Sinopsis:
Un matrimonio por conveniencia de dos años. Dos mentes calculadoras dispuestas a todo.
Emma creía que Dilan era el títere perfecto para lograr su venganza familiar y luego desaparecer con su herencia. Dilan sabía que Emma era un lobo con piel de cordero desde el día en que la conoció, y la eligió por eso.
Cuando las mentiras salen a la luz y el imperio de piezas se derrumba, ella exige la libertad que estipulaba el contrato. Pero él tiene una nueva condición: "Úsame, destruye a quien quieras, pero te quedas conmigo". Una historia de amor obsesivo, secretos y poder donde el peligro más grande no son los enemigos externos, sino la atracción entre los dos. Una pregunta que Emma no sabe cómo responder: ¿Se puede ganar una guerra cuando tu mayor enemigo está dispuesto a entregarte todo con tal de que lo ames?
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20
Dilan
Días atrás
—No necesito que me mientas. Lo único que necesito es que la dejes en paz de una buena vez —sentencié, y mi propia voz resonó con un tinte peligrosamente amenazador.
Mi supuesta suegra me sostuvo la mirada, destilando un odio puro y visceral.
—Emma no es la blanca paloma que tú piensas, Dilan —soltó, acomodándose en su silla con una elegancia fingida que me revolvió el estómago.
Desde el momento exacto en que esa mujer me llamó al teléfono para vaciar un saco de calumnias sobre mi esposa, supe perfectamente que ella era la única responsable de que Emma se hubiera quebrado la noche anterior. Emma jamás me habría dicho aquellas crueles palabras por iniciativa propia; la habían arrinconado.
—No me importa absolutamente nada de lo que tengas para decir, porque estoy completamente seguro de que de tu boca no sale más que ponzoña —escupí, furioso, recortando la distancia—. Así que hazme el favor de ahorrarte tu veneno y trágatelo.
—Pensé que eras un hombre inteligente y estratega, Dilan, pero veo que me equivoqué contigo —la sonrisa estúpida y cínica que me dedicó fue un burdo intento de hacerme perder los estribos.
Me incliné hacia adelante, apoyando las manos en su escritorio, obligándola a sostener el peso de mi mirada.
—No te lo voy a volver a repetir. Si te atreves a molestar o a presionar a mi esposa una sola vez más, te juro por mi apellido que me encargaré personalmente de destruir lo poco que le queda de estabilidad a esta maldita familia.
—Te vas a arrepentir de haberme amenazado en mi propio terreno, muchacho.
Solté una carcajada seca y sarcástica. Esta mujer de verdad creía que tenía el poder o las piezas necesarias para jugar una partida de ajedrez conmigo.
—Ya hablé lo suficiente. Me retiro.
Le di la espalda, dispuesto a cruzar el umbral de la sala.
—¿Sabías que ella estaba a punto de huir con otro hombre antes de que interfirieras? —su voz me golpeó la nuca justo antes de que tocara la perilla.
Me detuve en seco. Sentí una violenta descarga de adrenalina y me giré despacio para encararla.
—Emma tenía un amante antes de que la obligáramos a casarse —continuó ella, relamiéndose en su propia maldad—. Mi esposo y yo la forzamos a dejarlo.
La rabia me inundó las venas de inmediato, pero no por los celos o la existencia de un pasado, sino por la absoluta falta de escrúpulos de esta mujer al usar la vida de Emma como un arma de chantaje.
—¿Qué es lo que pretendes con esto? —pregunté, con la mandíbula tan tensa que me dolió.
—Emma nunca te va a corresponder, Dilan. De hecho, aceptó mi trato de espiarte con total facilidad solo porque le prometí que, al terminar, la dejaría irse con él. Te lo digo de mujer a hombre, para que no te lleves una desilusión amorosa más adelante.
—Basta de usar tus malditas mentiras conmigo. Mi esposa no sería capaz de hacer algo así.
—No la conoces, pero yo sí —replicó con frialdad—. Ella es capaz de mentir y actuar hasta el punto de causarte la ruina con tal de salvarse a sí misma. Emma es una actriz experta: podrá fingir que se está enamorando de ti, pero nunca será real. Al fin y al cabo, la crié yo. Estoy sumamente satisfecha de ver el monstruo en el que la convertí.
La impotencia y la furia que experimenté en ese instante fueron tan densas que tuve que clavar los puños en los bolsillos para no cometer una locura. Me marché de esa casa sin dignarme a regalarle una sola palabra más. En ese trayecto juré que iba a destrozar a esa familia política, me costara lo que me costara. Tendrían que caer de rodillas en el suelo de mi oficina para suplicar por mi ayuda financiera.
Manejé directamente a la residencia del propietario del terreno fiscal. Necesitaba cerrar esa transacción de una maldita vez y asegurar los derechos notariales. No iba a permitir que siguieran utilizando la vulnerabilidad de mi esposa a su antojo. Las lágrimas genuinas de Emma y el dolor con el que me confesó la farsa la noche anterior me demostraron que estaba actuando bajo una coacción externa. Nunca la había visto tan indefensa, y no pensaba tolerar que nadie más la hiciera sentir de esa manera.
Y mucho menos iba a permitir que su corazón le perteneciera a un fantasma del pasado. Yo sabía perfectamente que Emma no tenía a nadie más. Me había costado demasiado trabajo y estrategia tenerla conmigo bajo el mismo techo como para dejar que se fuera de mi lado tan fácilmente.