Hay lugares que nunca se olvidan. Para Rubi, aquel pequeño pueblo siempre había sido el lugar al que regresaba cada verano. El rancho de sus abuelos, los mismos caminos de tierra, los caballos, las tardes interminables y una familia que prácticamente había crecido junto a la suya. Y luego estaba él. Wyatt Carter. Durante años fue simplemente el hermano mayor de su mejor amigo. El cowboy que siempre parecía estar cubierto de polvo, que sabía montar cualquier caballo y que tenía la extraña costumbre de aparecer justo cuando ella estaba a punto de meterse en problemas. Pero han pasado años desde el último verano. Y algunas cosas cambiaron. Ella no esperaba volver a encontrar el pueblo exactamente como lo había dejado. Mucho menos esperaba que Wyatt tampoco fuera el mismo. Porque quizás regresar al lugar donde comenzó todo no sea tan sencillo como recordar viejos veranos. Y quizás este verano tenga algo que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar.
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Los años que perdí
La tarde había caído tranquila sobre el rancho.
El calor ya no era tan intenso y una brisa suave entraba por las ventanas abiertas de la sala, moviendo apenas las cortinas blancas.
Rubí estaba sentada en el sofá junto a su abuela, intentando seguir el patrón de tejido que ella le había enseñado aquella misma tarde.
—No, cariño. El hilo tiene que pasar por aquí —explicó su abuela, tomando suavemente la lana de sus manos—. Mira, así.
Rubí observó con atención y volvió a intentarlo.
—Creo que lo estoy entendiendo.
—Eso dijiste hace veinte minutos.
Rubí soltó una pequeña carcajada.
—Estoy progresando.
—Muy lentamente.
Desde el sillón situado frente a ellas, su abuelo dejó escapar una risa mientras continuaba tallando un pequeño trozo de madera con una navaja.
El sonido de la hoja raspando la madera se mezclaba con el canto de los pájaros que llegaba desde afuera.
Era una escena sencilla.
Demasiado sencilla.
Y quizá por eso Rubí sintió que necesitaba preguntar.
Habían pasado casi 8 años.
7 veranos.
años en los que ella había estado lejos de aquel lugar, mientras la vida de todos los demás había continuado.
Hasta ese momento, había preguntado poco.
Había querido disfrutar del regreso, recuperar viejas costumbres y ponerse al día con Logan.
Pero había algo que le daba vueltas en la cabeza.
—Abuela…
—¿Sí?
Rubí dejó por un momento las agujas sobre sus piernas.
—¿Qué pasó aquí durante todos los años que estuve afuera?
Su abuela levantó la mirada.
—¿Aquí?
—Sí. —Rubí sonrió ligeramente—. En el pueblo. En el rancho. Con ustedes… con los Carter.
El abuelo dejó de tallar por un instante.
Rubí lo notó.
—Es por curiosidad —aclaró rápidamente—. Siento que me fui siendo una niña y volví sin saber nada de lo que ocurrió mientras no estaba.
Su abuela intercambió una mirada con su esposo.
—Bueno… pasaron muchas cosas.
—¿Buenas o malas?
—De las dos.
Rubí se acomodó mejor en el sofá.
—Cuéntame.
La abuela sonrió.
—Cuando te fuiste, tu abuelo decía que la casa se sentía demasiado silenciosa.
—Eso no es verdad —protestó él sin levantar la mirada.
—Claro que sí.
—Solo dije que extrañaba tus gritos.
Rubí soltó una carcajada.
—¡Yo no gritaba tanto!
Su abuelo finalmente levantó la cabeza.
—Rubí, una vez Logan y tú rompieron una ventana jugando a lanzar piedras.
—¡Fue sin querer!
—Y otra vez escondieron mis herramientas.
—Eso fue culpa de Logan.
—Tú estabas con él.
—Pero él tuvo la idea.
Su abuela negó con la cabeza, divertida.
—Definitivamente no has cambiado tanto.
Rubí sonrió.
Después volvió a ponerse seria.
—¿Y después?
La sonrisa de su abuela se volvió más tranquila.
—Después de que te fuiste, los veranos siguieron. Logan creció, claro. Empezó a ayudar más a sus padres en el rancho. Luego terminó sus estudios y decidió quedarse aquí.
