A sus veintiocho años, Valeria Montero tiene todo bajo control: una de las empresas más poderosas de Puerto Reyes, una reputación impecable y una vida en la que no hay espacio para cometer errores.
Santiago del Río es la única excepción.
Llegó a la casa de los Montero cuando era niño, bajo la tutela legal de Doña Carmen. Valeria lo protegió, lo acompañó durante sus peores años y se convirtió en la persona más importante de su vida.
Pero Santiago creció.
La noche en que cumple dieciocho años, la besa y le confiesa una verdad que Valeria no está preparada para escuchar: nunca la ha visto como una hermana y no piensa seguir fingiendo.
Él es diez años menor. Ella es la directora de un imperio empresarial. Una relación entre ambos podría destruir su reputación y convertirlos en el centro de un escándalo. Valeria intenta alejarse, pero Santiago está decidido a demostrarle que ya no es el niño que llegó herido a su casa.
Justo cuando ella comienza a aceptar lo que siente, Héctor Navarro aparece y revela que Santiago es su nieto y el heredero perdido de la familia Navarro. También le cuenta algo peor: una antigua maldición corre por la sangre de los hombres de su familia, y Héctor puede utilizarla para acabar con la vida de Santiago.
Para salvarlo, Valeria deberá conseguir que se marche con él.
Así que le dice la mentira más cruel que puede inventar: que lo cambió por un terreno.
Tres años después, Santiago regresa convertido en el nuevo heredero del imperio Navarro. Es frío, poderoso y está dispuesto a castigar a la mujer que destrozó su vida.
Lo que todavía no sabe es que Valeria nunca dejó de amarlo.
Mientras él planeaba su venganza, ella pasó tres años buscando una forma de romper la maldición y traerlo de vuelta.
Ahora Santiago tendrá que decidir qué es más fuerte: el odio que lo mantuvo vivo o la obsesión que nunca consiguió olvidar.
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Capítulo 18
# Capítulo 18: Intentemos
Santiago
Llovía tan fuerte que no veía.
El agua me golpeaba la cara, me entraba en los ojos, me chorreaba por el cuello. Tenía la camiseta pegada al cuerpo y los zapatos encharcados. Llevaba seis días viniendo a este edificio. Seis días sentándome en la jardinera, esperando, mandando mensajes que no contestaba, mirando hacia una ventana que nunca se abría.
Pero hoy se abrió.
Y ahora estaba lloviendo y yo estaba empapado y Vale me había gritado por teléfono y me había dicho idiota y después se había quedado callada cuando le dije lo que le dije.
"No me abandones. Voy a ser bueno."
Las mismas palabras que le dije a los ocho años. No las planeé. Salieron solas. Porque cuando tengo miedo de perderla, vuelvo a ser ese niño. Siempre vuelvo a ser ese niño.
Entonces la puerta del edificio se abrió y salió corriendo.
Sin zapatos. Con un paraguas que el viento le volteó en dos segundos. El pelo mojándose instantáneamente, la ropa pegándosele al cuerpo, los ojos enormes y brillantes y furiosos y algo más que no era furia.
Llegó hasta mí. Me agarró de la camiseta con las dos manos.
—Eres un idiota —dijo. Le temblaba la voz—. Un idiota, Santiago. ¿Qué haces aquí parado como un...? ¿Quieres enfermarte? ¿Quieres que me muera de la preocupación? ¿Eso quieres?
—Quiero que vuelvas a casa —dije.
—¡Pues cambia la maldita carrera!
—No.
Me jaló de la camiseta. Fuerte. Como si quisiera sacudirme. Pero no me moví. Y después hizo algo que no esperaba: apoyó la frente en mi pecho. Así, bajo la lluvia, con el agua cayéndonos encima, con el paraguas inútil tirado en el piso, con los vecinos probablemente mirándonos desde las ventanas.
Apoyó la frente en mi pecho y se quedó ahí.
Y yo la abracé. Despacio. Sin apretar. Poniendo las manos en su espalda como si fuera algo frágil, aunque no lo es. Vale no es frágil. Vale es la persona más fuerte que conozco. Pero a veces, cuando se apoya en mí, parece que sí necesita que alguien la sostenga.
—Te vas a enfermar —susurró contra mi pecho.
—No me importa.
—A mí sí.
—Entonces vuelve a casa.
Levantó la cara. La lluvia le corría por las mejillas y no supe si eran gotas o lágrimas. Con Vale nunca se sabe. Nunca la he visto llorar. Ni una sola vez en diez años. Pero a veces sus ojos se ven así, brillantes, pesados, como si las lágrimas estuvieran ahí pero se negaran a caer.
—¿Por qué haces esto? —preguntó—. ¿Por qué no puedes simplemente... ser feliz con lo que tienes? Pintar, hacer lo que amas, vivir tu vida.
—Porque mi vida eres tú.
—Santiago...
