Un imperio construido sobre el control. Una atracción que amenaza con destruirlo todo.
En el piso cuarenta y dos de Vance Financial, la regla es simple: la eficiencia se premia y las emociones no existen. Alexander Vance es un CEO implacable, calculador y distante, un hombre que ha convertido su vida en un mecanismo perfecto para sepultar la culpa de un pasado oscuro y un secreto familiar que podría arruinarlo.
Elena Ross llegó a su oficina solo para pagar las deudas de su familia, pero su resiliencia y templanza la convierten en la única asistente capaz de soportar la frialdad de Vance. Sin embargo, detrás de la fachada profesional, una química sofocante e innegable comienza a desgastar las barreras de ambos.
Cuando una serie de amenazas anónimas y un juego de poder corporativo ponen en riesgo la vida de Elena, el control de Alexander se fractura. Obligados a protegerse en medio de un nido de traiciones, la línea entre la lealtad, el deseo y el peligro empieza a borrarse.
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Capitulo 14: La emboscada de poder
La luz matutina que atravesaba los ventanales del piso cuarenta y dos parecía más brillante que de costumbre, pero la atmósfera en la sala de juntas de Vance Financial se volvió gélida en cuestión de segundos.
Elena examinaba la pantalla del terminal central mientras la línea del teléfono del despacho no paraba de parpadear. El fondo de reestructuración corporativa que ella misma lideraba —diseñado para sanear las filiales afectadas por los malos manejos de Marcus— acababa de sufrir un bloqueo masivo de liquidez.
Alexander ingresó al despacho con paso firme, abotonándose la chaqueta del traje mientras Julian cerraba las puertas dobles a sus espaldas. La expresión del CEO era de pura piedra.
—Es el consorcio Dupont —dijo Elena de inmediato, sin rodeos, mostrando los paneles de transferencias congeladas—. Bloquearon los créditos puente de la banca europea. Usaron una cláusula de veto minoritario que la familia de Daphne mantenía oculta en los estatutos de la filial de Ginebra desde hace diez años.
—Daphne no tiene la capacidad analítica para coordinar una maniobra de bloqueo en tres plazas financieras simultáneas —respondió Alexander, acercándose al escritorio para colocarse detrás de Elena. Apoyó una mano firme sobre el respaldo de su silla, inclinándose hasta que su aliento rozó la sien de la joven—. Su padre está detrás. Quieren forzar una renegociación de las acciones y, de paso, cobrarse la humillación de la gala.
—Creen que sin esos fondos el proyecto colapsará antes del cierre de trimestre —continuó Elena, girando el rostro para mirarlo. A pesar del sabotaje, sus ojos no mostraban un solo rastro de pánico; solo una determinación afilada—. Pretenden obligarte a retirar la dirección del fondo de mis manos para poner a un auditor del consorcio Dupont.
Alexander dejó escapar una risa baja, un sonido oscuro que prometía una tormenta sin piedad para sus adversarios. Deslizó sus dedos por el cuello de la blusa de Elena, acariciándole la nuca con una mezcla de posesividad y orgullo absoluto ante la templanza de la mujer que amaba.
—Cometieron el peor error de sus vidas —murmuró el CEO, bajando la voz hasta convertirla en un susurro peligroso—. Creen que sigo jugando con las reglas de la aristocracia corporativa que mi tío respetaba. No saben que yo destruyo a mis enemigos antes de que termine el día.
—¿Cuál es el plan? —preguntó ella, acortando la distancia entre sus rostros.
—Tú vas a liderar la contraofensiva, Elena —sentenció él, aprisionándole la barbilla con un toque firme pero lleno de devoción—. Vas a usar la información de los activos libres de la matriz para ejecutar una compra hostil de las acciones preferentes que la familia Dupont tiene en la filial de Londres. Cuando se den cuenta de lo que ocurre, su propio consejo de administración los obligará a retirar el veto.
Elena esbozó una sonrisa lenta, llena de audacia.
—Van a necesitar más que un veto en Ginebra para sacarme de este escritorio, Alexander.
A las tres de la tarde, la reunión de emergencia con los representantes del consorcio Dupont se llevó a cabo en la sala de conferencias principal.
Daphne Dupont acompañaba a su padre, un hombre mayor de rostro altivo y mirada despectiva que se sentó al otro lado de la mesa de caoba convencido de tener el control absoluto de la negociación. Daphne mantenía las piernas cruzadas y una postura arrogante, esperando ver a Elena acorralada.
Sin embargo, cuando la puerta se abrió, no fue Alexander quien tomó la palabra principal.
Elena ingresó con paso firme, ocupando la cabecera de la mesa con la soltura de quien domina cada cifra del mercado. Detrás de ella, Alexander permaneció de pie junto al ventanal, con los brazos cruzados y la mirada fija en el padre de Daphne, actuando como un muro impenetrable que respaldaba cada movimiento de la joven.
—Señor Dupont —comenzó Elena con voz pausada y clara, desplegando tres carpetas de cuero sobre la mesa—. Su intento de bloqueo sobre los créditos puente de Ginebra caducó hace exactamente quince minutos.
Daphne frunció el ceño, mientras su padre se acomodaba el marco de los anteojos con evidente molestia.
—Eso es imposible —intervino el anciano con arrogancia—. La cláusula de retención exige noventa días para...
—Exigía noventa días —corrigió Elena sin perder la compostura—. Eso antes de que Vance Financial adquiriera el cincuenta y un por ciento de las acciones de su filial en Londres a través de una operación de liquidez inmediata ejecutada esta mañana. Como accionista mayoritario de esa división, he revocado el poder de veto de su consorcio por conflicto de intereses.
El silencio en la sala fue devastador. El padre de Daphne se descoloró por completo, mientras Daphne miraba a Elena como si estuviera viendo a un monstruo que acababa de devorarse su imperio en cuestión de horas.
—Esto es un atropello financiero... —balbuceó Daphne, poniéndose de pie con la voz quebrada por la rabia—. ¡Alexander, no puedes permitir que esta mujer utilice los recursos de tu empresa para atacar a mi familia!
Alexander dio dos pasos lentos hacia la mesa. Su presencia imponente hizo que el padre de Daphne se encogiera en su asiento.
—Elena no está usando mis recursos, Daphne —dijo Alexander con un tono tan helado que cortó cualquier intento de réplica—. Elena está dirigiendo esta corporación. Y si vuelven a intentar un sabotaje contra ella o contra las decisiones de esta presidencia, la próxima operación no será para comprar sus filiales... será para liquidarlas por completo.
Sin otorgarles un segundo más de tiempo, Alexander le tendió la mano a Elena. Ella cerró la carpeta, se puso de pie con elegancia y entrelazó sus dedos con los del CEO.
—La reunión ha terminado —sentenció Elena con absoluta firmeza.