Todos obedecen a Sebastián Mendoza.
Todos menos su prometida.
Emilia Velasco nunca pidió formar parte del acuerdo que unió a dos de las familias más poderosas de México. Mucho menos vivir con Sebastián: el heredero frío, implacable y peligrosamente atractivo que parece capaz de descubrir cada una de sus mentiras con solo mirarla.
Él le impone tres reglas.
Emilia convierte romperlas en su pasatiempo favorito.
Pero desafiar a Sebastián tiene consecuencias. Sus advertencias pronto se transforman en castigos demasiado íntimos para olvidar y en una tensión que ninguno de los dos está dispuesto a reconocer.
Lo desconcertante no es su autoridad.
Es lo que ocurre después.
Porque el mismo hombre que la obliga a enfrentar las consecuencias de sus actos también se arrodilla para atarle los zapatos, cura cada una de sus heridas y pasa la noche despierto cuando ella tiene miedo.
Emilia cree que Sebastián solo desea controlarla, hasta que descubre su secreto: él es XL, el admirador anónimo que lleva años comprando sus obras y protegiendo su carrera desde las sombras.
Sebastián no aceptó el compromiso por obedecer a su familia.
Llevaba años esperándola.
Ahora, una conspiración relacionada con la muerte de la madre de Emilia amenaza con destruir todo lo que ambos intentan construir. Y el hombre al que todos temen está dispuesto a incendiar su propio imperio antes de permitir que vuelvan a lastimarla.
Emilia tendrá que decidir si quiere seguir desafiando al heredero…
o confiar en el único hombre que la eligió mucho antes de que ella pudiera elegirlo a él.
NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 20
Emilia tardó once días en terminar el ruyi.
Once días de trabajo que no le mostró a nadie — ni a Daniela, ni a Sergio, ni a las cámaras del livestream. Once días de llegar a la ANBA antes que todos, de cerrar la puerta del taller B y cubrir la pieza con un paño cada vez que alguien se acercaba. Once días hasta que encontró un bloque de sándalo rojo con una veta que le recordó el color de los ojos de Sebastián cuando la luz de la tarde le daba de frente.
El diseño lo había soñado. Literalmente. Una noche, tres días después de descubrir el cajón cerrado con llave y las cinco piezas que Sebastián guardaba como tesoros, Emilia se despertó a las cuatro de la mañana con la imagen completa en la cabeza: un ruyi clásico, cabeza de lingzhi, tallo curvo — pero en la curva central, donde tradicionalmente iba un motivo de nubes o murciélagos, ella tallaría dos iniciales entrelazadas. Una E y una S que se fundían en un solo trazo, como dos ramas de un mismo árbol.
No era un diseño sutil. Era una declaración.
Emilia era consciente de eso. Cada golpe de gubia sobre el sándalo era una palabra que todavía no se atrevía a decir en voz alta. Porque ahora sabía. Sabía que el hombre que cenaba con ella todas las noches, que le exigía dormir antes de la una, llevaba tres años viéndola tallar en una pantalla. Tres años de devoción silenciosa que se expresaba en donaciones, en piezas compradas a escondidas y guardadas en un cajón que olía a terciopelo y a cedro.
¿Cómo no iba a tallarle un ruyi?
---
El martes llegó a la oficina del piso treinta y dos con la lonchera de Doña Rosa en una mano y una caja de madera en la otra. La caja la había forrado ella misma con papel de arroz — un detalle que Sebastián reconocería, porque en una transmisión de hacía dos años ella había explicado cómo los artesanos japoneses usaban washi para envolver piezas terminadas.
XL había comentado en esa transmisión. "El washi protege sin atrapar humedad." Sesenta y tres personas habían visto ese comentario. Solo Emilia sabía ahora quién lo había escrito.
Ramón le abrió la puerta del despacho con su habitual "Señorita Velasco" y la discreción de un hombre que llevaba años facilitando encuentros sin hacer preguntas. Sebastián estaba de pie junto a la ventana, con el teléfono en la oreja y la vista en el horizonte de Santa Fe. Le hizo una seña con la mano — un minuto — y Emilia aprovechó para dejar la lonchera en el escritorio y sentarse en la silla de visitas con la caja sobre las rodillas.
Cuando colgó, la miró. Los ojos de Sebastián tenían una forma particular de mirarla que Emilia había aprendido a leer en capas — la primera capa era la evaluación rápida de siempre (¿comiste?, ¿dormiste?, ¿te duele algo?), la segunda era algo más lento y profundo que ella todavía no sabía nombrar.
—¿Qué es eso? —dijo, señalando la caja con la barbilla.
—Tu almuerzo.
—La lonchera es el almuerzo. Eso es otra cosa.
—Es un regalo.
—No es mi cumpleaños.
—¿Necesito una razón?
