Durante diecisiete años, Woo-jin ha vivido sin salir casi nunca de su propiedad, cumpliendo cada enseñanza y promesa que le dejó su padre antes de fallecer: cuida los huertos, prepara remedios con hierbas de la zona, mantiene las defensas y nunca revela que puede transformarse. Cree que el mundo sigue igual hasta que empieza a ver humo en el horizonte, encuentra animales muertos con marcas extrañas y descubre visitantes que no deberían estar ahí. Al abrir por fin la zona sellada del sótano, lee los informes completos: el virus de la Niebla Gris se extendió hace meses, la corporación Hanbiotech busca apoderarse de su investigación y él lleva todo este tiempo completamente aislado sin saberlo. Ahora deberá poner a prueba todo lo que aprendió, usar su secreto por primera vez y proteger su hogar con sus propias manos.
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Capítulo 20: Los que esperan bajo el hielo
El aire frío de la mañana alta les golpeó el rostro con la fuerza de un puño cerrado en cuanto cruzaron la boca de la cueva, llenándoles los pulmones de una pureza que no sentían desde hacía días. El sol comenzaba apenas a asomarse por detrás de las cumbres más altas, tiñendo la nieve virgen de tonos rosados, naranjas y violetas tan hermosos que dolía mirarlos, como si la naturaleza misma se empeñara en ser perfecta mientras el mundo entero se desmoronaba a sus pies. Woo-jin se detuvo un instante, apoyando una mano contra la pared fría de roca para recuperar el equilibrio, y apretó contra su pecho todos los objetos que ahora cargaba como si fueran su propia alma: la brújula de Kang Soo-jin, la pequeña bolsa con la mezcla para el fuego de Choi Dae-jung, los mapas de las cuevas de Lee Soo-ah y el dispositivo metálico que Ryu Tae-oh les había entregado segundos antes de cerrar la puerta de hierro y quedarse atrás para morir. Cada uno pesaba más que cualquier arma, cada uno era un trozo de vida que alguien más había dejado en sus manos para que no se perdiera del todo.
Ji-won caminaba a su lado, con la mirada fija en el horizonte, sin decir palabra. Ambos sabían que la explosión dentro de la mina les había dado apenas unas horas de ventaja, nada más. Tae-oh había sido muy claro: el Escuadrón Negro de Hanbiotech no se detendría ante derrumbes, ni ríos, ni montañas enteras. Eran la unidad más letal que la corporación había creado jamás, seres a medio camino entre el humano y la pesadilla, entrenados y modificados para rastrear, capturar o matar sin sentir piedad, dolor ni cansancio. Y llevaban consigo equipos capaces de seguir la huella genética de Woo-jin incluso a través de kilómetros de roca sólida. La cuenta regresiva había comenzado, y ya no había forma de detenerla.
Siguiendo las marcas del mapa de Soo-ah, caminaron durante horas bordeando los riscos hasta que por fin el terreno se abrió ante ellos en una vista que les dejó sin aliento: los lagos altos de la cordillera, cinco extensiones de agua helada rodeadas de picos nevados, un lugar tan apartado y hermoso que parecía ajeno a toda la maldad que los acechaba. El agua estaba cubierta por una capa de hielo transparente y gruesa, tan lisa como un espejo, bajo la cual se alcanzaban a ver las profundidades oscuras y silenciosas. Pero en cuanto pusieron un pie sobre la orilla, el dispositivo de Tae-oh empezó a vibrar suavemente en la mano de Woo-jin, encendiendo una luz azul intermitente.
—Eso significa que hay otras personas cerca —explicó Ji-won acercándose para mirar la pequeña pantalla—. No son infectados, ni tampoco la corporación. Son seres humanos vivos, con signos vitales normales.
No tuvieron que buscar mucho. Entre un grupo de grandes rocas que protegían del viento, encontraron un campamento pequeño pero perfectamente organizado, hecho con lonas impermeables y ramas de pino, con señales de humo disimuladas y trampas de alerta escondidas por todo el perímetro. Quienes vivían allí sabían perfectamente cómo sobrevivir. Una mujer de unos cuarenta años, con el cabello recogido en una trenza gruesa y las manos curtidas por el frío y el trabajo, salió a recibirlos sosteniendo una lanza de madera con punta de hueso, sin hacer el menor movimiento amenazante pero tampoco bajando la guardia.
—Si han venido hasta aquí sin caer en ninguna de mis trampas, es porque alguien bueno les ha enseñado el camino —dijo con voz firme pero amable—. Soy Kim Hae-won. He vivido en estos lagos toda mi vida. Si no traen la enfermedad con ustedes, tienen un lugar para descansar mientras el sol esté alto.
