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Cuando Todo Parecía Perdido

Cuando Todo Parecía Perdido

Status: Terminada
Genre:Autosuperación / Completas
Popularitas:273
Nilai: 5
nombre de autor: Eliany Justo

Sinopsis

Sofía tiene dieciocho años y una beca universitaria que promete cambiarlo todo. Pero nadie le advirtió que el primer día de clases iba a descubrir algo peor que la pobreza: la invisibilidad.
Sofia no es la chica que solo soñaba, ahora es la chica que camina cuarenta minutos con un teléfono que se apaga a media clase que toma apuntes en hojas y llega tarde a su clase porque sale todos los días a vender tortas con su mamá ya muy tarde
Un día su teléfono dejó de funcionar se apaga en medio de un examen virtual que vale el treinta por ciento de la nota, Sofia corre por las calles buscando un enchufe, una sombra, un milagro de dos minutos, no lo encuentra pierde el examen, llora en una esquina y por primera vez se pregunta si su sueño realmente vale el precio de su dignidad.

NovelToon tiene autorización de Eliany Justo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El primer libro que compre Cap 10

Después del examen, algo cambió en mí. No era solo la confianza. Era la certeza de que estaba exactamente donde debía estar. La universidad ya no me asustaba. El sol seguía quemando, los colectivos seguían llenos, la computadora seguía rugiendo, pero yo ya no era la misma chica que había llorado en el cordón de la vereda con un teléfono muerto en la mano.

Había algo más. Una especie de orgullo tranquilo.

Ese orgullo me llevó a tomar una decisión que semanas antes me habría parecido un lujo imposible: comprar un libro. No una fotocopia. No un PDF leído en la pantalla parpadeante. Un libro de verdad, con tapas, con páginas que huelen a papel nuevo.

El problema era el precio. En la librería del campus, el ejemplar de Cien años de soledad que necesitaba para la siguiente unidad costaba el equivalente a quince días de tortas. Quince días enteros vendiendo en la parada del colectivo, bajo el sol o bajo la lluvia, para tener un libro que mis compañeros compraban como quien compra un café.

Pero yo ya había aprendido algo: la necesidad agudiza el ingenio.

Un jueves, después de la clase de teoría literaria, me acerqué al profesor de barba canosa. Se llamaba Ricardo. Nunca me había dado ninguna facilidad, pero tampoco me había mirado con lástima. Eso lo respetaba.

—Profesor —dije—, ¿sabe si alguien vende usado el libro de García Márquez?

Me miró con sus lentes de marco grueso. Hubo un silencio largo.

—¿No puedes comprarlo nuevo?

—No —respondí, sin vergüenza—. Vendo tortas con mi madre. La plata va primero para el pasaje.

Él asintió muy despacio. No dijo "pobrecita". No dijo "qué admirable". Solo dijo:

—Espérame aquí.

Salió del aula y volvió a los cinco minutos con un libro en la mano. No era nuevo. Las tapas estaban gastadas, el lomo tenía marcas de lectura, algunas páginas subrayadas a lápiz.

—Es mío —dijo—. Me lo prestaron cuando era estudiante. Nunca lo devolví. Ahora te lo presto a ti. No necesitas comprarlo. Solo necesitas leerlo.

Quise decirle que no podía aceptar. Que no me gustaba deber favores. Que prefería comprarlo con mis tortas aunque tardara un mes. Pero él ya me lo había puesto en las manos.

—Devuélvemelo cuando termines el cuatrimestre. Y si puedes, súbrayalo. Los subrayados de otro lector también son parte del libro.

Esa noche, en mi casa, abrí Cien años de soledad por primera vez. La computadora rugía a mi lado. El módem USB estaba desconectado porque no necesitaba internet. Solo necesitaba el libro y mis ojos.

Leí el primer capítulo sin parar. Las palabras de Macondo, de José Arcadio Buendía, de los hielos que nunca había visto pero que imaginé con claridad. Mi madre entró a la cocina a preparar la masa para las tortas del día siguiente y me vio con el libro abierto sobre la mesa.

—¿Eso es nuevo? —preguntó.

—No. Es prestado.

—¿Te lo dio un profesor?

—Sí.

—¿Gratis?

—Sí, mamá. Gratis.

Ella sonrió y volvió a amasar. No dijo nada más. Pero esa noche, cuando se fue a dormir, me dejó un vaso de leche caliente al lado del libro.

Semanas después, devolví el libro al profesor Ricardo. Estaba más subrayado que cuando me lo dio. Había agregado mis propias notas al margen, con lapicera azul, algunas con signos de exclamación, otras con pequeños dibujos de soles.

El profesor hojeó el libro. Vio mis subrayados. Y por primera vez, sonrió.

—¿Ves? —dijo—. El libro ahora es otro. Tiene dos lectores.

Ese día entendí algo que ninguna beca ni ninguna computadora podían enseñarme: la universidad no era solo un lugar para recibir conocimiento. Era un lugar donde el conocimiento se regalaba, se prestaba, se compartía. Y donde un libro usado, subrayado por un profesor de barba canosa, podía valer más que cualquier ejemplar nuevo de la librería.

Salí del campus con el sol en la cara. No llevaba un libro comprado con mis tortas. Llevaba algo mejor: la certeza de que había personas dispuestas a ayudarme sin que yo tuviera que vender nada a cambio.

Esa noche, le conté a mi madre que no necesitaba comprar el libro. Ella me miró raro.

—¿Y eso?

—Porque hay gente buena, mamá. Gente que también cree en mí.

Ella asintió y siguió amasando. El olor a vainilla llenaba la casa. Afuera, el barrio dormía. Y yo supe que estaba construyendo algo más grande que una carrera universitaria. Estaba construyendo una red de afectos que no pesaban en la mochila pero que sostenían el alma.

 

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