Morí una vez intentando salvar una vida. No pienso morir una segunda vez por culpa de unos traidores.
Cuando Saray Lagranh reencarna como Kaileris Enthal, la villana destinada a ser ejecutada en una novela que había leído, descubre que la verdadera culpable era su mejor amiga y que su prometido jamás estuvo de su lado.
Conociendo su trágico final, decide cambiar su destino de la forma más escandalosa posible.
"¿Mi ex prometido y mi ex mejor amiga me convirtieron en la villana? Perfecto. Entonces voy a convertirme en la mujer más influyente de este imperio. Y si para lograrlo termino casándome con el padre de mi ex prometido, mejor aún."
Entre intrigas nobles, planes de venganza, animales rescatados y una protagonista tan inteligente como sarcástica, Kaileris está decidida a demostrar que la mejor venganza no es destruir a tus enemigos...
Es convertirte en la persona que jamás podrán superar.
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No quiero dinero, quiero esto
—No quiero dinero, quiero esto —solté en un susurro cargado de pura audacia, justo antes de que diéramos el siguiente paso hacia la salida.
No esperé a que el General de Sangre procesara mis palabras. Rompiendo de golpe los últimos milímetros de distancia protocolar, me giré por completo en su agarre, le tomé las solapas de su uniforme militar negro y, apoyándome en las puntas de mis pies, lo besé.
Fue un beso rotundo, firme y deliberadamente lento, ejecutado en todo el centro del invernadero de cristal y justo delante de la Emperatriz viuda, de Lady Sabell y del resto de las víboras de la corte. Xilian se tensó por una fracción de segundo, tomado completamente por sorpresa por mi arrebato de locura; pero el lobo alfa no era un cobarde. Enseguida, su brazo libre se cerró en mi cintura como una prensa de titanio, pegándome a su cuerpo con una posesividad salvaje, mientras respondía al beso con una intensidad que me dejó sin aliento, devorándome los labios sin importarle un bledo que medio Imperio estuviera mirándonos.
El invernadero se convirtió en un verdadero coliseo romano. El sonido colectivo de tazas de porcelana estrellándose contra el suelo, abanicos cayendo y jadeos de absoluto horror resonó a nuestro alrededor. Sabell soltó un grito ahogado, poniéndose de pie con la cara completamente desencajada por la rabia y la envidia, mientras varias marquesas se abanicaban frenéticamente como si les faltara el aire. La corte imperial se estaba cayendo a pedazos, y yo lo estaba disfrutando al máximo.
(En sus pensamientos: Querían que arda Troya ¿No? Pues que arda que yo soy la gasolina jjajja).
Pero el verdadero golpe de gracia llegó desde la mesa principal. Ante el absoluto escándalo que habría mandado a cualquier otra dama al exilio social, la Emperatriz viuda se soltó a reír. Fue una risa clara, aristocrática pero llena de un deleite genuino que terminó de congelar la sangre de todos los presentes. Bajó su abanico de marfil, observando la escena con ojos brillantes.
(En los pensamientos de la Emperatriz viuda: Sinceramente, ella debe ser mi amiga. Al fin alguien diferente entre este grupo de víboras aburridas e hipócritas).
Cuando Xilian finalmente me soltó, lo hizo con lentitud, rozando sus labios una última vez contra los míos antes de separarse. Sus ojos rojos ardían con una luz dangerously oscura y una sonrisa lobuna decoraba su rostro. Me acomodé el vestido de satén color esmeralda con una gracia insultante y miré de reojo a las mesas, regalándoles una última sonrisa de absoluta superioridad antes de dejar que el Duque me guiara hacia los jardines privados.
Una vez que los altos arbustos de rosales blancos nos ocultaron por completo de los murmuros histéricos del salón de té, solté el aire acumulado. Mi corazón latía a mil por hora contra mis costillas, no solo por la adrenalina de haber provocado un escándalo real, sino por la abrumadora cercanía de ese hombre.
