En este imperio de sombras, ella es la única que puede calmarlo… o el motivo por el que su mundo arderá.
¿El amor puede sobrevivir cuando tu vida es propiedad del enemigo?
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3
...Isabella Conti...
Me miré al espejo por última vez, acomodando las solapas de mi blazer negro. Para mi primer día en el imperio Morózov, había elegido un conjunto de dos piezas: el blazer y unos shorts sastreados de tiro alto a juego, ceñidos por un cinturón plateado que le daba un toque profesional pero moderno. Debajo, llevaba un top blanco de tirantes con un sutil escote en V, y completé el atuendo con unos tacones altos plateados y cerrados al frente. Mi cabello rubio, cepillado con esmero, caía en ondas pesadas hasta más abajo de la mitad de mi espalda. Opté por un maquillaje natural, lo justo para ocultar las ojeras de una noche de insomnio absoluto. En mi bolso negro metí lo indispensable: mi labial, el cargador, la laptop, mi cartera, una libreta con plumas y un paquete de chicles de menta para engañar a la ansiedad.
Inhalé aire con fuerza y bajé las escaleras. Mi casa no era una mansión, ni de cerca, pero era un hogar cálido, de esos que huelen a madera vieja y café recién hecho, un lugar que siempre había estado lleno de amor.
—Estás preciosa, hija —la voz de mi padre me recibió en la cocina. Me tendió una taza de café humeante con una sonrisa cansada pero orgullosa.
—Gracias, papi —le respondí, acercándome para dejar un tierno beso en su mejilla—. ¿Y mamá? —pregunté, escudriñando el pasillo.
—Se sentía muy cansada esta mañana, prefirió quedarse un rato más en la cama —me explicó con un deje de tristeza que intentó disimular.
Asentí, sintiendo un peso conocido en el pecho. Bebí mi café a toda prisa, devorando una tostada con mermelada sin saborearla realmente, y subí los escalones de regreso para despedirme. Al entrar a la habitación de mis padres, se me formó un nudo asfixiante en el estómago. Ver a mi madre me partió el corazón; estaba notablemente más pálida de lo normal, con las ojeras muy marcadas por el dolor y el desgaste de la enfermedad. Sin embargo, en cuanto me vio, hizo un esfuerzo sobrehumano por sonreír y enderezarse. Sus ojos reflejaban miedo, un temor profundo que intentaba ocultarme, pero yo le había jurado a mi propio reflejo que frente a ella siempre sería la hija fuerte. La que podía con todo, la que no se caía, la que nada lograba derrumbar. Yo era su pilar, y los pilares no tiemblan.
—Que te vaya excelente en tu primer día, mi niña —me dijo con una voz que, día con día, parecía apagarse un poco más.
—Así será, mami. Te amo. Nos vemos en la cena para contarte todo —le aseguré, inclinándome para dejar un beso prolongado en su frente, memorizando su aroma.
Salí de la casa con el corazón blindado por la necesidad. Elena ya me esperaba afuera, tocando el claxon de su Porsche. Subí al auto y nos pusimos en marcha hacia la corporación. Mientras mi amiga conducía con soltura a traves del tráfico de San Petersburgo, yo sentía los nervios a flor de piel. El pánico por lo que había ocurrido aquella noche en mi computadora me estaba carcomiendo viva, pero no encontraba las palabras para contárselo a mi mejor amiga sin parecer una lunática o revelar mis actividades ilegales. Preferí tragarme el secreto y guardarlo para mí.
—Estás bellísima, Ele —le dije, mirándola para desviar mis propios pensamientos. Ella sonrió, radiante.
Elena llevaba una falda de tubo y un blazer a juego en tono rosa palo, combinado con un top negro de botones. Su melena pelinegra estaba recogida en una coleta alta impecable y llevaba un poco más de maquillaje que yo; se veía simplemente hermosa, con su piel blanca contrastando de forma espectacular con su cabello oscuro.
—¡Tú no te quedas atrás, amiga! Mírate, estás espectacular, pareces una modelo ejecutiva —exclamó con entusiasmo.
Reí con nerviosismo, clavando la vista en la ventanilla. Iba tan perdida en mis conjeturas que ni siquiera me di cuenta de en qué momento entramos al imponente estacionamiento subterráneo de Techno Tecnológik Morózov. Cuando Elena apagó el motor, exhalé un suspiro tembloroso y me aferré a las asas de mi bolso. El mejor que tenía, el que combinaba con los zapatos.
—Ya estamos aquí —susurré para la nada, revisando la hora. Teníamos veinte minutos de sobra.
Cruzamos el vestíbulo principal, un despliegue obsceno de mármol blanco y pantallas holográficas. En la recepción verificaron nuestras identidades y nos dirigieron hacia un elevador privado con acceso restringido solo hacia el el piso veintiséis. Elena iba fascinada; el elevador era completamente de cristal templado, ofreciendo una vista panorámica de la ciudad y de la estructura interna del edificio a medida que ascendíamos a gran velocidad. Yo, por el contrario, solo cerraba los ojos y rogaba mentalmente para que el mecanismo no fallara y no nos estrelláramos contra el suelo. Cuando las puertas finalmente se abrieron con un siseo suave, sentí que el alma me regresaba al cuerpo. Mi amiga, en cambio, parecía tener la batería cargada al mil por ciento.
—Buenos días —nos saludó una mujer de unos treinta años en cuanto dimos un paso fuera del ascensor. Era de piel morena, facciones elegantes y llevaba una melena castaña perfectamente peinada—. ¿Ustedes son las nuevas pasantes?
—Sí, buenos días. Soy Isabella Conti y ella es Elena Varga —me adelanté a responder, tomando la iniciativa, ya que Elena seguía mirando los techos y las decoraciones vanguardistas como un niño pequeño en una juguetería nueva.
