del doctor Ramírez. Allí estaba Serafina, mi madre, esperándome. Al entrar, saqué de mi pecho el medallón —aquella pieza antigua que ella había dejado conmigo la noche en que me arrebataron— y se lo mostré. Sus ojos se llenaron de lágrimas al instante.

—Es suyo —le dije con voz temblorosa pero firme—. Soy yo, madre. Soy su hija.

Nos fundimos en un abrazo largo, desgarrador, lleno de todo el tiempo perdido.

—Pronto volveremos —le prometí, acariciando su espalda—. Recuperaremos la mansión del General Protector, lo que nos pertenece. Pero hay algo que debe saber: él tiene una segunda esposa y una hija de veinte años. Fue obligado a tomar una esposa por el emperador.

Ella asintió, con la esperanza brillando en su mirada.

Mientras tanto, Oliver —ahora de nuevo Víctor, Príncipe Regente, pues Oliver era el nombre que usó para ocultarse y Víctor su verdadero nombre— tomó las riendas del poder con mano firme. Escribió cartas, convocó a leales, movió recursos y preparó cada detalle de nuestro regreso. La boda no sería solo una ceremonia: sería una declaración ante todo el reino. Una alianza sellada en público, bajo el cielo y ante el pueblo.

En el campo de entrenamiento, Lucas, Esteban y Álex entrenaban con ferocidad, golpeando sacos de paja, esquivando ataques, perfeccionando cada movimiento. Dividí a las treinta mujeres en tres grupos especializados de diez:

- Diez aprendieron el uso de agujas envenenadas, polvos letales y antídotos. Aprendieron a matar sin ruido y a salvar vidas con la misma destreza.

- Otras diez se convirtieron en francotiradoras expertas: dominaron la respiración, la distancia y la paciencia letal, capaces de derribar un objetivo desde lugares donde nadie las vería.

- Las diez restantes perfeccionaron el combate cuerpo a cuerpo, con lanzas y espadas, convertidas en muros de acero que no retrocedían ante nada.

Y a Lucía la formé de manera distinta, con una enseñanza reservada solo a quien podría llegar lejos:

—Usted aprenderá de todo —le dije, poniendo en sus manos un arco, un frasco de veneno y un libro de estrategia—. Dominará las armas, pero también la mente. Estudiará la persuasión, el arte de leer a las personas y de guiarlas. Aprenderá a ganar batallas sin desenvainar una espada. Será mi obra más completa.

Seis meses pasaron así: seis meses de esfuerzo ininterrumpido, de sangre, sudor y transformación. Cuando el último sol de ese periodo se ocultó, ya no eran las mismas mujeres que habían llegado encadenadas. Eran almas letales, disciplinadas, listas para defender lo suyo.

Reuní a todas bajo la luz de la luna y les hablé con voz solemne:

—Ha llegado la hora de volver. Recuperaremos lo que nos pertenece.

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Izza Miguel
jajajajajaja
Elizabeth Yepez
esa Eva es una perra desgraciada
Aleida Delgado Santana: Es muy malvada.
total 1 replies
inuyasha/ Tomoe🦊
ay no me niego q la madre se muera, q si se van q sea juntos con su esposo 😭
Aleida Delgado Santana
Pronto se sabra.
Beatris Avalos
ahora ya tengo dudas ya no parece un aliado
Beatris Avalos
el principe heredero no está muerto
Beatris Avalos
para mí también aliado y trasmigrado pero quiere a Isa
inuyasha/ Tomoe🦊
q el general nosé muera pliss q ella salve a su padre 😭😭😭
Mayka Puche Velasquez
Excelente maratón por favor
Elizabeth Yepez
hay le dan palos parejos a los desobediente
Afrodita Hada♥️
🫶🫶🫶🫶♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️
inuyasha/ Tomoe🦊
aliado y trasmigrado
Aleida Delgado Santana: Puede ser.
total 1 replies
Elizabeth Yepez
esa emperatriz viuda ya es hora que pague
Elizabeth Yepez
lo tenía bien merecido
Elizabeth Yepez
y esos hijos son de quien entonces
Aleida Delgado Santana: Sobrinos de Oliver.
total 1 replies
Elizabeth Yepez
así es nada de sumisa
Elizabeth Yepez
también viene del futuro
Elizabeth Yepez
que busca la vieja inmunda
Aleida Delgado Santana: Solo busca, joder.
total 1 replies
Elizabeth Yepez
así,se habla esas escorias no merecen perdón
Elizabeth Yepez
vino a poner orden,carajo
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