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El Caos En Mi Refugio

El Caos En Mi Refugio

Status: En proceso
Genre:Escuela / Romance
Popularitas:3.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Lobelia

Lola vive bajo una regla de oro: su espacio personal es sagrado. Es inteligente, retraída y encuentra paz en el silencio. Su único error fue dejar entrar en ese refugio a Mateo, su mejor amigo, un torbellino de imprudencia que solo entiende de tácticas de fútbol y de cómo hacerla reír cuando más lo necesita.

Pero el equilibrio se rompe cuando el "Rey del Campo" se convierte en el objetivo de la chica más popular, y un rival inesperado decide que la brillante timidez de Lola es el trofeo que realmente quiere ganar

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Capítulo 20: El Desafío Final

​El patio central del instituto estaba abarrotado durante el descanso de la tercera hora. La neblina de la mañana se había disipado, dejando paso a un sol pálido que se reflejaba en los grandes ventanales del edificio principal. El murmullo habitual de los estudiantes —conversaciones sobre exámenes, risas estridentes y el chocar de casilleros— saturaba el aire con una energía vibrante, anticipando la cercanía del baile de graduación.

​Lola caminaba junto a la balaustrada de piedra, abrazando su libreta de notas contra el pecho. La noche anterior en la fiesta seguía pesándole en los ojos y en la garganta.

La imagen de Mateo en el centro de la sala, con Patricia tan cerca de su rostro, le producía un pellizco frío y constante en el estómago. Intentaba convencerse de que haber abandonado la fiesta del brazo de Andrés había sido la decisión madura, pero el vacío que llevaba dentro decía todo lo contrario.

​De pronto, el murmullo del patio comenzó a bajar de volumen, transformándose en una marea de cuchicheos y cabezas que se giraban hacia las escaleras principales.

​Andrés bajaba los peldaños con su paso tranquilo y erguido. No llevaba la mochila ni sus libros habituales; en su mano derecha sostenía un ramo pulcro de lirios blancos envueltos en papel de seda sobrio, sin la extravagancia ordinaria de los arreglos comerciales. Con la mano izquierda sostenía un cartel de cartulina rígida, elegantemente rotulado a mano con tinta china negra.

​El público improvisado abrió un pasillo de manera involuntaria. Andrés no corría ni mostraba el nerviosismo torpe de otros chicos de su edad. Su postura transmitía la seguridad de quien ha calculado cada variable y sabe que la victoria es solo cuestión de tiempo.

​Se detuvo a dos metros de Lola, manteniendo una distancia caballerosa que respetaba el espacio personal de ella, pero asegurándose de que la escena fuera perfectamente visible para los cientos de alumnos que observaban desde los pasillos y los balcones superiores.

​Desplegó el cartel con un movimiento fluido. En lugar de las frases trilladas o los chistes pesados que solían usarse para las invitaciones al baile, el texto leía un verso sutil, escrito con una caligrafía impecable:

​«Ni el caos del mundo ni el ruido de los demás. ¿Me darías el honor de compartir el silencio en la noche de graduación?»

​Un murmullo de admiración recorrió el patio. Varias chicas del comité soltaron un suspiro ahogado ante la elegancia del gesto, mientras los compañeros de Andrés asentían con aprobación ante la propuesta. Era una jugada brillante, inteligente y diseñada a la medida exacta de la personalidad de Lola: sin gritos, sin vulgaridades, apelando directamente a su amor por la tranquilidad y las palabras bien elegidas.

​Lola se congeló en su sitio. Sintió que el rubor le subía rápidamente por el cuello hasta las mejillas, pero no por un arrebato de emoción romántica, sino por la repentina exposición pública. Su mente analítica se paralizó por un segundo. Andrés estaba extendiéndole el ramo de lirios con una sonrisa serena, libre de arrogancia burda, pero cargada de una expectación tranquila.

​—Lola —dijo Andrés, modulando su voz para que sonara clara pero íntima—. Sé que no te gustan los grandes espectáculos, pero quería asegurarme de que supieras lo mucho que valoro tu compañía. Me gustaría mucho ir contigo al baile.

​A cincuenta metros de allí, junto a la puerta de entrada al gimnasio, Mateo presencia la escena.