—Un placer. Soy Sondra, la asistente ejecutiva de Nikolai Petrov —se presentó con amabilidad—. Mi jefe y el CEO ya las están esperando en la oficina presidencial. Acompáñenme, por favor.
La seguimos por un pasillo alfombrado que amortiguaba el sonido de nuestros tacones, hasta detenernos frente a una imponente estructura de cristal ahumado que impedía ver hacia el interior. La puerta, de una madera negra maciza, lucía una placa dorada impecable donde se leía un nombre que imponía respeto con solo mirarlo.
CEO Alexei Morózov.
Sondra tocó la madera dos veces con los nudillos. Del otro lado, una voz gruesa, profunda y con un magnetismo oscuro dictó una sola palabra.
«Pase».
Elena sonrió con emoción contenido, yo, en cambio, me aferré a mi bolso como si fuera un salvavidas en medio de un naufragio. Sabía perfectamente a qué se debían mis náuseas y el sudor frío de mis manos, tras esa puerta estaba el hombre que me había dejado aquella advertencia cibernética.
Suspiré profundamente y entré detrás de Elena y Sondra, buscando instintivamente usarlas como un escudo humano para protegerme de la mirada de aquel hombre de veintisiete años del que tanto se hablaba.
—Buenos días, señoritas —nos recibió un hombre que vestía un traje gris impecable, sin corbata y con los primeros botones de la camisa abiertos—. Soy Nikolai Petrov.
Se presentó con una sonrisa cordial y nos extendió la mano. Se la acepté en un saludo educado, tratando de que no notara el temblor de mis dedos. Mi corazón latía con tanta fuerza y violencia contra mis costillas que juraría que Nikolai pudo escucharlo al acortar la distancia.
—Él es... —Nikolai hizo una pausa dramática que me dio ganas de gritarle por la anticipación— Alexei Morózov, el CEO de la compañía y su jefe directo durante el próximo año —concluyó.
El hombre estaba de espaldas a nosotras, contemplando la inmensidad de San Petersburgo a través del colosal ventanal. Desde atrás, su silueta era imponente; una espalda ancha, firme y una postura que delataba un cuerpo atlético y perfectamente entrenado bajo un traje negro de corte italiano hecho a la medida. Se giró con una lentitud exasperante, un movimiento tan calculado que me encendió una chispa de irritación.
Pero cualquier pensamiento defensivo se evaporó de mi mente cuando sus ojos se clavaron directamente en los míos. Eran de un azul grisáceo fascinante, con un destello violáceo casi imperceptible provocado por el reflejo de la luz del ventanal. Me miró de una forma fija, diseccionándome, analizándome como si pudiera leer mis secretos a través de la piel. Su expresión era completamente neutral, una máscara fría donde no se reflejaba ninguna emoción humana, pero la intensidad de su atención me puso los pelos de punta. Tenía una mandíbula afilada y marcada, una tez ligeramente bronceada que resultaba extraña para el gélido clima ruso, y un cabello extra claro,rubio, perfectamente recortado. Parecía esculpido por los mismos dioses, y bajo ese traje se adivinaba una fisonomía de infarto.
—Buenos días, señoritas —su voz arrastrada y varonil llenó el espacio, haciéndome reaccionar. Me di cuenta, con horror, de que lo había estado contemplando mucho más de lo estrictamente profesional.
Vi cómo la comisura de sus labios se elevaba ligeramente en una sonrisa de lado, una muestra silenciosa de arrogancia que me confirmo que sabia exactamente el efecto que causaba.
—Buen día, señor Morózov —se apresuró a decir Elena, rompiendo el hielo—. Soy Elena Varga, y ella es mi compañera, Isabella Conti —añadió, dandome un disimulado codazo en las costillas para que reaccionara.
—Sí... buenos días, señor —complete con una rapidez inusual.
Aquella muestra de evidente nerviosismo pareció divertirle aún más, lo que transformó mi vergüenza en una profunda irritación. Me dieron unas ganas ridículas de golpearlo, odiaba que tuviera el control y que mi obvia agitación fuera su entretenimiento matutino.
—Como ya saben, estarán aqui en calidad de pasantes en el área más restringida y crucial de la corporación, la cual es supervisada directamente por mi mano derecha, Nikolai —explico Alexei, desviando por fin la mirada hacia su amigo—. Tendrán una oficina privada para ustedes dos, equipada con todo lo necesario para el desarrollo de nuestro nuevo software. Obviamente, el acuerdo incluye un estricto protocolo de confidencialidad. Supongo que leyeron detenidamente el contrato que se les envió a sus correos electrónicos personales.
—Sí, señor —intervine, dando un paso al frente y sosteniéndole la mirada azul grisácea sin pestañear—. Entendemos que la confidencialidad es una prioridad en esta empresa. Y el valor más sagrado aquí, además de la confidencialidad, es la honestidad.
Él detuvo su discurso, clavando sus ojos en los míos ante la clara alusión a mi respuesta en el cuestionario de admision. Tras un segundo de silenciosa evaluación, Alexei simplemente asintió, conforme con mi audacia.
—Perfecto. Nikolai las conducira a su nueva área de trabajo y les hara entrega de toda la documentación clasificada sobre el «Proyecto Zero» —concluyó con tono firme, dando por terminada la audiencia.
Me giré sobre mis tacones y salí del despacho un paso antes que Elena. Mientras caminaba hacia el pasillo, pude sentir la mirada penetrante de Alexei Morózov grabándose a fuego en mi nuca, y recé internamente para que se quedara solo en eso. Una mirada.
Isabella Conti
Alexei Morózov
su madre enferma es su mayor dolor
😁😁😁que tal encuentro