Allí vivían tres personas más: su hijo Lee Joon-ho, un muchacho de diecisiete años de mirada inteligente y manos hábiles que había logrado reparar varios aparatos electrónicos con piezas de vehículos abandonados; y la abuela Seo, una mujer de casi ochenta años, completamente ciega, que se movía por el campamento con una seguridad asombrosa y decía tener un oído tan fino que podía escuchar el viento hablar a través de la roca. Cuando Joon-ho vio el dispositivo de Tae-oh en manos de Woo-jin, sus ojos se iluminaron de inmediato: lo tomó con suma delicadeza, lo conectó a un pequeño generador que él mismo había construido y en pocos minutos logró descifrar gran parte de su contenido.
—Esto es oro puro —les dijo con la voz temblando de emoción—. Tiene todos los planos de las instalaciones de Hanbiotech en la región, las rutas de sus patrullas, los códigos de sus sistemas de comunicación… y también esto. —Señaló una línea roja que se movía lentamente por la pantalla—. Esta es la posición del Escuadrón Negro. A esta velocidad, estarán sobre nosotros en menos de veinticuatro horas. No hay forma de esconderse de sus sensores. Ningún lugar de estas montañas será lo bastante seguro.
Mientras tanto, la abuela Seo se había acercado despacio hasta Woo-jin, extendiendo una mano arrugada y temblorosa hasta rozarle el rostro. Lo recorrió despacio, desde la frente hasta la barbilla, y asintió varias veces, como si estuviera leyendo algo que nadie más podía ver.
—Llevas muchas vidas encima de la tuya, muchacho —le dijo con una voz suave como el hollín—. Mucha gente buena ha dado lo mejor de sí para que sigas caminando. No dejes que todo eso haya sido en vano. Pero ten cuidado con este lugar. El hielo parece tranquilo, pero debajo de él hay cosas que no deberían estar vivas. Las escucho por las noches, golpeando desde abajo, esperando que alguien pise donde no debe.
Esa tarde, mientras Ji-won ayudaba a Hae-won a reforzar las defensas del campamento y Joon-ho seguía extrayendo datos del dispositivo, Woo-jin se sentó junto a la orilla del lago mayor, mirando el hielo transparente bajo sus pies. La abuela tenía razón: de vez en cuando, juraba ver una sombra oscura que se movía muy abajo, demasiado rápida para ser un pez, demasiado grande para ser cualquier animal normal. Recordó entonces lo que Tae-oh les había contado en la mina: el virus no solo transformaba a las personas en tierra firme. Cualquier ser vivo que entrara en contacto con él, en cualquier entorno, podía cambiar en algo nuevo y terrible.
Hae-won se sentó a su lado y le confirmó sus temores con una mirada triste.
—Los llamamos los Ahogados de Hielo —le explicó en voz muy baja—. Eran pescadores, viajeros, familias enteras que cayeron en las aguas contaminadas cuando la niebla llegó hasta aquí hace meses. En lugar de morir ahogados, el virus los cambió allí abajo, en la oscuridad y el frío. Ahora pueden resistir temperaturas que matarían a cualquier persona en minutos, se mueven sin hacer ruido bajo el agua y pueden romper el hielo más grueso con un solo golpe de sus manos. Esperan durante días, incluso semanas, hasta que alguien camina por encima de ellos. Entonces salen de golpe, arrastran hacia abajo y nunca se vuelve a saber nada de nadie.
Antes de que Woo-jin pudiera responder, la abuela Seo soltó un grito agudo desde el centro del campamento, alzando ambas manos hacia el cielo.
—¡Bajo el hielo! ¡Vienen por todos lados! ¡Cientos de ellos!
No hubo tiempo de reaccionar. En toda la extensión del lago, el hielo comenzó a agrietarse con un estruendo ensordecedor, como si miles de puños lo golpearan desde abajo al mismo tiempo. Por cada grieta salía un brazo pálido, congelado, con las uñas convertidas en garras negras y afiladas, seguido de rostros deformados por el agua y el frío, con los ojos completamente blancos y la boca abierta en un grito silencioso. Eran los Ahogados, y habían salido todos a la vez.
La pelea fue terrible y caótica. Woo-jin tensó su arco y disparó una flecha tras otra, apuntando siempre al único punto que sabía que podía detenerlos, pero eran demasiados y salían por todas partes. Ji-won luchaba con la espada corta del padre de Woo-jin, cubriendo la espalda de Hae-won mientras ella usaba su lanza para rechazar a cualquiera que se acercara al campamento. Joon-ho había agarrado el dispositivo y lo protegía entre sus brazos, sabiendo que sin esa información todo habría sido inútil. La abuela Seo, a pesar de su ceguera, se movía con una precisión aterradora: golpeaba con su bastón justo donde un brazo iba a romper el hielo un segundo antes de que lo hiciera, guiada solo por su oído prodigioso.