​Estaba apoyado contra el marco de metal, vistiendo la chaqueta de la universidad con el cuello levantado. Sus manos estaban dentro de los bolsillos, pero al ver a Andrés desplegar el cartel y entregar las flores, sus dedos se cerraron en puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos y la tela de los bolsillos se tensó hasta el límite.

​Mateo sintió que la sangre le reventaba en los oídos. La imagen era la personificación exacta de todas sus inseguridades: Andrés era pulcro, educado, le escribía versos refinados y le ofrecía a Lola el mundo sofisticado que él jamás podría construir. Vio las flores blancas, vio la caligrafía perfecta y vio a Lola parada allí, observando a Andrés con los ojos muy abiertos.

​El orgullo de Mateo, molido a palos durante las últimas semanas por las expulsiones, las malas notas y las trampas de Patricia, terminó por colapsar. La rabia inicial que solía impulsarlo a gritar o a empujar cosas desapareció de golpe, dejando en su lugar una tristeza pesada, helada y definitiva.

Se sintió profundamente ridículo por haber intentado leer poesía en la biblioteca, por haber guardado la nota amarilla en su cartera como si fuera un amuleto. Comprendió que el partido había terminado y que él había perdido antes de salir a la cancha.

​En el centro del patio, el tiempo parecía haberse detenido para Lola.

​Sostenía la libreta contra su estómago, mirando el cartel y luego las flores que Andrés le ofrecía. Las palabras del cartel eran hermosas, sin duda. Eran exactamente la clase de paz que ella siempre había afirmado buscar. Sin embargo, al mirar el texto, Lola no sintió el vuelco en el corazón que debería acompañar a un momento así. No había chispa, no había vértigo, no había nada de la energía viva que la hacía sentirse completa.

​Instintivamente, impulsada por un hábito que ninguna discusión ni alejamiento había podido borrar, Lola levantó la vista del cartel y buscó con la mirada hacia la entrada del gimnasio.

​Buscó la silueta alta y desordenada. Necesitaba una señal, un gesto, una mirada de Mateo que le dijera que le importaba, que todavía estaba allí peleando por su espacio, que daría un paso al frente para romper la perfección de esa escena con una de sus torpezas genuinas. Esperaba ver la firmeza desafiante en sus ojos claros, la misma que él ponía cuando salía a defender su camiseta en la cancha.

​Pero lo que encontró la atravesó con un dolor lacerante.

​Mateo la estaba mirando desde la distancia. Sus ojos, habitualmente encendidos por una terquedad inquebrantable, estaban apagados, despojados de cualquier rastro de lucha. En su rostro no había celos ni rabia; solo había una resignación absoluta, la mirada vacía de alguien que se da por vencido y acepta la derrota.

​Mateo sostuvo el contacto visual con Lola durante un segundo interminable. Vio sus dudas, vio las flores en manos de Andrés y concluyó, en su mente torturada, que ella estaba a punto de decir que sí.

​Sin esperar a escuchar la respuesta de Lola, sin dar un solo paso hacia adelante, Mateo bajó la cabeza. Sacó las manos de los bolsillos, se subió la cremallera de la chaqueta hasta el cuello y dio media vuelta.

​Lola vio cómo la espalda de Mateo se alejaba hacia el pasillo sombrío del gimnasio, caminando con pasos pesados y los hombros hundidos, desapareciendo entre la multitud como un fantasma que decide dejar de rondar.

​—¿Mateo...? —susurró Lola para sí misma, con la voz ahogada en la garganta. El impulso de correr tras él, de soltar la libreta y dejar a todos con la palabra en la boca le dio un tirón violento en el pecho.

​—¿Lola? —reiteró Andrés suavemente, dando un pequeño paso hacia adelante y llamando su atención de nuevo—. ¿Estás bien?

​Lola regresó la mirada a Andrés. La multitud en el patio guardaba silencio, esperando una respuesta jubilosa. Andrés la observaba con esa paciencia impecable, sosteniendo el ramo de lirios blancos.

​Sin embargo, al mirar las flores y el cartel perfecto, Lola comprendió la verdad con una claridad absoluta y aterradora. La paciencia de Andrés era un refugio cómodo, pero un refugio sin alma. El silencio que él le ofrecía era el silencio de una sala de museo: pulcro, admirado desde lejos, pero frío y carente de vida.

