Una joven heredera de un imperio financiero y de la mafia, que ocultó su verdadera identidad por amor, sufre la pérdida de su bebé y el desprecio absoluto de su esposo y su suegra tras un atentado cruel. Renacida de las cenizas, regresa para ejecutar una venganza implacable, mientras se ve atrapada en un matrimonio concertado con un titán de los negocios tan arrogante y dominante como ella, uniendo dos mundos donde el poder se paga con sangre y orgullo.
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JAQUE MATE A LA REINA
El tablero de ajedrez de mármol y obsidiana reflejaba la tenue luz de la lámpara del estudio, proyectando sombras alargadas sobre las manos de ambos contrincantes. Las piezas se movían con una velocidad calculada, un eco silencioso de la guerra fría que se libraba entre sus voluntades. Verónica, con los ojos concentrados y la mandíbula ligeramente tensa, intentó una maniobra defensiva con su alfil para proteger al rey, pero un movimiento seco y certero de Isaías dejó su posición completamente expuesta.
—Jaque mate, Verónica —sentenció Isaías con una voz grave, profunda y cargada de un triunfo absoluto, inclinándose hacia atrás en su sillón ejecutivo con una sonrisa de oreja a oreja.
El sonido de su risa retumbó en las paredes del estudio, una carcajada franca, ronca y liberadora que llevaba días queriendo escapar de su pecho. El gran macho alfa, el hombre cuyo orgullo había sido pisoteado con sutil desdén sobre las sábanas de seda, por fin se tomaba la revancha.
Verónica se quedó inmóvil, mirando el tablero. Su rey estaba acorralado sin escapatoria posible. Sin embargo, lejos de mostrar frustración o derrota, levantó la barbilla con esa elegancia altiva que la caracterizaba y fijó sus ojos oscuros en el rostro triunfante de su esposo.
—Has tenido suerte, San Román —respondió ella con una calma imperturbable, cruzando los brazos sobre su pecho—. Un simple golpe de cálculo en un tablero de piedra. No te hagas ilusiones de invencibilidad.
Isaías se puso de pie con parsimonia, rodeando la mesa de juego hasta detenerse justo al lado de la silla de Verónica. Apoyó las manos en los posabrazos, inclinándose hasta que su rostro quedó a escasos centímetros del de ella, con una mirada oscura y abrasadora que prometía tormentas.
—La suerte no existe en mis tableros, Verónica —susurró él con una voz ronca que le recorrió la espina dorsal—. Las reglas eran claras desde el principio: yo gané la partida, y ahora me toca cobrar la deuda.
Verónica arqueó una ceja, manteniendo el tipo a pesar de la descarga de adrenalina que amenazaba con desestabilizar su pulso.
—Muy bien, macho alfa —retó ella con una media sonrisa picosa en los labios—. Ya ganaste tu pequeño trofeo de consolación. ¿Cuál es mi castigo, según tú? ¿Vas a obligarme a firmar otro contrato absurdo, o pretendes que te pida perdón de rodillas por haberte dicho la verdad?
Isaías esbozó una sonrisa felina, una mueca peligrosa que ocultaba los detalles de la humillación sutil y exquisita que llevaba horas planeando para ella.
—No te preocupes por los detalles todavía, mi querida esposa —respondió Isaías con voz pausada, enderezándose con lentitud—. El castigo no lo vas a cumplir hoy ni mañana. Espera al viernes. Ese día, en el momento exacto, te diré en qué consiste tu deuda.
Verónica soltó una carcajada corta y escéptica, sacudiendo la cabeza con desdén.
—¿El viernes? Qué misterioso te pones para algo que seguramente será una tontería de hombre herido —replicó ella, poniéndose de pie con absoluta gracia y alisándose la falda del vestido.
Sin embargo, en el instante exacto en que mencionó el día de la semana, los engranajes de su mente femenina comenzaron a girar a toda velocidad. ¿El viernes? De repente, una fecha clave cruzó su memoria con la precisión de un rayo: el viernes era el cumpleaños de Donato Comellas, el patriarca del imperio y la familia entera había organizado una gran celebración privada a las afueras de la ciudad, en la imponente finca San Román. Toda la alta sociedad, los socios corporativos y los miembros más pesados del clan estarían reunidos en un mismo lugar, bajo el mismo techo.
Un escalofrío de sorpresa recorrió el cuerpo de Verónica al comprender la magnitud de la jugada. Isaías planeaba ejecutar su venganza justo en medio de un evento familiar y corporativo de máxima exposición, rodeados de padres, hermanos e invitados de honor.
Al notar el parpadeo de sorpresa en los ojos oscuros de su esposa, Isaías ensanchó la sonrisa, leyendo perfectamente cada pensamiento que cruzaba por su mente.
—Veo que tu brillante cerebro acaba de conectar los puntos —murmuró Isaías con una burla sutil en la voz, acercándose lo suficiente para rozar con sus nudillos la mejilla de ella—. Así es. El viernes te digo mi castigo. Y más te vale estar preparada, Verónica, porque no pienso tener ni una sola pizca de piedad.
Dos días transcurrieron en una tensión insoportable. Para cuando llegó la mañana del viernes, el ambiente en la mansión principal era un polvorín a punto de estallar.
Isaías había mandado a pedir un paquete especial a través de sus canales de seguridad privada en el extranjero, un encargo sumamente discreto que llegó a su despacho personal en un estuche de terciopelo negro justo unas horas antes de partir hacia la finca familiar.
Cuando Verónica entró a la suite principal para cambiarse el vestido de gala que usaría en la celebración, encontró el pequeño estuche negro reposando sobre la cama, acompañado de una nota escrita con la caligrafía firme y elegante de su esposo. Al abrir la caja, sus ojos se ensancharon de incredulidad y un rubor caliente encendió sus mejillas de manera instantánea.
Dentro del estuche descansaba un dispositivo de última generación: unos huevos vibradores controlados por aplicación a larga distancia. Modelos como el reconocido Lovense Lush, diseñado con una cola o antena flexible de silicona médica que quedaba en el exterior del cuerpo para garantizar que la conexión Bluetooth no se perdiera ni siquiera al caminar o moverse entre la multitud. Un juguete de alta gama pensado exclusivamente para enlazarse al teléfono celular mediante internet, permitiendo que la pareja controle los patrones, la intensidad y las pulsaciones desde cualquier distancia, sin importar cuántos kilómetros o paredes los separaran.
Junto al dispositivo, la nota de Isaías decía con absoluta sequedad: "Colócatelo antes de subir al auto. La aplicación ya está enlazada a mi teléfono. Hoy en la finca de mi padre, cada vez que intentes cruzar una palabra sarcástica o intentar escapar de mi castigo, recordarás quién manda en este juego. Disfruta la fiesta, esposa mía."
Verónica se quedó petrificada con el pequeño aparato en las manos, sintiendo que el suelo se le movía bajo los pies. El astuto y maquiavélico macho alfa no solo le había impuesto un castigo humillante, sino que la había convertido en prisionera de su propio deseo, obligándola a asistir al cumpleaños del mismísimo Donato Comellas con un motor vibrando silenciosamente en su intimidad, controlado en tiempo real por los dedos de su esposo desde el otro extremo del salón. La verdadera guerra por el control absoluto de la pareja acababa de encenderse, y el viernes prometía ser una noche inolvidable.