Esta historia comienza con Daniela y Marcos.
Según la gente, ellos son tío y sobrina. Así los llaman y así los ven desde siempre.
Por eso, cuando empiezan a surgir sentimientos entre ellos, todos creen que es un amor prohibido, porque piensan que Daniela y Marcos son familia y que no pueden estar juntos.
Pero la verdad es otra.
Marcos no es su tío. No existe ningún parentesco familiar entre ellos y no llevan la misma sangre. Él simplemente es amigo de la mamá de Daniela y, como se he criado a Daniela ella comenzo a llamarlo “tío”.
Pero para Daniela y Marcos, la verdad siempre fue diferente: él no es su tío, solo es el amigo de su mamá.
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Capítulo 12 — Disimula
Todavía estábamos jugando y riéndonos cuando, de repente, escuchamos que se abrió la puerta de la casa.
Los dos nos quedamos completamente quietos.
—¿Escuchaste? —preguntó Daniela.
—Sí.
Nos miramos.
—Mi mamá —dijo ella en voz bajita.
—¡Daniela, vístase rápido!
Yo apenas me había puesto un pantalón y una camisa. No había tenido tiempo de arreglarme bien porque estábamos hablando y jugando.
Daniela se levantó rápidamente.
—¿Y ahora qué hacemos?
—Nada. Tranquila.
—¿Cómo que tranquila? ¡Mi mamá no puede sospechar!
—Pues entonces actúe normal.
Ella empezó a arreglarse el cabello mientras yo buscaba mis zapatos.
—¿Ya está?
—Sí.
Antes de que saliera de mi habitación, la agarré suavemente de la mano.
—Espere.
Ella volteó.
—¿Qué?
—Frente a su mamá, disimule.
—Ya sé.
—Nada de miradas raras.
—Bueno.
—Y compórtese normal.
Daniela sonrió.
—Sí, señor.
—No se ría.
—Es que usted está muy nervioso.
—Pues claro que estoy nervioso.
Ella se acercó un poquito y me dijo en voz baja:
—Te amo.
Sonreí.
—Yo también te amo.
—Ahora sí.
Daniela salió primero de mi habitación.
Esperé unos segundos antes de salir yo.
Respiré profundo y bajé las escaleras tratando de actuar como si nada hubiera pasado.
Lisbeth estaba en la sala organizando unas cosas.
—Buenos días, ñaña.
Ella levantó la mirada.
—Buenos días, ñaño.
—¿Cómo amaneció?
—Bien. ¿Y usted?
—Bien también.
Intenté parecer tranquilo.
Unos segundos después escuchamos pasos en las escaleras.
Daniela bajó.
—Buenos días.
—Buenos días, mija —respondió Lisbeth.
Daniela se sentó en el sofá.
Yo fui hasta la cocina por un vaso de agua.
Lisbeth me miró.
—¿Y usted por qué está tan callado?
—¿Yo?
—Sí, usted.
—Nada, ñaña. Tengo sueño.
—¿Sueño?
—Sí.
Ella me observó con atención.
—Qué raro.
—¿Qué tiene de raro?
—Usted normalmente habla hasta por los codos.
Solté una pequeña risa.
—Pues hoy no.
Daniela estaba intentando no reírse desde el sofá.
La miré apenas un segundo.
Lisbeth lo notó.
—¿Y ustedes dos por qué están tan raros?
Daniela respondió rápidamente.
—¿Nosotros? Nada.
—Ajá.
Lisbeth cruzó los brazos.
—Desde hace días los veo como extraños.
—Es que estamos cansados —dijo Daniela.
—¿Cansados de qué?
—De estudiar.
Yo asentí.
—Sí, eso.
Lisbeth nos miró a los dos.
—Bueno...
Yo tomé agua intentando mantener la calma.
Daniela se levantó.
—Mamá, ¿quiere café?
—Sí, mija.
—Ya se lo hago.
Ella caminó hacia la cocina.
Yo aproveché para sentarme en la sala.
Lisbeth se acomodó frente a mí.
—Ñaño.
—¿Qué pasó?
—Usted sabe que puede contarme cualquier cosa, ¿cierto?
Sentí que el corazón me dio un golpe.
—Sí, ñaña.
—Entonces, si tiene algún problema, dígame.
—No tengo ningún problema.
Ella me quedó mirando unos segundos.
—Eso espero.
Sonreí.
—Todo bien.
Daniela regresó con el café y se lo entregó a su mamá.
—Tome.
—Gracias, mija.
Nos quedamos los tres en la sala.
Yo intentaba comportarme con normalidad, aunque por dentro solo podía pensar en lo que había pasado hacía unos minutos.
Daniela me miró de reojo.
Yo hice lo mismo.
Pero rápidamente apartamos la mirada.
Lisbeth no parecía sospechar nada.
Por ahora.
Y mientras ella tomaba tranquilamente su café, yo solo pensaba en una cosa:
teníamos que aprender a disimular muy bien.