Pero la suerte no duró mucho. Un grupo de Ahogados logró romper el hielo justo debajo de donde estaba la anciana. Woo-jin corrió hacia ella a toda velocidad, pero llegó demasiado tarde: la vieja sonrió una última vez hacia donde suponía que estaba él, le gritó *“¡Sigue caminando, muchacho!”* y se dejó arrastrar hacia las aguas negras sin soltar ni un solo grito de dolor. Minutos después, mientras intentaban llegar a tierra firme, Hae-won empujó a Ji-won fuera del alcance de unas garras que salían de una grieta, recibiendo ella misma el golpe en el pecho. Cayó de espaldas sobre el hielo, mirando a su hijo por última vez.
—Cuida de ti mismo, mi vida —le susurró con la voz rota por la sangre—. Haz que todo esto valga la pena.
Joon-ho gritó el nombre de su madre, pero no tuvo tiempo ni de llorar: en ese preciso instante, el dispositivo de Tae-oh empezó a pitar con una fuerza desgarradora, una luz roja intermitente que iluminó toda la orilla del lago. La expresión del muchacho cambió por completo, pasando del dolor al terror absoluto.
—Ya están aquí —dijo apenas audible—. El Escuadrón Negro. Están a menos de quinientos metros.
Desde la ladera de la montaña opuesta bajaban seis figuras vestidas completamente de negro, con armaduras ligeras y cascos que ocultaban sus rostros. No corrían, no gritaban, no hacían el menor ruido: avanzaban con una regularidad inhumana, saltando por encima de rocas y desniveles como si la gravedad no existiera para ellos. Detrás de ellos, la Niebla Gris empezaba a subir lentamente por el valle, como si la propia corporación la trajera consigo para limpiar cualquier rastro de lo que hicieran.
—No podemos ganarles —dijo Joon-ho, metiendo el dispositivo y una memoria pequeña con toda la información descargada dentro del bolsillo interior de la chaqueta de Woo-jin, con una rapidez de manos que no le dio tiempo a reaccionar—. Son demasiado fuertes, demasiado rápidos, no sienten nada. Tú tienes que irte. Tú eres el único por el que vale la pena que todo esto no se haya perdido.
—No te voy a dejar aquí solo —le respondió Woo-jin agarrándolo del brazo, con los ojos llenos de lágrimas que no podía contener—. ¡Vámonos los tres juntos!
—No hay tiempo —sonrió el muchacho con una tristeza mucho más grande que sus diecisiete años—. Si nos vamos todos juntos, nos alcanzan en diez minutos. Alguien tiene que quedarse y entretenerlos el tiempo suficiente para que ustedes lleguen al Paso del Viento Cortante. Es el único lugar donde sus sensores no funcionan bien por tanta electricidad en el aire.
Antes de que Woo-jin pudiera decir nada más, Joon-ho lo empujó con todas sus fuerzas hacia donde estaba Ji-won, agarró dos antorchas encendidas con la mezcla de Dae-jung que Woo-jin mismo había enseñado a preparar esa misma tarde, y salió corriendo hacia el centro del lago todavía roto, gritando y golpeando los barriles de gasolina que habían guardado para el invierno.
—¡VAYANSE DE UNA VEZ! —les gritó por encima del hombro, mientras los seis soldados negros cambiaban de dirección y salían tras él a toda velocidad—. ¡NO ME HAGAN HABER SOBREVIVIDO A MI FAMILIA PARA NADA!
Woo-jin y Ji-won tuvieron que correr, no mirar atrás, obligados por el dolor y la responsabilidad que llevaban encima. Escucharon las explosiones una tras otra, el fuego creciente, y luego el silencio absoluto que cayó sobre los lagos altos. Cuando por fin se detuvieron, jadeando, en la entrada del paso que Joon-ho les había indicado, Woo-jin sacó del bolsillo la pequeña memoria que el muchacho le había escondido, la apretó con fuerza hasta que le dolieron los dedos y dejó caer por fin las lágrimas que había estado aguantando durante todo el día.
Otro grupo entero de personas buenas, otra familia, otro muchacho con toda una vida por delante, se habían quedado atrás solo para que él pudiera seguir dando un paso más. Ya eran demasiados. Demasiados nombres, demasiadas voces, demasiados sacrificios que cargar sobre sus hombros. Miró a Ji-won, que también tenía el rostro húmedo y la mirada rota, y supo entonces lo que ambos estaban pensando sin necesidad de decírselo: de todos los que habían conocido desde que salieron de la cabaña, solo quedaban ellos dos. Y la peor batalla de todas aún estaba por llegar.
El viento del paso aullaba entre las rocas con un sonido que parecía un llanto largo y desgarrador, llevándose consigo el olor a fuego, a hielo y a muerte que venía de los lagos. Quedaban menos de veinticuatro horas. Quedaban cinco capítulos para el final de la temporada. Y lo único que tenían claro era que, cuando todo terminara, muy probablemente ninguno de los dos estaría allí para verlo.
¡Quiero más capitulos!. 🥰