El silencio que ella realmente amaba no era la ausencia de ruido, sino la paz que encontraba cuando el huracán de Mateo se calmaba a su lado.

​La decisión que Mateo acababa de tomar al darse la vuelta y marcharse la dejó aterrada.

Él creía que la había perdido; se había rendido porque pensaba que ella prefería la perfección de Andrés.

​Lola miró a Andrés directamente a los ojos. El rubor en sus mejillas se apagó, reemplazado por una serenidad triste pero inamovible.

​—Andrés... —empezó Lola, y su voz, aunque baja, resonó con una firmeza que sorprendió a los presentes—. El cartel es hermoso. Y la poesía es muy bonita. De verdad aprecio mucho el gesto.

​Andrés no cambió de postura, pero la chispa de seguridad en sus ojos parpadeó sutilmente.

​—Pero no puedo aceptar —continuó Lola, bajando las manos de su libreta—. No puedo ir contigo al baile.

​El murmullo en el patio estalló como una ola de incredulidad. Varias personas se llevaron las manos a la boca. Andrés se quedó inmóvil, con el ramo de lirios suspendido en el aire, procesando el rechazo público con una rigidez que amenazaba su compostura calculada.

​—¿Estás segura, Lola? —preguntó Andrés, con la voz un punto más baja, manteniendo la dignidad a duras penas—. Pensé que esto era lo que querías.

​—Pensé lo mismo durante mucho tiempo —respondió Lola con sinceridad, dedicándole una pequeña inclinación de cabeza antes de dar un paso hacia atrás—. Pero me equivoqué. Lo siento, Andrés.

​Lola no esperó a que la multitud reaccionara ni a que Andrés retirara el cartel. Le dio la espalda al escenario perfecto que habían construido para ella, dio media vuelta y apretó el paso hacia la sombra del pasillo por donde Mateo acababa de desaparecer.

​Caminaba rápido, casi trotando sobre el piso de piedra del patio, con el corazón batiéndole desbocado contra las costillas. Sabía que Mateo creía haberlo perdido todo, que caminaba por la escuela sintiéndose invisible y derrotado; pero por primera vez en su vida, Lola no iba a quedarse en su rincón esperando a que el ruido viniera a buscarla.

Esta vez, la chica de los libros iba a salir a buscar al capitán para demostrarle que ningún verso elegante valía nada si no estaba dicho con su torpeza.

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Fernanda
mateo date prisa 💯
Fernanda
muy bien Andrés
Carolina A²V
ese es mi Mateo lento pero seguro 😊🥰
Carolina A²V
estoy de acuerdo con Andrés mueve ese lindo trasero y pídele a Lola que vaya contigo al baile de graduación 😜
Carolina A²V
era no es el centro de su mente 🤔
Carolina A²V
te va a reventar tu linda carita opps 🫣🫢
celimar
me encanta 💯💯
Fernanda
cada capitulo es un aprendizaje para lola tiene que crecer más en ellos me encanta esta historia 💯💯
Betty Saavedra Alvarado
Hay personas en la vida que le gusta hacer daño no dejar a que sean felices meten cizaña para que una relación no prospere
Carolina A²V
nunca hubo hay ni abra lástima entre ustedes así que ya deja esos fantasmas que solo te atormentan y sobre todo no escuches a la venenosa de patricia que sólo tiene envidia de ti
Carolina A²V
tu apoyo de siempre Lola
Carolina A²V
todo lo contrario a lo que Lola esperaba 🤔😉
Carolina A²V
ayyy Lola y tus inseguridades 😟
Betty Saavedra Alvarado
Esa Patricia ves una bruja
Betty Saavedra Alvarado
Me gustó el capitulo
Celina Espinoza
firme lola no le agas caso
Celina Espinoza
que lindo capitulo 👍👍
Fernanda
patricia solo quiere hopacarte no le des el gusto
Fernanda
lola no caigas
Carolina A²V
Lo estás desarmando Lola, lo harás caer en un abismo de incertidumbres ese del cual salió anoche ya hoy vuelve a el
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