Belleza Angelical, Inteligencia Peligrosa.
Desde niña, Haniel descubrió que una sonrisa podía abrir puertas y que una mirada podía hacer que los demás olvidaran sus propias intenciones. A los dieciséis años solo soñaba con vivir una vida extraordinaria junto a sus mejores amigas.
Pero crecer cambiaría las reglas.
Entre secretos, hombres, dinero, traiciones y poder, Haniel aprenderá que su mayor arma no es su belleza… Sino la facilidad con la que consigue que todos crean en su inocencia.
Porque hasta los ángeles pueden tener un lugar en el Averno.
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Cap21
A la mañana siguiente, Haniel despertó con una sensación extraña.
No era miedo.
Tampoco tranquilidad.
Era cansancio.
Cansancio de secretos, de fotografías tomadas a escondidas, de mensajes anónimos y de personas que parecían conocer partes de su vida que ella misma apenas comprendía.
Durante semanas había permitido que el misterio ocupara cada rincón de su cabeza.
Pero aquella mañana decidió hacer algo diferente.
Se levantó, abrió las cortinas y dejó entrar el sol.
—Hoy no —dijo mirando su reflejo—. Hoy quiero ser yo.
Tomó el teléfono.
Había mensajes de Olivia y Zamira hablando sobre el expediente L-17.
Los dejó para después.
Entonces recibió otro mensaje.
Esta vez no era anónimo.
Nicolás:
«¿Estás libre esta noche?»
Haniel sonrió.
Había olvidado lo mucho que le gustaba una conversación que no terminara hablando de amenazas.
Haniel:
«Depende.»
Nicolás:
«¿De qué?»
Haniel:
«De lo que tengas pensado.»
La respuesta llegó rápidamente.
Nicolás:
«Cena. Solo tú y yo.»
Haniel se quedó mirando la pantalla.
Después sonrió.
«Acepto.»
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Aquella noche, Haniel volvió a convertirse en la mujer que todos conocían.
La que entraba a un lugar y llamaba la atención sin proponérselo.
La que sabía vestirse para provocar una segunda mirada.
La que sonreía como si conociera un secreto que los demás desconocían.
Pero había una diferencia.
Esta vez no quería conquistar a nadie.
Quería disfrutar.
Nicolás la esperaba frente al restaurante.
—Estás hermosa.
Haniel sonrió.
—Eso sí me gusta escucharlo.
—¿Solo eso?
—No te emociones.
Él se rio.
La cena fue sencilla.
Sin preguntas sobre Gabriel.
Sin Zayd.
Sin Irina.
Sin expedientes.
Hablaron de ellos.
Nicolás le contó historias de su infancia, de los lugares donde había vivido y de las cosas que quería hacer algún día.
Haniel descubrió que detrás de aquella seguridad había un hombre bastante más sensible de lo que aparentaba.
Y él descubrió algo parecido en ella.
—Siempre pensé que eras imposible de conocer —dijo.
—Lo soy.
—No.
Haniel levantó una ceja.
—¿No?
—Eres difícil de conocer. Es diferente.
Ella sonrió.
—Tal vez.
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Después de cenar caminaron por la ciudad.
La noche estaba cálida.
Haniel se quitó los zapatos y caminó descalza unos metros.
Nicolás la miró divertido.
—¿Qué haces?
—Disfrutando.
—¿Siempre haces lo que quieres?
—Casi siempre.
—Eso explica muchas cosas.
—¿Qué cosas?
—Por qué me gustas.
Haniel se detuvo.
—¿Te gusto?
—Sí.
Ella lo observó durante unos segundos.
—No deberías decirlo tan fácilmente.
—¿Por qué?
—Porque después puedo acostumbrarme.
Nicolás se acercó.
—Quizá quiero que te acostumbres.
Haniel sintió aquella familiar electricidad entre ambos.
Pero esta vez no quiso convertirla en un juego.
Lo besó.
Sin provocaciones.
Sin estrategias.
Sin esperar que él fuera el primero.
Y cuando se separaron, Nicolás la miró sorprendido.
—¿Qué?
—Nada.
—Estás sonriendo.
—Porque acabas de hacer algo que casi ningún hombre consigue.
—¿Qué?
Haniel tomó su mano.
—Sorprenderme.
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Más tarde llegaron al apartamento de Nicolás.
La puerta se cerró detrás de ellos.
Por primera vez, ninguno sintió la necesidad de hablar.
Había deseo entre ambos, pero también algo más difícil de ignorar: confianza.
El beso volvió.
Más lento.
Más intenso.
Haniel dejó de pensar en sus reglas.
Dejó que la noche avanzara sin intentar decidir qué significaba.
No necesitaba saber si aquello terminaría en una relación, en una aventura o en una decepción.
Por una noche, quería vivir el momento.
Y lo hizo.
Sin promesas.
Sin juegos.
Sin miedo.
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A la mañana siguiente, Haniel despertó antes que Nicolás.
Lo observó dormir.
Sonrió.
Después tomó su teléfono.
Había tres mensajes de Zamira.
«Encontré algo sobre L-17.»
El segundo:
«Haniel, creo que deberías verlo personalmente.»
Y el tercero:
«Tiene que ver con tu madre.»
La sonrisa desapareció.
Haniel se sentó en la cama.
Miró a Nicolás dormido.
Durante unos segundos dudó.
Después salió silenciosamente de la habitación.
Llamó a Zamira.
—¿Qué encontraste?
—El expediente L-17 no era solamente financiero.
—¿Entonces qué era?
—Una lista.
—¿De qué?
Zamira respiró profundamente.
—De personas protegidas.
Haniel frunció el ceño.
—¿Protegidas por quién?
—Por alguien que tenía suficiente poder para hacer desaparecer sus nombres.
Haniel sintió un escalofrío.
—¿Y mi nombre está ahí?
Silencio.
—Sí.
Haniel cerró los ojos.
—¿Y el de Olivia?
—Sí.
—¿Zamira?
—También.
Haniel miró hacia la habitación.
Nicolás seguía dormido.
—¿Quién nos puso en esa lista?
Zamira respondió:
—Eso es lo que todavía estoy intentando descubrir.
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Haniel regresó a la habitación.
Nicolás ya estaba despierto.
—¿Todo bien?
Ella lo miró.
Por un instante pensó en contarle.
No lo hizo.
—Sí.
Nicolás la observó.
Sabía que estaba mintiendo.
Pero no insistió.
—Entonces ven.
Haniel se acercó.
Él la abrazó.
Y durante unos segundos ella se permitió olvidar todo.
Porque quizá ese era el verdadero peligro.
No enamorarse de alguien.
Sino encontrar a alguien junto a quien uno pudiera olvidar por un momento todos sus problemas.
Haniel todavía no sabía qué sería Nicolás para ella.
Pero estaba segura de algo:
no sería un hombre más.
Y mientras ella comenzaba a descubrirlo, en otro lugar de la ciudad, alguien observaba una fotografía reciente de ambos.
La fotografía había sido tomada esa misma noche.
En el reverso solo había una frase:
«Así que finalmente encontró a alguien.»
Y debajo, una firma.
Zayd.