Valeria creció entre los surcos de una plantación de té, sin padres, con una pierna que nunca sanó del todo y unos tíos que la trataban como sirvienta. El día que Don Alejandro Montemayor, el patriarca más poderoso de la región, ofrece un millón de dólares de dote para casar a su nieto, los tíos de Valeria no dudan en venderla al mejor postor.
Sebastián Montemayor es el heredero de un imperio del té. Es brillante, observador y reservado. También es sordo desde los diez años, cuando un accidente que nadie ha logrado explicar le arrebató la audición y a su padre. Todas las mujeres que le han presentado lo han rechazado. Cuando Valeria aparece frente a él con un vestido prestado y una marca roja en la mejilla, Sebastián no ve a una novia sumisa: ve a alguien que esconde heridas.
Lo que comienza como un matrimonio arreglado entre dos personas rotas se transforma en algo inesperado. Poco a poco, entre torpezas, silencios elocuentes y pequeños actos de valentía cotidiana, Valeria y Sebastián descubren que sus vidas estuvieron entrelazadas mucho antes de conocerse.
Pero el pasado guarda secretos peligrosos. Un hombre poderoso lleva décadas ocultando una verdad que podría destruirlo todo, y hará lo que sea necesario para que esa verdad no salga a la luz. Cuando la búsqueda de justicia pone en la mira a quienes Sebastián más quiere, el silencio deja de ser refugio y se convierte en campo de batalla.
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Capítulo 20
—Sebastián...
La voz de Valeria rompió el silencio de la habitación.
Sebastián, que desde hacía rato ordenaba unos documentos en el escritorio, levantó la cabeza despacio. Su mirada se posó en Valeria, sentada junto al librero con el álbum de fotos familiares sobre el regazo.
—¿Sí? —respondió en voz baja.
Valeria no contestó de inmediato. Los dedos se le habían detenido sobre una fotografía antigua. Acarició la superficie del plástico transparente que la protegía.
En la imagen se distinguía a un adolescente de unos diecisiete años. Llevaba una camiseta blanca bajo una camisa azul de rayas, pantalón beige y una gorra blanca. Su sonrisa era tenue, muy distinta a la del Sebastián de ahora.
Por alguna razón, aquella ropa le resultaba extraordinariamente familiar. El pecho le empezó a palpitar. Era como si un recuerdo antiguo estuviera luchando por salir de algún rincón de su memoria.
—Sebastián... —lo llamó de nuevo. La voz le salió más queda que antes—. ¿Cuántos años tenías cuando te tomaron esta foto?
Sebastián se acercó. Echó un vistazo a la imagen que Valeria observaba.
—Estaba en segundo de preparatoria —contestó con tranquilidad—. Tendría unos diecisiete años.
El corazón de Valeria latió aún más deprisa. Eso le traía a la mente al joven que ella había salvado trece años atrás. Sin darse cuenta, apretó con fuerza los bordes del álbum.
—Sebastián, después del accidente que te dañó el oído... ¿tuviste algún otro accidente? —preguntó, vacilante.
La pregunta dejó a Sebastián en silencio. Algo se le alteró en la mirada. El semblante que un segundo antes estaba tranquilo se llenó de pronto de recuerdos que llevaban años sepultados.
Tras unos instantes, asintió despacio.
—Sí.
Esa sola sílaba le cortó la respiración a Valeria.
—Tiempo atrás... —prosiguió Sebastián en un murmullo— sufrí otro accidente.
Valeria lo observó sin parpadear.
—¿Dónde?
—Al pie de una colina, en el camino hacia la zona turística.
Al oír la respuesta, una punzada le atravesó la cabeza a Valeria. Fragmentos de recuerdo que durante años habían permanecido borrosos irrumpieron con una claridad repentina.
Valeria cerró los ojos. La memoria que llevaba tantos años enterrada empezó a emerger.
Aquel día el cielo estaba despejado. Ella volvía de visitar la tumba de su abuelo.
A lo lejos divisó a un muchacho que caminaba solo por la orilla de la carretera. Avanzaba con la cabeza gacha, como si algo le pesara en el pensamiento.
En ese momento, un auto oscuro apareció a toda velocidad desde la dirección contraria. Por alguna razón, el vehículo no aminoró la marcha. Al contrario: su trayectoria se fue desviando hasta apuntar directo al joven.
En cuestión de segundos, la pequeña Valeria comprendió algo que le heló la sangre. Ese auto no había perdido el control. Ese auto iba directo hacia él a propósito.
—¡Cuidado, viene un auto!
Sin detenerse a pensar, Valeria echó a correr con todas sus fuerzas. Con cada gramo de energía que tenía en el cuerpo, empujó al muchacho y lo lanzó hacia el borde del camino.
Un instante después, fue el cuerpo pequeño de Valeria el que recibió el impacto. El golpe la arrojó varios metros por el aire antes de estrellarla contra el asfalto.
La visión se le nubló. El dolor le recorrió el cuerpo entero, sobre todo la pierna izquierda.
Lo último que alcanzó a ver fue el auto alejándose a toda velocidad, sin reducir la marcha ni un solo instante.
Valeria abrió los ojos de golpe. Respiraba agitada. Después de unos segundos, enfocó la mirada en Sebastián. El rostro se le había empalidecido.
—¿No será que... la persona que salvé aquel día eras tú? —La voz le tembló. Tragó saliva.
La habitación se sumió en un silencio absoluto. No se oía más que el vaivén descompasado de sus respiraciones.
Sebastián la contempló durante un largo instante. El corazón le martilleaba. Durante años se había preguntado quién era aquella niña que le salvó la vida.
Incluso había mandado a buscarla. Jamás se le pasó por la cabeza que esa niña estuviera ahora sentada frente a él. Que fuera su esposa.
Sebastián soltó el aire despacio. La mirada se le perdió en el vacío, como si hubiera regresado a aquel día que nunca pudo olvidar.
Al fin se sentó frente a Valeria.
—Sufrí dos accidentes —dijo en voz baja.
Valeria se aferró las manos sobre el regazo.
—¿Puedes contarme cómo fue?
Sebastián asintió.
—Ese día me había peleado con mi mamá y con mi abuelo —comenzó—. Salí de la casa solo. Caminé sin rumbo porque tenía la cabeza hecha un lío.
Calló un momento antes de seguir.
—Desde el accidente que mató a mi papá, siempre usé audífonos. Ese día, como no quería oír los regaños de mi mamá ni de mi abuelo, me los quité. Y con las prisas por salir de la casa, olvidé ponérmelos de nuevo.
Sebastián cerró los puños.
—Me había peleado con ellos porque yo quería estudiar artes plásticas en el extranjero. Quería ser pintor. Pero ellos querían que estudiara administración de empresas para hacerme cargo del negocio familiar.
Una sonrisa amarga le cruzó el rostro.
—Sentía que nadie quería escuchar mis sueños.
Furioso, Sebastián había salido de la casa sin dirección. Caminaba solo al borde de la carretera con la mente revuelta.
—Estaba tan absorto en la pelea que no me di cuenta de que un auto venía directo hacia mí.
La mirada se le vació.
—Lo que recuerdo es que alguien me empujó con mucha fuerza. Me golpeé la cabeza contra un montículo de tierra. Después de eso, no recuerdo nada más.