Xilian detuvo su marcha cerca de una fuente de piedra y se giró hacia mí. Desabrochó el primer botón del cuello de su uniforme, mirándome con una fijeza que me erizó la piel.
—Tienes una forma muy particular de cobrar tus favores, Kaileris —comentó con su voz profunda, arrastrando las palabras con una mezcla de ironía y pura fascinación—. Acabas de consolidar nuestra alianza de la forma más escandalosa posible. Mañana toda la capital solo hablará de cómo pervertiste la etiqueta frente a la Emperatriz.
—Oh, por favor. La Emperatriz viuda estaba aburrida, Xilian. Le acabo de regalar el mejor chisme de la década —respondí, desplegando mi abanico de plumas negras con un golpe seco para disimular el calor en mis mejillas—. Además, usted no se quejó en absoluto del método de pago.
—No me quejo de los buenos negocios —Xilian dio un paso al frente, atrapando mi barbilla entre sus dedos grandes y cálidos, obligándome a mirarlo hacia arriba—. Pero ten cuidado. El jugar con fuego puede terminar en cenizas.
Antes de que pudiera responderle con alguna de mis réplicas ingeniosas, el sonido de unos pasos apresurados sobre la grava interrumpió el momento. Un oficial de la guardia ducal, asignado a la escolta de Xilian en el palacio, apareció doblando el pasillo de arbustos, luciendo agitado. Hizo una reverencia rápida.
—Excelencia, milady —habló el guardia, recuperando el aire—. Lamento interrumpir, pero ha llegado un mensajero urgente del Marqués de Enthal al carruaje ducal, estacionado en la entrada secundaria del palacio.
Xilian frunció el ceño, la diversión desapareciendo instantáneamente de sus facciones, reemplazada por la frialdad implacable del General.
—¿Qué dice el mensaje, Loqui?
—El Marqués exige una reunión inmediata con Lady Kaileris, Excelencia. Menciona una supuesta "ofensa grave" contra el honor de su familia y amenaza con impugnar el acuerdo matrimonial si no se le concede una audiencia en la residencia Carsont.
Un silencio helado cayó sobre el sendero. El Marqués de Enthal. Qué memoria tan corta tenía ese hombre. Convenientemente parecía haber olvidado que él mismo estuvo presente en su propio marquesado cuando el Duque fue en persona —justo después del desastre del festival y antes de que yo hablara con él para cambiar al prometido— a dictar las nuevas órdenes. El Duque se paró frente a él y a todos los que estaban allí para dejar claro, en su cara, que el compromiso se cambiaba y que yo me casaría con él. Ahora que me veía triunfar, venía a buscar dinero usando el pretexto de la ley.
*(En sus pensamientos: Vaya, la familia biológica al fin da señales de vida. Qué oportuno. Justo cuando pensaba que la tarde ya había alcanzado su nivel máximo de drama).*
—Parece que tu antiguo hogar quiere reclamar sus derechos de autor, Kaileris —comentó Xilian, observándome con fijeza, evaluando mi reacción—. ¿Quieres que mis soldados se encarguen de persuadir al Marqués de que regrese a sus tierras, o prefieres encargarte tú misma?
Cerré mi abanico con un chasquido seco que sonó como un disparo en el jardín. Mis ojos rojos brillaron con una luz calculadora y fría.
—Oh, por favor, Xilian. No le quites la diversión a la tarde —respondí, acomodándome las mangas del vestido—. Un padre amoroso que viene a reclamar un "honor" que usted mismo le pisoteó en su propia cara en el marquesado es un espectáculo que no me puedo perder. Regresemos al ducado. Es hora de enseñarle al Marqués Enthal lo que pasa cuando intentas extorsionar a la víbora equivocada.
El trayecto de regreso al Palacio Carsont en el carruaje fue inusualmente silencioso, pero no era un silencio incómodo. Xilian me observaba desde el asiento delantero con los brazos cruzados sobre el pecho, analizando cada uno de mis movimientos como si fuera un mapa estratégico militar. Yo simplemente miraba por la ventana, repasando las leyes de este Imperio que me había tocado memorizar tras despertar en este cuerpo.
