Cuando la mafia y el amor se cruzan...
NovelToon tiene autorización de Solecito87 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
La historia que nunca se contó
Subió por la escalera con las piernas temblorosas, con la mente hecha cenizas.
Una vez en su habitación, se arrojó sobre la cama. El techo blanco la miraba con la misma indiferencia de siempre. Afuera, la noche era cerrada, húmeda, casi sofocante. El silencio dolía.
Isabella se revolvió entre las sábanas. Daba vueltas. Cerraba los ojos. Los abría. Se tapaba. Se destapaba. Pero el sueño no llegaba.
Las palabras se le repetían en la cabeza como un eco molesto. “Compatibilidad genética… 99.9%...”
“El pasado de tu madre…”
“Tu parecido es más que físico…”
Algo en su interior sabía que la verdad estaba cerca. Demasiado cerca. Pero todavía cubierta por un velo grueso. Y así, entre pensamientos atropellados y respiraciones entrecortadas, llegó el amanecer.
El día fue eterno.
Comió sin ganas. Habló poco. Se cruzó con Luca en un pasillo, pero él solo le sostuvo la mirada un segundo, como si supiera que había cosas que no se podían decir con palabras.
Durante la tarde, la casa volvió a su ritmo habitual: gente que iba y venía, puertas que se cerraban, pasos pesados por los corredores, órdenes a media voz.
Pero ella… estaba en otro lugar.
Su cuerpo estaba allí, pero su mente tejía planes. Y su corazón, aunque herido, ardía por saber más.
Calló la tan esperada noche, la mansión estaba en silencio cuando Isabella salió sigilosamente de su habitación. Sabía que el ala este estaba restringida, pero algo la guiaba, como un presentimiento.
La biblioteca de Vittorio era inmensa, antigua, cubierta de estanterías que tocaban el techo. El aroma a cuero envejecido y papel amarillento la envolvió, junto con algo más: una energía pesada, densa, casi como si ese lugar respirara secretos.
No tenía permiso para estar allí. Pero no lo necesitaba.
Después de todo lo vivido, de las mentiras, de la tensión que sentía día tras día, Isabella ya no tenía miedo del castigo. Solo quería saber la verdad.
Y si no se la daban, la iba a arrancar por su cuenta.
Caminó en puntas de pie por entre las estanterías. El escritorio de roble macizo estaba cubierto de papeles, pero lo que le llamó la atención fue un cajón apenas entreabierto.
Dentro, sobres antiguos, cartas dobladas, fotografías viejas…
Y un cuaderno de tapas negras, gastadas, atado con una cinta de cuero.
No tenía nombre. No tenía título.
Lo abrió con las manos temblorosas. “23 de febrero. Aún sueño con su voz.”
Las letras eran apretadas, profundas, llenas de carga emocional. No era una novela. Era un diario. Y era personal. Siguió leyendo, sin poder evitarlo.
“Ella me vio sin miedo. Me salvó antes de que supiera que estaba roto.”
“No quiso más esta vida. Yo se la ofrecí toda. Pero lo mío era oscuridad, y ella merecía sol.” “A veces creo que la veo en los ojos de la chica. ¿Será posible?”
—¿La chica? —susurró, inquieta.
—¿Qué estás haciendo?
La voz fue un trueno a su espalda.
Isabella dio un salto. El diario cayó de sus manos.
Vittorio estaba en la puerta. Y no era el hombre amable que a veces dejaba ver. Era un huracán.
—¡No podés tocar eso! —rugió con una furia jamás vista. Isabella retrocedió, asustada.
—Yo… solo quería saber por qué…
—¡No tenías derecho! —dio dos pasos hacia ella, los ojos encendidos—. ¡Eso no es tuyo! Isabella se cubrió instintivamente, esperando un golpe que no llegó.
Vittorio se detuvo al verla temblar. Y algo en él… se rompió.
—No… no. —Su voz bajó, como si se quebrara también por dentro—. Perdón, Isabella. No quise asustarte. Dios… lo siento. Se arrodilló, recogió el cuaderno con cuidado. Lo sostuvo contra el pecho, como si le doliera.
—No te vayas, por favor. Quedate. Dejá que te cuente por qué todo esto importa.
Isabella dudó. Pero se quedó. Quizás necesitaba entender. O tal vez… ya no tenía fuerzas para huir. Vittorio caminó hasta una butaca y se dejó caer.
Y por primera vez… se lo vio viejo. Cansado. Humano.
—Tenía diecisiete cuando me mandaron a Rocaverde. Mi padre era Don Romano… capo de una de las familias más temidas de Sicilia.
Yo era un rebelde. No seguía reglas. Mi padre me echó para salvar el honor familiar.
—Viví en la calle al principio. Robaba. Me escondía. Hasta que la conocí a ella… Elvira.
Trabajaba en una cafetería, vivía con su abuela. Me ofreció sopa caliente y me dejó quedarme en su sofá. Me enseñó inglés. Me trató como si no fuera basura. Me enseñó a amar.
—¿Qué pasó? —preguntó Isabella, casi sin aliento.
—Estuvimos juntos cuatro años. Yo cambié… pero no del todo. Empecé a hacer trabajos para ganarme la vida. Lo ocultaba. Ella no sospechaba al principio… pero después empezó a notar cosas.
Suspiró.
—Una noche me siguió. Me vio golpear brutalmente a un traidor. Me vio transformado en lo que más temía. No gritó. No hizo un escándalo. Solo me abrazó.
Y al otro día… se fue. Desapareció.
Isabella tragó saliva, el estómago encogido.
—¿Y nunca supiste que…? Vittorio la miró, directo a los ojos.
—No. No supe que estaba embarazada. No lo supe hasta hace poco.
Sacó un sobre de su bolsillo y lo abrió. Un documento. Oficial. Irrefutable.
—Porque vos, Isabella… sos mi hija. El mundo se detuvo.
—No… no puede ser…
—Tu madre quiso protegerte de este mundo. La entiendo. Pero cuando te vi… supe que tenías algo de ella. Tenía que saberlo. Y lo confirmé.
Le tendió el documento. Compatibilidad genética: 99.9%.
—No… —susurró Isabella, con las lágrimas nublándole la vista—. Mamá nunca me habló de mi padre. Solo decía que fue alguien que amó, pero que no estaba más.
Que no era bueno recordarlo…
—Tenés todo el derecho de odiarme. Pero también merecés saber quién sos. Isabella dio un paso atrás.
—¡No! ¡Vos mataste a Thiago! ¡Me secuestraste! ¡Esto no me convierte en tu hija! El dolor brotó. Gritó. Lloró. Y salió corriendo.
—¡Isabella! —la llamó Vittorio.
Pero ella no se detuvo.
Corrió por los pasillos, ciega, ahogada, quebrada.
No sabía adónde ir.
Solo sabía que tenía que huir.
Huir de él. De la verdad. De sí misma. Vittorio no la siguió.
No esa noche.
La dejó llorar.
Pero no la dejó libre.