Tres mujeres saltan por el tiempo transformando su dolor en poder. Sus vidas se cruzan sin saberlo. El pasado nunca fue tan presente.
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Capítulo 8: El rostro en las llamas
La decisión estaba tomada, pero ninguna de las tres sabía cómo ejecutarla. Enfrentar a una entidad capaz de manipular el tiempo desde dentro de sus propias grietas sonaba a suicidio. Valentina lo sabía. La piloto lo sabía. Clara enfermera también.
—Necesitamos un plan —dijo la piloto, aunque su voz sonaba más insegura que nunca—. No podemos saltar al 87 sin saber qué vamos a hacer cuando lleguemos.
—El plan es no saltar al 87 —respondió Valentina, que seguía temblando después de su experiencia en el entre—. Nora dijo que la mujer de negro nos espera ahí. Así que no vayamos.
—Pero el incendio es el origen —insistió Clara enfermera—. Si no vamos, la grieta se agranda igual.
—Entonces vayamos a otro momento. A uno que no espere.
La piloto frunció el ceño. Caminó hasta el mapa dibujado en el piso y lo estudió con atención. Los nombres seguían ahí, incluyendo el de Nora y el ojo que había sonreído minutos antes. Pero ahora el ojo estaba cerrado. Como si estuviera durmiendo. O esperando.
—Si la mujer de negro puede manipular el mapa —dijo la piloto lentamente—, entonces todo lo que vemos acá puede ser una mentira. Las fechas, los nombres, incluso el origen del incendio. Tal vez el 87 es una trampa porque no es el origen. Tal vez el origen es otro.
—¿Cómo averiguamos cuál? —preguntó Valentina.
La piloto levantó el espejo roto. Lo miró, pero no para ver a través de él. Lo miró como si estuviera buscando algo en su propio reflejo.
—Hay una manera —dijo—. Pero es peligrosa. Más que el entre. Más que saltar al 87.
—Dila igual —dijo Clara enfermera.
—Podemos usar el espejo para ver el momento exacto en que la primera grieta se abrió. No para viajar ahí, sólo para mirar. Como si fuera una ventana. Pero para eso, alguien tiene que sostener el espejo mientras las otras dos se concentran en el mismo recuerdo. El recuerdo más antiguo que tengamos de una grieta.
Silencio. Las tres sabían lo que eso significaba: revivir el trauma que las había convertido en viajeras. Para Clara enfermera, el incendio. Para la piloto, el bombardeo de Londres. Para Valentina, la muerte de su abuela.
—Yo lo hago —dijo Valentina antes de que las otras pudieran hablar—. Mi grieta es la más reciente. La que menos duele. —Mintió, y todas lo sabían, pero ninguna la contradijo.
Tomó el espejo. Esta vez no sintió vértigo. Sintió frío. Un frío seco que le resecó los labios y le endureció las pestañas.
—Piensen en sus grietas —dijo la piloto, ubicándose a su derecha—. Piensen en el momento exacto en que el tiempo se rompió por primera vez para ustedes. Y yo voy a guiar la imagen.
Clara enfermera se puso a la izquierda de Valentina. Cerró los ojos. Su respiración se volvió errática, como si estuviera reviviendo algo que había enterrado hacía décadas.
—15 de marzo de 1987 —susurró—. 11:47 de la noche. El pasillo del hospital olía a humo. Yo venía de la guardia, tenía las manos sucias, la bata manchada...
La piloto también cerró los ojos.
—10 de mayo de 1941. 2:15 de la madrugada. Las bombas sonaban como truenos pegados al suelo. Yo estaba en el sótano del hospital de campaña, tapándole la boca a un soldado que no paraba de gritar...
Valentina sintió que el espejo se calentaba. Miró. El vidrio roto ya no reflejaba nada. En su lugar, las imágenes empezaron a superponerse: un hospital en llamas, un sótano temblando por las bombas, una cocina con olor a pastel quemado y un cuerpo envuelto en una sábana.
Las tres imágenes se fundieron en una sola.
Y entonces lo vieron.
La primera grieta no se había abierto en 1987, ni en 1941, ni en la semana de la muerte de Lucía. Se había abierto mucho antes. En un año que ninguna de las tres reconoció, pero que la piloto identificó por los uniformes: 1916. Primera Guerra Mundial.
En una trinchera francesa, bajo la lluvia, una mujer joven con el mismo rostro que ellas sostenían a un soldado moribundo. La mujer era idéntica a Valentina, a Clara, a la piloto. Pero más delgada. Más pálida. Con los ojos hundidos como pozos.
—Esa es otra —susurró la piloto—. Una que no conocíamos.
La mujer levantó la vista al cielo. La lluvia se detuvo de golpe. No gradualmente: se detuvo, como si alguien hubiera apretado pausa. El soldado en sus brazos dejó de respirar. Y entonces, en el pecho de la mujer, se abrió una luz blanca.
No era una herida. Era una puerta.
—Ella no abrió la grieta —dijo Valentina, entendiendo—. Ella fue la primera grieta. Ella se convirtió en la grieta.
La imagen se disolvió. El espejo se enfrió. Las tres volvieron a estar en el quirófano, temblando, con el sabor metálico del miedo en la boca.
—1916 —dijo Clara enfermera—. Ahí está la respuesta. Ahí está la mujer de negro, esperándonos.
—O peor —dijo la piloto—. Tal vez la mujer de negro es esa versión nuestra. La que se quedó atrapada en la trinchera. La que no pudo salvar al soldado y el dolor la pudrió desde adentro hasta convertirla en algo que ya no es humana.
Valentina apretó el espejo contra su pecho.
—Entonces no tenemos que enfrentarla —dijo—. Tenemos que salvarla. Como no pudimos salvar al chico del 87. Como no pudimos salvar a los soldados de la guerra. Como no pudimos salvar a mi abuela.
—¿Salvar a la mujer que nos está tendiendo una trampa? —preguntó la piloto con incredulidad.
—Sí —dijo Valentina, y su voz no tembló esta vez—. Porque si ella es nosotras, y nosotras somos ella, salvarla es la única manera de cerrar las grietas para siempre.
Clara enfermera miró a Valentina con una expresión nueva. No era miedo. Era admiración.
—Está bien —dijo—. Vayamos a 1916.
La piloto suspiró. Sacó el reloj de bolsillo sin manecillas y lo hizo girar entre sus dedos.
—1916 —repitió—. Que Dios nos tenga piedad. Porque la que vamos a encontrar ahí ya perdió la suya hace mucho.