Valérie era una bibliotecaria tranquila que encontró un final trágico a manos de un hombre obsesionado con ella. Sin embargo, la muerte no fue el final, sino el comienzo de una pesadilla aún más compleja. Ha reencarnado en el cuerpo de Maeve Cipriano, la recién nacida hija del Primer Ministro del poderoso Reino de las Rosas.
Su nueva vida es un paraíso de opulencia: rodeada de cunas de oro, sirvientas guerreras entrenadas de élite y una catadora de alimentos personal, Maeve vive en el pináculo del poder. Pero su padre, Santiago Cipriano, un hombre marcado por un pasado de pobreza, guerra y una terrible traición familiar que lo llevó a encarcelar a su propio padre, la adora con una intensidad que roza lo asfixiante.
El verdadero horror llega cuando los recuerdos de su vida pasada se aclaran y Valérie comprende dónde está: ha renacido dentro de la trama del segundo libro de una trilogía de fantasía oscura que leyó anteriormente. Y el papel que le corresponde no es el de una heroína salva
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Capítulo 23: Susurros a la medianoche
El aire en el salón principal de mi casa se sentía denso, cargado con una electricidad estática que hacía que el vello de mis brazos se erizara. Estaba entre la espada y la pared, atrapada en un laberinto de dudas que me asfixiaba por completo. Las palabras de Orion resonaban en mi cabeza, pero la razón me gritaba que mantuviera la guardia alta. ¿Y si todo esto era una farsa minuciosamente montada solo para arrancarme información? ¿Y si me traicionaba en el momento en que bajara la guardia? La desconfianza me quemaba por dentro, recordándome los peligros que acechaban en cada esquina. No podía confiar ciegamente en él, por mucho que mi pecho doliera al pensarlo.
Sin embargo, a la vez, mi corazón me suplicaba que le creyera, que me dejara llevar por la calidez de su mirada y por la historia que compartíamos. Un segundo después, un destello de pura frustración me sacudió por dentro, y me regañé mentalmente con dureza: Qué estúpida me debo de ver pensando con el corazón así. La supervivencia exigía frialdad, no debilidad romántica.
Decidí que no le daría todo en bandeja de plata. Tenía que tantear el terreno, medir sus reacciones y descubrir qué tan sincero era realmente. Caminé lentamente por el salón, rodeando los muebles antiguos, buscando refugio en la penumbra de las esquinas.
—Hay cosas de las que no te he hablado —le dije, deteniéndome junto a la ventana para asegurarme de que no hubiera nadie afuera—. No estás solo en esta partida... He visto cosas que quizás te interesarían saber, pero no sé si eres el aliado que dices ser. Por ejemplo, he visto a la princesa muy cerca de los príncipes últimamente. Demasiado cerca, compartiendo secretos que no deberían ser públicos.
Orion contuvo la respiración, procesando la noticia con los ojos muy abiertos, mientras la tensión endurecía sus facciones. Se movió con inquietud, observando los cuadros y los adornos del salón como si temiera que las paredes pudieran delatarlo.
—¿Qué tan cerca? —preguntó él, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo urgente—. Si ella está confabulando con ellos, estamos en un riesgo mayor del que imaginé. Necesito saber cada detalle, Maeva. Por favor, dime qué más sabes.
—Ya veremos qué decides hacer con eso cuando llegue el momento —le corté con firmeza, negándome a ceder del todo—. El tiempo dirá si realmente puedo confiar en ti o si solo estás jugando conmigo para descubrir hasta dónde llega mi conocimiento. Pero de una cosa estoy segura: aquí, en este salón, no te lo puedo contar. Hay demasiados riesgos, demasiadas sombras.
Él frunció el ceño, confundido y visiblemente molesto por mi repentina cautela. Sus ojos recorrieron el salón, buscando la presencia de algún espía invisible.
—¿A qué te refieres con que no podemos hablar aquí? —susurró, acercándose lo suficiente para que el aroma de su perfume me trajera recuerdos que trataba de enterrar—. Esta es tu casa, Maeva. Debería ser el lugar más seguro del reino. Nadie nos está observando ahora.
—¿Eso crees? —le repliqué con una sonrisa amarga, dándole la espalda para esconder la duda que aún nublaba mis ojos—. Si es verdad lo que dijiste sobre mis cartas, que fueron interceptadas y robadas a mis espaldas sin que nadie se diera cuenta, dime... ¿Quién me asegura que en este preciso instante no hay alguien escondido detrás de estas cortinas o escuchando tras la puerta del salón?
Orion se quedó de una pieza, retrocediendo un paso con evidente sobresalto ante mi escepticismo. El decoro pareció chocar con la realidad del peligro.
—Ven a mi habitación a la medianoche —le solté, cortando cualquier otra excusa—. Ahí podremos hablar con la puerta cerrada, lejos de los sirvientes y de los oídos indiscretos.
Él abrió los ojos como platos, escandalizado por la audacia de la propuesta.
—¿A tu habitación? —balbuceó, con las mejillas teñidas de un rojo intenso—. Maeva, piénsalo bien... Eso no es nada apropiado, nuestra reputación quedaría por el suelo si alguien nos ve entrar o salir a esas horas. Es una locura.
—¿Y crees que me importa la decencia de la corte en este momento? —le repliqué con los ojos centelleantes de frustración, sin bajar la voz, sintiendo cómo el peso de mi secreto me oprimía—. Es una cuestión de supervivencia, no de modales. Si realmente quieres las respuestas, si realmente quieres saber lo que he descubierto, no me obligues a decirlo en un lugar donde cualquiera puede entrar.
El silencio cayó como un bloque de hielo entre ambos, rompiendo la armonía del salón. Orion se quedó mudo, con la mirada fija en la mía, sopesando el peso y la lógica implacable de mis palabras. Las paredes de mi casa tenían oídos, y la paranoia se había convertido en nuestra única compañera fiel.
Tras unos segundos de intensa lucha interna, su postura se relajó ligeramente, aceptando la cruda realidad del peligro que nos rodeaba.
—Está bien —murmuró con gravedad, asintiendo despacio mientras evitaba mi mirada—. A la medianoche estaré ahí. No dejes que nadie sepa que nos veremos.
Asentí, sintiendo que un nuevo capítulo de esta pesadilla apenas comenzaba. Lo que él no sabía, y lo que me guardaba para ese encuentro privado, era el horror del pasado que solo yo cargaba sobre mis hombros: el secreto del panadero, una mancha de sangre que no pertenecía a esta vida, pero que estaba a punto de cambiarlo todo.