Sebastián la miró un segundo más. Luego caminó al escritorio, se sentó frente a ella y extendió las manos. Emilia le pasó la caja. Los dedos de él rozaron los de ella en la transferencia y el contacto duró medio segundo más de lo necesario — lo suficiente para que Emilia sintiera el calor seco de su piel y la firmeza de sus nudillos.
Sebastián examinó la caja. Pasó los dedos por el papel de arroz. Levantó la tapa.
Y entonces Emilia vio algo que no esperaba ver. No la media sonrisa, no el movimiento mínimo de la comisura, no la sombra de algo que podría ser ternura. Vio cómo Sebastián Mendoza se quedaba completamente inmóvil, con los ojos fijos en el ruyi de sándalo rojo, y cómo algo se le rompía en la cara — no de dolor, sino de la forma en que se rompe un dique que ha contenido agua durante demasiado tiempo.
Sus ojos brillaron. No de lágrimas — Emilia no estaba segura de que Sebastián Mendoza fuera capaz de llorar — pero de algo igual de líquido, igual de transparente. Una emoción sin filtro que le iluminó las pupilas como una llama detrás del cristal oscuro.
Sacó el ruyi de la caja con las dos manos. Lo sostuvo a la luz. La veta del sándalo brilló como sangre diluida en miel, y las iniciales entrelazadas — la E y la S fundiéndose en la curva central del tallo — captaron la luz de la ventana y proyectaron una sombra doble sobre el escritorio de nogal.
—Lo tallaste para mí —dijo. No era una pregunta.
—Los fans favoritos reciben piezas exclusivas —dijo Emilia. La voz le salió más suave de lo que quería—. Esta no está a la venta. No la puedes comprar con sesenta participaciones. Es solo para ti.
Sebastián no respondió inmediatamente. Giró el ruyi entre los dedos con el cuidado de un relojero examinando un mecanismo — observando cada corte, cada curva, cada decisión que la gubia había tomado. Emilia sabía que él podía leer la madera — tres años de ver sus transmisiones le habían enseñado a distinguir un corte seguro de uno vacilante, una veta trabajada con paciencia de una forzada con prisa. Y esta pieza no tenía un solo corte vacilante. Cada línea era intención pura.
Dejó el ruyi sobre el escritorio. Lo colocó junto al ruyi de sándalo que ella había sorteado un año atrás — el que XL había ganado, el que ahora descansaba en la vitrina sobre terciopelo negro. Los dos ruyis juntos, uno al lado del otro, como una conversación entre dos momentos de la misma historia.
Sebastián se levantó de la silla.
El movimiento fue lento, deliberado, con la economía de alguien que ha calculado cada paso antes de darlo. Rodeó el escritorio. Caminó hacia ella. Emilia se levantó de la silla de visitas por instinto — el cuerpo respondiendo antes que la mente — y retrocedió. Un paso. Dos. La espalda tocó la estantería de cristal donde estaban el reloj de Don Augusto y la piedra de río y el grabado de Hokusai.
Sebastián se detuvo frente a ella. Tan cerca que Emilia podía oler el cedro de su colonia y el café de la mañana y algo debajo que era solo él — el olor que se le quedaba en la ropa cuando se dormía en su hombro.
Le tomó la barbilla con dos dedos. Índice y pulgar. El gesto fue suave pero no tímido — la misma mano que firmaba contratos, que sostenía la regla de nogal, que le aplicaba pomada después de castigarla, ahora le levantaba el rostro con una delicadeza que le licuó los huesos.
—Emilia.
Su nombre en esa voz. Su nombre pronunciado como si fuera la única palabra que importaba en cualquier idioma. Emilia sintió que las rodillas dejaban de funcionar y que lo único que la sostenía era la estantería detrás y los dos dedos debajo de su barbilla.
—Sebastián —susurró, y la voz se le quebró en la segunda sílaba.
La besó.
Fue suave al principio — un roce de labios que era más pregunta que respuesta, más "¿puedo?" que "voy a." Los labios de Sebastián eran firmes y secos y cálidos y Emilia cerró los ojos porque mantenerlos abiertos era demasiado — demasiado cerca, demasiado real, demasiado de todo.
Cuando ella no se apartó — cuando sus manos subieron solas hasta las solapas de su saco y se aferraron a la tela como si el piso se hubiera convertido en agua — Sebastián profundizó el beso. La mano que le sostenía la barbilla se deslizó a su nuca, los dedos enredándose en su cabello, y la otra mano le rodeó la cintura con una firmeza que era contención y hambre al mismo tiempo. La atrajo hacia él. Emilia sintió su pecho contra el suyo — sólido, caliente, el corazón de Sebastián latiendo contra sus costillas como un puño que golpea una puerta que lleva años cerrada.
El beso sabía a café y a espera. A tres años de transmisiones vistas en silencio. A ciento cuarenta mil pesos en donaciones. A cinco piezas de madera guardadas en un cajón con llave. A todos los días contados desde el otro lado de una pantalla.