—Eso sí me lo contó.
—También hubo años difíciles.
Rubí bajó la mirada hacia la lana.
—¿Por qué?
Su abuelo volvió a concentrarse en la madera.
—El rancho Carter tuvo problemas con algunas cosechas y después con el ganado. Un invierno especialmente duro les hizo perder bastante.
—No sabía eso.
—No estabas aquí para saberlo.
Aquella frase fue sencilla, pero hizo que Rubí sintiera una pequeña punzada de culpa.
Su abuela pareció notarlo.
—No debes sentirte mal, cariño. Eras una niña. Tu vida estaba en otro lugar.
Rubí asintió.
—Lo sé.
Hubo un breve silencio.
—¿Y Wyatt?
La pregunta salió de sus labios casi sin pensarlo.
Su abuela levantó lentamente una ceja.
Rubí se arrepintió inmediatamente.
—Digo… ¿qué pasó con él?
El abuelo soltó una pequeña sonrisa.
—Ah.
—¿Qué?
—Nada.
—Abuelo.
—No he dicho nada.
—Pero estás sonriendo.
—Tengo derecho a sonreír.
Su abuela intervino antes de que Rubí pudiera protestar.
—Wyatt cambió mucho.
Rubí dejó de mover las agujas.
—¿Mucho?
—Sí. Cuando te fuiste todavía era bastante joven. Seguía siendo el muchacho que se pasaba el día a caballo y volvía a casa lleno de tierra.
Rubí sonrió.
Podía imaginarlo.
—¿Y después?
—Se hizo cargo de muchas cosas en el rancho. Su padre empezó a confiar cada vez más en él. Wyatt aprendió a manejar el ganado, las cuentas, las reparaciones…
El abuelo intervino:
—Y los caballos.
—Sobre todo los caballos —confirmó la abuela.
Rubí miró hacia la ventana.
Desde allí podía verse parte de la propiedad Carter.
—Siempre le gustaron.
—Muchísimo.
—Recuerdo que una vez me dejó montar a uno.
—Thunder.
Rubí sonrió.
—Sí.
—Tenías miedo.
—No tenía miedo.
Su abuelo soltó una carcajada.
—Estabas agarrada de la crin como si el caballo fuera a lanzarte al otro lado del estado.
—¡Era pequeña!
—Y Wyatt estuvo veinte minutos diciéndote que no pasaba nada.
Rubí bajó la mirada con una sonrisa.
Recordaba algunas cosas.
O al menos fragmentos.
La voz de Wyatt.
Su risa.
El sonido de los cascos.
Pero eran recuerdos borrosos, como fotografías viejas.
—¿Él siguió aquí todos estos años?
—Sí —respondió su abuela—. Nunca quiso irse demasiado lejos.
Rubí frunció ligeramente el ceño.
—¿Nunca?
—Tuvo oportunidades.
Ella levantó la mirada.
—¿Qué clase de oportunidades?
—Trabajo fuera del rancho. Viajes. Incluso una oferta para trabajar con caballos en otro estado.
Rubí parpadeó.
—¿Y no aceptó?
—No.
—¿Por qué?
Su abuelo se encogió de hombros.
—Nunca preguntamos demasiado.
La abuela sonrió.
—Creo que Wyatt siempre sintió que este era su lugar.
Rubí volvió a mirar hacia la ventana.
A lo lejos, podía distinguir algunas de las cercas del rancho Carter.
Pensó en el Wyatt que había conocido de niña.
Y después en el hombre que había encontrado aquel verano.
Era difícil unir ambas imágenes.
—¿Y Logan? —preguntó, intentando cambiar de tema—. ¿Siempre fue así de insoportable?
—Peor —respondieron sus abuelos al mismo tiempo.
Rubí rio.
—Eso sí me lo creo.
Su abuela volvió a enseñarle el tejido.
—Logan tuvo algunas novias.
Rubí levantó la cabeza.
—¿Varias?
—Unas cuantas.
—¿Y nunca me contó?
—Porque seguramente sabía que ibas a hacerle preguntas.
—Por supuesto que iba a hacerle preguntas.
—Ahora parece interesado en una chica del pueblo.
Rubí sonrió.
—Ya me contó.
