La vida de Elena terminó de forma repentina y prematura mientras leía su novela favorita, una historia llena de pasión, intrigas y paisajes exóticos ambientada en el reino desértico de Al-Jazair. Pero la muerte no fue el final: al despertar, descubre con horror e incredulidad que ha renacido dentro de esa misma historia… encarnando al personaje más desafortunado y condenado de todos: la esposa política del temido príncipe Zayn Al-Khalid.
Conocido en todo el mundo como "El Villano del Desierto", Zayn es un hombre de belleza imponente y naturaleza despiadada. Rico, poderoso y peligroso, gobierna con mano de hierro y vive marcado por la oscuridad y la soledad. En la trama original, la esposa que Elena ahora habita fue una mujer arrogante, orgullosa y llena de rencor, que despreció a su esposo y a sus costumbres, y que cometió el error fatal de interponerse en el camino de la verdadera protagonista: la mujer destinada a llegar al palacio para cambiar el corazón del villano.
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Capítulo 23: El encuentro cara a cara: Ante el Príncipe Zayn.
El interior de la Torre Central era muy diferente a cualquier otra parte del palacio. Si el resto de las estancias estaban llenas de luz, colores, adornos y movimiento, aquí reinaba una sobriedad majestuosa, un silencio profundo y una atmósfera cargada de poder. Los pasillos eran amplios, altos, con paredes de piedra oscura pulida, iluminados solo por antorchas de fuego lento que proyectaban sombras danzantes y doradas. El aire olía a madera de sándalo, a incienso y a algo más difícil de definir: olía a autoridad, a soledad y a fuerza.
Caminé detrás de Ibrahim, con paso seguro pero el corazón latiendo con una intensidad que casi podía escucharse. Cada escalón que subía me acercaba más al centro de todo, al hombre que era el dueño absoluto de este reino y, por lo tanto, de mi propia vida. Había imaginado este momento mil veces, había estudiado cómo actuar, qué decir, cómo mirar… pero ahora que estaba aquí, al borde del abismo y de la gloria, comprendí que nada podría prepararme realmente para estar frente a él.
Nos detuvimos ante unas puertas inmensas, hechas de madera negra reforzada con hierro labrado, sin adornos innecesarios, imponentes y cerradas al mundo. Ibrahim se volvió hacia mí, su rostro serio e impasible, pero sus ojos oscuros me transmitieron una última advertencia silenciosa.
—Es aquí, Alteza. Entrad sola. Su Alteza os espera. Recordad: pocas palabras, voz baja, mirada baja y verdad en todo lo que digáis. Nada escapa a su atención.
Asentí lentamente, tomé una bocanada de aire profunda para calmar cualquier resto de nervios y enderecé mi postura, ajustando mentalmente mi máscara de serenidad y dignidad. Ibrahim empujó las pesadas hojas de madera, se hizo a un lado e hice mi entrada.
Al cruzar el umbral, las puertas se cerraron tras de mí con un golpe sordo y definitivo, dejándome completamente sola en la inmensa habitación.
El salón era enorme, de techos altísimos que se perdían en la penumbra. Había estanterías llenas de libros y pergaminos antiguos, mapas grandes extendidos sobre mesas de trabajo, armas antiguas colgadas en las paredes y alfombras de tejido exquisito que cubrían el suelo de piedra. Pero mis ojos no se detuvieron en nada de eso. Mi mirada fue directamente hacia la figura que estaba de pie junto a un gran ventanal arqueado, mirando hacia la ciudad dormida y el desierto infinito que se extendía más allá.
Allí estaba él.
El Príncipe Zayn Al-Khalid. Mi esposo. El hombre al que todos temían. El protagonista de la historia que yo conocía, y la realidad que ahora tenía frente a mí.
Era más alto de lo que había imaginado, imponente, inmóvil como una estatua tallada en piedra oscura. Vestía una túnica de color negro absoluto, de tela ligera pero rica, con bordados discretos de hilos de oro que brillaban apenas con la luz de las lámparas de aceite. Su cabello era oscuro, largo y ligeramente ondulado, recogido hacia atrás con sencillez, y sus hombros eran anchos, denotando fuerza física y presencia.
