Un año después de haber arrestado a Erik Cahill, el gran amor de su vida y un virtuoso falsificador de arte, la agente del FBI Jessica Fletcher vive consumida por la culpa y entregada al trabajo. Sin embargo, un audaz robo en un prestigioso banco de Washington D.C. deja como única pista billetes falsos marcados con la marca imperceptible de un dragón. Esta firma revela el peligroso regreso de la "Hermandad de los Dragones", el imperio criminal liderado por Isaac Cahill, el despiadado padre de Erik.
Para desmantelar la organización desde adentro, el FBI otorga a Erik la libertad condicional como consultor encubierto. Jessica es asignada a custodiarlo bajo una identidad falsa. Juntos viajan a San Petersburgo para adentrarse en la guarida del enemigo. Entre el peligro inminente, mentiras calculadas y un tenso reencuentro que revive viejas heridas, ambos deberán enfrentar el pasado para sobrevivir a una misión donde la justicia, la lealtad y el amor están en juego.
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CAPÍTULO I.
CAPÍTULO I.
Washington D.C
Centro de Detención de Alta Seguridad.
Al día siguiente.
8:30 a.m.
La oscuridad en la celda 402 no era vacía; estaba llena de detalles que solo él podía ver. En su mente, repasaba cada trazo del retrato de Jessica que había dibujado semanas atrás, ahora confiscado por un guardia que disfrutaba verlo en aquella miseria.
Erik ya no vestía trajes de seda ni portaba gemelos de plata. El mono naranja no encajaba en absoluto con su personalidad y el olor a desinfectante de la celda, reemplazaba el olor a pintura que solía aromatizar su ático. Su rostro, antes impecable y afeitado, mostraba ahora una barba desprolija y sombras de cansancio debajo de los ojos. Las mejillas se habían hundido ligeramente, evidenciando noches de sueño interrumpido y una alimentación escasa. Su cabello, que solía estar cuidadosamente peinado, lucía revuelto y sin brillo, como si el encierro hubiera apagado hasta el último rastro de vanidad. Las manos, antes suaves y cuidadas, estaban ásperas, con las uñas descuidadas y alguna que otra marca de golpes recientes.
Físicamente, quedaba poco de aquel hombre cuidado y preocupado por su aspecto. Ahora tenía suerte si podía ducharse una vez al día. Su caminar era lento, casi resignado. Sin embargo, su postura seguía siendo la de un rey en el exilio. Sentado en el borde del catre, contaba los días que llevaba encerrado, dibujando líneas en la pared.
—Cahill. Tienes visita —la voz del guardia retumbó contra el acero.
Erik no se inmutó. No esperaba a su abogado, su padre no lo había contactado desde que fue a prisión y la última vez que Stefan lo había visitado le suplicó que ya no lo haga. Por seguridad. No podía arriesgar lo poco que habia logrado por su estadía en prisión.
Fue conducido a una sala de interrogatorios privada, sin cristales de por medio, lo cual era una anomalía. Allí, sentado frente a una mesa de metal, estaba Mark Reynolds. Junto a él, un hombre que Erik no conocía: joven, de unos treinta y cinco años, con una mandíbula cuadrada y ojos que analizaban la habitación con una frialdad casi militar.
—Erik —saludó Mark, con una seriedad que rozaba la incomodidad.
—Mark. Te ves cansado —respondió Erik, arrastrando las palabras con esa arrogancia intacta—. ¿Esto de ser supervisor de la unidad te está sobrepasando?
Mark apretó la mandíbula, pero el hombre a su lado intervino antes de que pudiera perder los estribos.
—Cahill, aun no nos conocemos. Soy el agente Thomas Reed —dijo el desconocido, dejando una carpeta sobre la mesa.
—¿A qué debo la visita del nuevo novio de Jessica? —preguntó con poco interés.
Thomas miró a Mark confundido. Reynolds simplemente negó con la cabeza, quitándole importancia a sus dichos.
—Estamos aquí porque anoche, la Hermandad de los Dragones vació la bóveda de seguridad de un prestigioso Banco y la única huella que tenemos es el sello de la hermandad y la tinta fresca por la reciente impresión de los billetes.
Erik enarcó una ceja. Un robo de esa magnitud tenía el sello de Isaac Cahill por todas partes.
—Interesante —murmuró Erik—. Pero estoy retirado. El Estado me ha proporcionado una habitación muy silenciosa para reflexionar sobre mis pecados.
—No te hagas el cínico, Cahill —espetó Reed, inclinándose hacia adelante—. Conoces el método y conoces a la Orden.
Mark tomó la palabra, bajando la voz. Miró hacia la cámara de seguridad, asegurándose de que el audio estuviera desactivado, tal como habían planeado.
—Jessica no sabe que estamos aquí. Ella nunca aceptaría esto —confesó Mark—. Pero el Departamento de Justicia está desesperado. Isaac tiene aliados que no le temen a la ley. Y nosotros te tenemos a ti.
Erik se recostó en la silla, sintiendo el peso de la oferta antes de que fuera pronunciada.
—Libertad condicional, Cahill —soltó Reed—. Colaboración total bajo nuestra custodia. Nos ayudas a desmantelar la estructura de Isaac desde adentro, nos das sus rutas de falsificación y nos entregas la cabeza de tu padre. A cambio, sales de esta caja. Tómalo como una segunda oportunidad.
El silencio en la sala era denso. Erik miró a Reed, evaluando al nuevo agente, y luego a Mark. Sabía que trabajar con el FBI significaba volver a ver a Jessica. Significaba mirar a los ojos a la mujer que lo había traicionado y que, a pesar de todo, el seguía amando.
—¿Bajo la custodia de quién? —preguntó Erik con una sonrisa lenta.
—De la detective Fletcher y la nuestra —respondió Mark—. Serás su "consultor" oficial. Pero si intentas escapar, si respiras cerca de una joya sin permiso, Reed tiene órdenes de disparar a matar.
Erik Cahill miró sus manos, las mismas que habían burlado los sistemas de seguridad más avanzados del mundo. La libertad tenía un precio, y en este caso, el precio era volver al juego que casi lo destruye.
—¿De verdad creen que es tan fácil conocer los planes de Isaac Cahill? —preguntó con gracia. —El hombre que lideró un clan criminal y burló a la autoridad durante más de treinta años?
Mark negó.
—Eres la única capaz de averiguarlo. —Confesó. —Quiero que sigas la mision que tu mismo comenzaste. Quiero que te infiltres en la orden, que le ruegues a tu padre de ser necesario.
—¿Qué garantías tengo, Mark? —pregunto.
Erik Cahill ya tenía una respuesta, pero quería algo de suspenso antes de decirla.
—La garantía de que esta vez acabaremos con el legado de Isaac Cahill, tú tendrás tu libertad y una vida nueva para decidir como vivirla.
Erik sonrió de lado. Lo cierto es que Mark Reynolds sabía como convencerlo.
Por su mente paso todo lo que había vivido durante sus treinta y un años apenas cumplidos. Su madre, Stefan, los amigos que perdió, el amor que sacrifico, el asesinato de su amigo, Dmitry Volkov.
Lo pensó durante un minuto más y luego dio su respuesta.
—Acepto. —Murmuró.