—¿La conoces?
—Trabaja en una librería.
—Ah, sí. La hija de los Miller.
Rubí asintió.
—Está nervioso por su cita del sábado.
—¿Logan nervioso?
Su abuelo dejó escapar una risa.
—Eso quiero verlo.
Rubí tomó nuevamente las agujas.
—Yo también.
Durante unos minutos volvieron a quedarse en silencio.
Pero aquella conversación había dejado algo dando vueltas en su cabeza.
Había pasado diez años lejos.
Y mientras ella había crecido en otro lugar, allí habían ocurrido cientos de pequeñas cosas.
Problemas.
Cambios.
Amores.
Pérdidas.
Decisiones.
Wyatt había crecido.
Logan había crecido.
Sus abuelos habían envejecido.
Y ella se había perdido todo eso.
Quizá por eso regresar se sentía tan extraño.
Como volver a una historia de la que alguien había arrancado diez capítulos.
—Abuela…
—¿Sí?
—¿Alguna vez preguntaron por mí?
La mujer dejó de tejer.
—¿Quiénes?
Rubí tragó saliva.
—Los Carter.
Su abuela la observó durante unos segundos.
Después sonrió con cierta nostalgia.
—Claro que preguntaron.
Rubí sintió que el corazón le daba un pequeño salto.
—¿Quién?
—Todos.
—¿Incluso Wyatt?
La pregunta volvió a escaparse antes de que pudiera detenerla.
Esta vez, su abuelo sí levantó la mirada.
Su abuela sonrió.
—Especialmente Logan.
Rubí hizo una mueca.
—Abuela…
—¿Qué?
—Sabes perfectamente a quién me refiero.
La mujer soltó una pequeña risa.
—Sí, lo sé.
Rubí esperó.
Pero su abuela no dijo nada más.
—¿Y?
—Y nada.
—¡Abuela!
—Preguntaba por ti de vez en cuando.
Rubí sintió calor en las mejillas.
—¿Qué preguntaba?
Su abuela volvió a tomar las agujas.
—Si ibas a volver.
Rubí se quedó inmóvil.
—¿Eso preguntaba?
—Sí.
—¿Muchas veces?
Su abuela sonrió.
—Lo suficiente.
Rubí bajó la mirada.
De pronto, recordó aquella noche en el pasillo.
Me alegra que hayas vuelto.
Y también recordó su manera de mirarla.
Como si su regreso significara algo más de lo que estaba dispuesto a decir.
—¿Cuándo preguntó la última vez? —preguntó en voz baja.
Su abuelo volvió a tallar la madera.
Su abuela la observó con una expresión extrañamente divertida.
—Hace unos años.
Rubí asintió lentamente.
No sabía por qué aquella respuesta le había dejado una sensación tan cálida.
Quizá porque durante mucho tiempo había pensado que aquel verano solo había existido para ella.
Que cuando se marchó, todo lo demás simplemente continuó.
Pero ahora sabía que no era exactamente así.
Alguien había recordado.
Alguien había preguntado.
Y, de alguna manera, alguien había esperado.
Rubí miró hacia la ventana una vez más.
Justo entonces, una camioneta oscura apareció al otro lado del camino.
La reconoció inmediatamente.
Wyatt.
La camioneta se detuvo frente al rancho Carter.
Él bajó, cerró la puerta y se quitó el sombrero para pasarse una mano por el cabello.
Como si hubiera sentido su mirada, levantó los ojos.
Sus miradas se encontraron a través de la distancia.
Wyatt sonrió apenas.
Rubí también.
Y durante unos segundos ninguno de los dos apartó la mirada.
Hasta que la abuela murmuró:
—Ahora entiendo por qué preguntabas tanto.
Rubí giró la cabeza de golpe.
—¡No estaba preguntando por él!
—Claro que no.
—Abuela…
La mujer soltó una risita.
—Sigue tejiendo, cariño.
Rubí tomó las agujas intentando ocultar su sonrisa.
Pero mientras volvía a concentrarse en el hilo, no pudo evitar mirar una última vez hacia la ventana.
Wyatt ya no estaba allí.
Y, por alguna razón, ahora tenía todavía más curiosidad por saber qué había pasado durante aquellos diez años.
Sobre todo con él.