Se giró muy despacio al escuchar el sonido de las puertas al cerrarse. Y cuando su mirada cayó sobre mí, sentí como si el aire me faltara por un segundo.
Tenía el rostro que tantas veces había imaginado: rasgos perfectos, marcados, de una belleza impactante, casi dolorosa, pero endurecida por la experiencia, el poder y la soledad. Piel aceitunada, nariz recta, labios firmes y cerrados en una línea severa. Pero lo que me dejó sin aliento fueron sus ojos. Eran grandes, de un color ámbar profundo, dorado y oscuro a la vez, ojos de león, ojos que habían visto guerras, traiciones y muerte, ojos que parecían capaces de ver directamente dentro de tu alma y juzgarte en un solo instante.
Esos ojos me miraron fijamente, recorriéndome de arriba abajo, lenta, fría y minuciosamente. No había afecto en ellos, ni curiosidad amable. Había evaluación, análisis y una dureza absoluta. Él estaba buscando errores. Estaba buscando a la mujer orgullosa, estúpida y problemática que le habían descrito desde el día de nuestra boda. Estaba buscando la mentira.
Recordé en ese instante todo lo que había aprendido. No bajar la cabeza por miedo, sino por respeto. Mantener la espalda recta, digna. Mirar con suavidad, bajando ligeramente los párpados, sin retar, sin huir. Y sobre todo… estar en paz.
Di un paso al frente, me detuve a una distancia prudente y adecuada, y me incliné profundamente, doblando la cintura y bajando la cabeza, en la reverencia más completa y respetuosa que se podía ofrecer a un gobernante. Permanecí en esa posición unos segundos, en silencio, demostrando con mi cuerpo lo que mis palabras siempre decían: respeto y sumisión a su autoridad.
—Alteza —dije con voz clara, suave y perfectamente controlada, ni muy alta ni muy baja, con la entonación adecuada—. Doy gracias al cielo y a vos por permitirme estar hoy ante vuestra presencia. Es el mayor honor de mi vida poder estar aquí, ante vos, mi señor y mi esposo.
Me enderecé lentamente, manteniendo la mirada baja, tal como correspondía, esperando su palabra, su orden, su juicio.
Hubo un silencio largo, pesado, absoluto. Zayn no hablaba. Solo me miraba. Podía sentir su inteligencia trabajando, comparando lo que veía ahora con lo que él recordaba, comparándome con todos los rumores que le habían llegado estos días. El ambiente estaba tan tenso que parecía que podía cortarse con un cuchillo.
Finalmente, su voz sonó. Era grave, profunda, rasposa y hermosa a la vez. Una voz que debía hacer temblar a los hombres en el campo de batalla, una voz que no admitía réplica ni dudas.
—Acercaos. Dejad que os vea bien.
Obedecí al instante, dando unos pasos cortos y elegantes hacia él, deteniéndome cuando él hizo un leve gesto con la mano. Ahora estaba más cerca. Podía ver cada detalle de su rostro, la cicatriz fina que le cruzaba levemente la ceja derecha, la expresión inescrutable de su boca, la intensidad hipnótica de esos ojos ámbar.
—Os han contado muchas cosas, Elena —dijo él, caminando lentamente a mi alrededor, observándome como si fuera una pieza que no termina de encajar en su rompecabezas—. Me han dicho que habéis cambiado. Que ya no gritáis, ni os quejáis, ni miráis a nadie por encima del hombro. Me han dicho que vestís como una mujer de esta tierra, que habláis nuestra lengua con respeto, que estudiáis nuestras leyes, que saludáis a los sirvientes, que dais limosna a los pobres y que habláis de mí con una admiración y lealtad que nadie esperaba.
Se detuvo frente a mí, muy cerca, y bajó la cabeza para buscar mis ojos. Su presencia era abrumadora, magnética, peligrosa.
m8jiiita bien decía mi abuela "Piensa mal y acertarás "
no sé aquí yo imaginando cosas🤔🫣😬
-la chica que REENCARNÓ se llama ELENA
y reencarna en el cuerpo de la esposa política del príncipe que se llama igual... "LADY ELENA"🤔🤔🙄
como así? AUTORA le nombraste igual para que no nos volvamos un masaclote?
o cómo fué la cosa ??