Cuando las imponentes puertas de hierro de la residencia Carsont se abrieron, el ambiente ya se sentía denso. Biron nos esperaba en la escalinata principal con su rostro imperturbable de siempre, aunque un ligero brillo de preocupación en sus ojos delató la situación.
—Excelencia, Lady Kaileris —saludó Biron mientras bajábamos—. El Marqués de Enthal se encuentra en el salón de recibir del ala este. Ha rechazado el té y exige ver a su hija de inmediato. Ha traído consigo a dos notarios de la capital.
—¿Notarios? Vaya, realmente vino preparado para hacer negocios —me burlé con una risa suave, acomodándome el rubí en el cuello—. Déjalo pasar al gran salón, Biron. Xilian y yo lo recibiremos allí.
Caminamos por los pasillos de mármol del ducado. Xilian caminaba a mi lado, su capa militar ondeando ligeramente. Al llegar a las puertas dobles del gran salón, se detuvo y me miró.
—Las leyes imperiales le otorgan cierta autoridad sobre ti hasta que el contrato de matrimonio esté formalmente sellado ante el Emperador —advirtió Xilian con voz baja—. Si se pone problemático, un accidente en el carruaje de regreso a su marquesado puede arreglarse fácilmente.
—Agradezco el gesto criminal, Duque, pero la violencia física es demasiado simple para un hombre tan codicioso —respondí con una sonrisa gélida—. Deje que yo lleve la voz cantante. Si necesito que asuste a sus notarios, le haré una señal.
Las puertas se abrieron. El Marqués de Enthal ya se encontraba allí, impaciente, y a sus lados, dos hombres vestidos de negro con portafolios de cuero permanecían de pie.
En cuanto entramos, se levantó de golpe, su rostro reflejando una rabia mal contenida al verme caminar con tanta elegancia y portando las joyas de la casa Carsont.
—¡Kaileris! —bramó, dando un paso al frente—. ¿Cómo te atreves a deshonrar el nombre de nuestra familia de esta manera? ¡Sellar un compromiso definitivo a mis espaldas e instalarte en este palacio sin mi bendición legal! ¡Esto es una ofensa directa contra mi autoridad!
Me detuve a unos metros de él, manteniendo una postura impecable. No había rastro del miedo que la antigua Kaileris sentía por este hombre. Solo quedaba yo.
—¿A sus espaldas, Lord Enthal? —pregunté, arrastrando las palabras con una tranquilidad que pareció descolocarlo—. Me parece que su memoria está fallando de forma alarmante. Usted estuvo presente en su propio marquesado cuando el Duque Carsont fue en persona, justo después del problema del festival y antes de que yo misma hablara con él, a dictar las nuevas órdenes. Él se paró frente a usted y frente a todos los que estaban ahí para dejar claro que el compromiso se cambiaba y que yo me casaría con él. Usted no abrió la boca para oponerse entonces, ¿por qué viene a llorar por legalidades ahora?
—¡Silencio! —interrumpió el Marqués, golpeando el suelo con su bastón—. En ese momento fui coaccionado por la presencia militar del Duque. Pero la ley del Imperio es clara: cualquier acuerdo matrimonial definitivo de una hija soltera requiere la firma y bendición del patriarca, o de lo contrario el ducado Carsont puede ser demandado por manipulación de una noble de alto rango.
Miró a Xilian, intentando infundir un respeto que claramente no tenía la capacidad de sostener.
—Duque Carsont. Sé que aceptó este cambio en un arranque de conveniencia, pero exijo una compensación digna por otorgar mi firma legal para la mano de mi hija. Cien mil monedas de oro imperiales y la anulación de las deudas comerciales de mi marquesado con el norte. De lo contrario, estos notarios presentarán la impugnación ante el tribunal mañana mismo.