—No me pidas que me aleje, Vale. No me pidas que viva una vida separada de la tuya. No puedo. No quiero. No voy a hacerlo.
Me miró. La lluvia nos empapaba. El mundo entero era agua y ruido y frío, pero donde ella me tocaba estaba caliente.
—Si cambio la carrera de vuelta... —empecé.
—¿Si la cambias?
—Si la cambio, ¿vuelves?
—No es un intercambio, Santiago. No es una negociación. Quiero que hagas lo que te hace feliz. Quiero que pintes. Quiero que seas el artista que puedes ser. No quiero que tires todo eso por...
—¿Por ti?
—Sí. Por mí.
La apreté más fuerte. Puse la barbilla sobre su cabeza. Olía a lluvia y a ese perfume suyo que me vuelve loco.
—¿Quieres saber por qué quise estudiar finanzas? —dije—. No es para trabajar contigo. Bueno, sí. Pero no solo eso.
—¿Entonces?
—Porque quiero ser tu igual, Vale. No tu hermanito. No el niño que criaste. Quiero pararme a tu lado y que la gente vea a dos personas del mismo nivel. Quiero que la abuela me mire y no pueda decir "él no es suficiente."
Vale se quedó muy quieta entre mis brazos.
—Tú ya eres suficiente —dijo. Bajito. Casi perdido en la lluvia.
—No para el mundo.
—Me importa un carajo el mundo.
Casi sonreí. Vale diciendo groserías. Eso solo pasa cuando está emocionada de verdad.
—Pequeño —dijo, y su voz se suavizó tanto que me dolió el pecho—. Escúchame bien. Tú no tienes que demostrarle nada a nadie. No a la abuela. No a Rodrigo Torres. No a los idiotas del catálogo. No a mí.
—Pero quiero...
—Lo sé. Lo sé, Santi. —Me tomó la cara entre las manos. Sus dedos estaban fríos y mojados y eran lo mejor que había sentido en seis días—. Te voy a pedir una cosa. Solo una. Y quiero que me la des.
—Lo que sea.
—Cambia la carrera de vuelta. Pinta. Haz lo que amas. Y si después de graduarte todavía quieres estar en la empresa, te juro que te abro la puerta yo misma. Pero no antes. ¿Entendido?
La miré. Su cara empapada, sus ojos oscuros, sus labios temblando de frío. Y detrás de todo eso, algo que me hacía sentir que el mundo entero podía irse a la mierda mientras ella me mirara así.
—Está bien —dije—. Te obedezco.
Sonrió. Una sonrisa pequeña, cansada, pero real.
—Y una cosa más —dijo.
—¿Qué?
Se puso de puntitas. Me dio un beso en la mejilla. Suave. Rápido. Apenas un roce de labios contra mi piel mojada.
Y después dijo, con la voz más tranquila que le he escuchado:
—Santi, no tienes que esperar a que empiece la universidad. Intentemos.
El corazón se me paró. En serio. Creo que dejó de latir un segundo completo.
—¿Qué?
—Lo que oíste. No te lo voy a repetir.
—Vale...
—Intentemos cambiar... esto. —Hizo un gesto entre los dos—. Ver qué pasa. Sin presión. Sin etiquetas. Solo... ver.
No la solté. No podía. Si la soltaba me iba a caer, porque las rodillas me temblaban y el pecho me ardía y algo dentro de mí estaba explotando, algo que llevaba diez años contenido, comprimido, guardado en ese cajón donde meto todo lo que duele.
—¿Estás segura? —pregunté. Porque tenía que preguntarlo. Aunque me matara. Aunque cada célula de mi cuerpo gritara "cállate y acepta."
—No —dijo—. No estoy segura de nada. Pero estoy segura de que no quiero que te quedes bajo la lluvia. Estoy segura de que estos seis días sin ti han sido horribles. Y estoy segura de que cuando me dijiste "no me abandones"... algo se me rompió, Santi. Algo que ya no puedo arreglar.
La abracé. Fuerte. Con todo. La levanté del piso y la apreté contra mí y hundí la cara en su pelo mojado y no dije nada porque no podía hablar.
Diez años.
Diez años esperando. Diez años siendo paciente, siendo bueno, siendo el hermano perfecto. Diez años midiendo cada palabra, cada mirada, cada respiración.
Y ahora ella decía "intentemos" y el mundo entero se reconfiguraba alrededor de esa palabra.
—Bájame —dijo—. Nos vamos a resfriar.
No la bajé. La cargué hasta el coche. La metí en el asiento del copiloto. Le subí la calefacción. Le quité el pelo mojado de la cara.
Y todo el camino a casa, ella no dijo nada. Pero tenía la mano en mi rodilla. Y yo manejaba con una sola mano porque la otra estaba encima de la suya.
Lluvia. Silencio. Su mano en mi rodilla.
El mejor día de mi vida.
Ella dijo "intentemos" 🐺❤️ Las reglas están cambiando... Nos leemos mañana ❤️