Emilia no sabía besar. No tenía experiencia, no tenía técnica, no tenía nada más que instinto y las manos aferradas a sus solapas y un sonido que se le escapó de la garganta — algo entre suspiro y gemido que murió en la boca de Sebastián. Pero no importó. Nada importó excepto el calor y la presión y la certeza absoluta de que esto era lo que faltaba. La pieza que cierra el rompecabezas.
Se separaron. No por voluntad — por necesidad de aire.
Emilia tenía las mejillas rojas, los labios hinchados, los ojos brillantes y grandes como si hubiera visto algo que todavía no podía procesar. Las manos seguían aferradas a las solapas de su saco, arrugando la tela de una forma que cualquier sastre habría lamentado.
Sebastián la observó. La mano en su nuca no se movió. Los ojos — los ojos que ella había llamado fríos durante meses, que había comparado con obsidiana, que había creído impenetrables — estaban completamente abiertos. Sin máscara. Sin filtro. Sin la contención que llevaba como armadura desde que ella lo conoció.
—Llevo esperando hacer eso —dijo, con la voz más baja que ella le había escuchado nunca— desde que tenías dieciséis años y te vi tallar una garza en tu primera transmisión.
El aire se le atoró en la garganta. Dieciséis años. Su primera transmisión. La garza de tilo que había tallado con las manos temblorosas de una adolescente que no sabía si alguien estaba viendo.
Alguien estaba viendo.
—Eso fue hace más de tres años —dijo Emilia.
—Tres años, cuatro meses y doce días.
Le cayó el alma al estómago y el corazón a la garganta, y los dos se cruzaron en algún punto intermedio y generaron algo que no era dolor ni alegría sino una mezcla tan intensa que le nubló la vista. Doce días. Había contado los días. Sebastián Mendoza — el hombre que dirigía un imperio, que hacía temblar juntas directivas, que no toleraba la imperfección — había contado los días desde la primera vez que la vio tallar.
—¿Me vas a soltar? —susurró Emilia, porque tenía que decir algo o iba a llorar, y ya había llorado demasiado esa semana.
—No —dijo Sebastián.
Y la besó de nuevo.
Esta vez no fue suave. Esta vez fue la respuesta a tres años de silencio, la liberación de cuatro meses de convivencia contenida, el punto final de doce días de espera. La empujó contra la estantería — suave pero firme, como todo lo que él hacía — y Emilia le soltó las solapas y le rodeó el cuello con los brazos porque ya no había razón para aferrarse a la tela cuando podía aferrarse a él.
El reloj de Don Augusto vibró en la repisa detrás de su cabeza. La piedra de río se deslizó un centímetro. A Emilia no le importó. A Sebastián tampoco.
Cuando se separaron por segunda vez, Emilia tenía el cabello desordenado, la blusa torcida y una sonrisa que no le cabía en la cara. Sebastián tenía las solapas arrugadas, la corbata fuera de lugar y los ojos más vivos que ella le había visto.
—Doña Rosa va a saber —dijo Emilia.
—Doña Rosa sabe todo.
—Ramón va a saber.
—Ramón sabe todo antes que Doña Rosa.
Emilia se rio. Una risa que empezó en el pecho y le subió a la garganta y salió limpia, sin miedo, sin duda, sin la pregunta que la había perseguido durante semanas — "¿esto es real?" — porque los labios todavía le cosquilleaban con la respuesta.
Sebastián le acomodó el pelo detrás de la oreja. El gesto era el mismo de siempre — preciso, automático, suyo — pero esta vez sus dedos se quedaron un momento en su mejilla, trazando la línea del pómulo con el pulgar, como si estuviera memorizando la topografía de su cara.
—El almuerzo se va a enfriar —dijo Emilia.
—No me importa.
—A Doña Rosa sí le va a importar.
Sebastián la miró. La comisura se le levantó — no la media sonrisa de siempre, no la sombra. Una sonrisa real, como la del día de la revelación de XL, pero más pequeña, más privada. Una sonrisa que era solo para ella.
Almorzaron en el escritorio como siempre — los informes apartados, la lonchera abierta, el arroz con pollo de Doña Rosa que Sebastián comía con la misma disciplina con la que hacía todo. Pero esta vez, la pierna de Emilia estaba pegada a la de él debajo del escritorio. Y esta vez, cuando ella le robó un pedazo de aguacate del plato, Sebastián no dijo nada.
Solo la miró. Con los ojos que ya no eran de obsidiana. Con los ojos que Emilia finalmente sabía leer — porque debajo del hielo, debajo del control, debajo de los tres años de silencio, había un hombre que había contado cada día hasta poder besarla.
Tres años. Cuatro meses. Doce días.
Y los que faltaban.