Un silencio pesado inundó el salón. Xilian no se movió, pero sus ojos rojos se entornaron, emitiendo una sed de sangre tan pura que los dos notarios dieron un paso atrás de inmediato, temblando bajo sus trajes negros.
Yo, en cambio, solté una carcajada limpia y sonora. Caminé hacia la mesa central del salón, apoyando mis manos en el borde de madera, idéntica a la posición que causó el caos en el palacio horas antes.
—Cien mil monedas de oro... Vaya, resulta que recuperé mi valor comercial en cuanto me colgué el apellido Carsont —dije, mirando a mi "padre" con absoluto desprecio—. Es una lástima, Lord Enthal. Porque sus notarios deberían haberle advertido un pequeño detalle de la jurisprudencia imperial antes de hacerlo venir a hacer el ridículo aquí.
Frunció el ceño, confundido.
—¿De qué estás hablando?
—Artículo 4, sección B del código de nobleza del Imperio —declaré, ladeando la cabeza con una sonrisa letal—. "Cualquier noble que expulse formalmente a un miembro de su línea directa de la propiedad familiar, retirándole el sustento y anunciando públicamente su desheredación, pierde de manera automática e irrevocable la patria potestad y los derechos de tutoría legal sobre el individuo".
Me acerqué a él, mis ojos fijos en los suyos.
—¿Olvida que me echó a la calle y le gritó a toda su corte que yo ya no era su hija, justo antes de que el Duque interviniera? Tengo las declaraciones firmadas de tres de sus propios sirvientes que certifican que fui expulsada por usted mismo. Legalmente, soy una noble emancipada por abandono. Su consentimiento no vale nada, porque usted no tiene ningún derecho sobre mí. No puede vender lo que usted mismo tiró a la basura.
Su rostro pasó del rojo al blanco pálido en un segundo. Miró a sus notarios aterrorizado, y al ver que ambos hombres bajaban la cabeza, confirmando mi argumento con un sutil asentimiento, el pánico se apoderó de él.
—Tú... maldita víbora desagradecida... —siseó, levantando la mano por puro instinto de ira contenido.
Antes de que su mano pudiera moverse un centirme, la figura imponente de Xilian se materializó entre nosotros. Su mano de hierro se cerró alrededor de la muñeca del Marqués con una fuerza que hizo que los huesos del hombre crujieran sutilmente. El General de Sangre lo miró desde su imponente altura, con una sonrisa fría que prometía una muerte lenta.
—Le sugiero que baje la mano, Marqués —murmuró Xilian, su voz resonando como el rugido de una tormenta—. Está en mi palacio, tocando a mi futura Duquesa. Ya fui a su territorio una vez a cambiar las reglas del juego; no me obligue a regresar para terminar el trabajo y borrar a la casa Enthal de los registros del Imperio antes del amanecer.
Xilian soltó la muñeca del hombre con desdén, haciendo que se tambaleara hacia atrás.
—Biron —llamé con voz clara hacia la puerta—. Acompaña a nuestros invitados a la salida. Y asegúrate de que limpien el salón tras su partida. No me gustaría que el olor a desesperación financiera arruine la decoración.
Sosteniéndose la muñeca adolorida y escoltado por sus notarios que casi corrían por los pasillos, abandonó el gran salón en un silencio humillante. La victoria era absoluta.
Cuando las puertas volvieron a cerrarse, me giré hacia Xilian, encontrándolo con los brazos cruzados y una expresión de profundo respeto en el rostro.
—Impresionante —admitió el Duque, dando un paso hacia mí—. Sabías perfectamente cómo destruir su jugada legal antes de salir del palacio.
—Se lo dije, General —respondí, abriendo mi abanico con elegancia y regalándole una sonrisa coqueta—. El jugar con fuego puede terminar en cenizas... y a mí me encanta ver el mundo arder.
la belleza cuesta y es doloroso /CoolGuy/