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Fuera De Juego Y Negocios

Fuera De Juego Y Negocios

Status: En proceso
Genre:Romance de oficina / Romance / CEO
Popularitas:231
Nilai: 5
nombre de autor: Esme libros

Elena solo quería salvar su carrera con un prototipo de cáñamo, pero Aksel Larsson está acostumbrado a ganar cada partido que juega, y esta vez, su objetivo es ella. Una historia corporativa de cocción lenta, ambición y secretos a voces donde las reglas del juego están a punto de cambiar para siempre.

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Capítulo 16

La semana posterior a nuestro pacto en la cafetería transcurrió bajo una disciplina casi quirúrgica. En los pasillos de Mega-Market Prime cumplimos la regla al pie de la letra desde el lunes hasta el viernes: mantuvimos una distancia impecable, las interacciones fueron estrictamente corporativas y los reportes sobre los avances de los empaques de cáñamo se enviaron de forma impecable por correo institucional. Sin embargo, por dentro, la expectativa por la noche del viernes me consumía lentamente.

​Finalmente llegó el viernes por la tarde. Cuando salí del corporativo al terminar mi turno, el aire helado de la noche me recibió de golpe. Fui directamente a mi departamento a cambiarme; elegí unos jeans cómodos, un abrigo largo e incógnito color negro y una bufanda amplia que me permitiera cubrir parte de mi rostro si era necesario. Guardé en mi bolsillo el boleto físico que Aksel me había enviado mediante un mensajero privado esa misma tarde. Un pase para la tribuna general este, un sector elevado y abarrotado en las gradas comunes.

​El trayecto hacia el estadio fue una locura. A diez cuadras de distancia, el tráfico ya estaba colapsado por una marea interminable de vehículos, autobuses de aficionados y banderas ondeando por las ventanas. Me bajé del taxi a unas cuadras y caminé entre la multitud. El ambiente olía a cerveza, comida callejera y una adrenalina pura que me hacía acelerar el pulso. Era un universo completamente lejano a la quietud y al olor a químico de mi laboratorio en el sótano.

​Al cruzar los torniquetes de acceso y subir por las anchas escaleras de concreto, el impacto me dejó sin aliento.

​Salir al graderío fue como entrar a una tormenta sónica. El rugido del estadio era ensordecedor: más de cincuenta mil almas cantando al unísono, banderas gigantescas desplegadas en los sectores populares y un mar de camisetas alineadas bajo los potentes reflectores que iluminaban el césped verde e impecable de la cancha. La vibración de los cánticos se sentía directamente en el suelo de concreto, retumbando en la planta de mis pies y en mi propio pecho.

​Me acomodé en mi asiento en la fila quince, apretándome la bufanda contra el cuello mientras la gente a mi alrededor gritaba y coreaba sin cesar. Nadie prestaba la menor atención a mi presencia; todos estaban hipnotizados por lo que estaba a punto de suceder abajo.

​A las ocho en punto, los equipos saltaron al terreno de juego. Un estallido colectivo sacudió la estructura del estadio. Mis ojos se dirigieron de inmediato, casi de forma magnética, hacia la figura imponente que encabezaba la fila.

​Aksel.

​Verlo en su elemento natural fue una revelación electrizante. Ya no era el hombre con traje de diseñador que discutía presupuestos en una mesa de madera, ni el socio que me sostenía el rostro con una ternura infinita en el jardín del restaurante. En la cancha, luciendo el uniforme del equipo, se transformaba en una fuerza de la naturaleza pura: alto, musculoso, con los hombros firmes y esa mirada fría y enfocada que daba miedo a sus rivales. Era una mezcla intimidante de poder físico y una concentración táctica implacable. La multitud a mi alrededor rugía su apellido a todo pulmón: "¡Larsson! ¡Larsson!".

​Sentí un escalofrío de pies a cabeza al comprender la verdadera dimensión del mundo al que pertenecía. Él era un ícono global, una figura adorada por multitudes, y yo era la ingeniera que compartía un secreto peligroso con él en las sombras de una empresa.

​El partido empezó con una intensidad brutal. Los primeros cuarenta y cinco minutos fueron un choque táctico feroz, con faltas duras y un marcador cerrado en cero. Desde mi asiento elevado, me descubrí conteniendo la respiración cada vez que Aksel disputaba un balón por aire o se lanzaba con una fuerza brutal entre dos defensas. Su mentalidad competitiva era feroz. A pesar del acoso constante de los zagueros contrarios, Aksel no perdía la calma; sus ojos recorrían la cancha con rapidez, leyendo los espacios, buscando la oportunidad perfecta.

​Iba corriendo el minuto setenta y dos del segundo tiempo cuando el partido dio un giro absoluto.

​Uno de los mediocampistas del equipo cortó un avance rival en el círculo central y metió un pase filtrado, alto y bombeado hacia la espalda de los defensas. Aksel arrancó con una aceleración destructiva que dejó a los marcadores a metros de distancia. El balón picó una vez en el césped. Con una potencia y una técnica sobrehumana, Aksel no esperó a que la pelota cayera: se elevó en el aire y conectó un remate cruzado e implacable de zurda que incrustó el balón en el ángulo superior derecho del arco.

​El estadio literalmente explotó.

​El estruendo de la multitud celebrando fue una marea de ruido tan violenta que me hizo cubrirme los oídos por un segundo. Los aficionados a mi alrededor se abrazaban en un júbilo caótico, saltando y gritando como locos. Abajo, en la cancha, Aksel corrió hacia el banderín de córner mientras sus compañeros se lanzaban sobre él para felicitarlo por semejante golazo.

​Cuando sus compañeros finalmente se alejaron y la locura de la celebración comenzó a calmarse de camino al centro del campo, Aksel no regresó a su posición de inmediato.

​Se detuvo a la mitad de la cancha, justo frente al sector de las gradas generales donde yo me encontraba. El corazón me dio un vuelco salvaje. A pesar de la distancia, de las miles de cabezas que se movían a mi alrededor y de las luces cegadoras de los reflectores, vi cómo sus ojos azules escaneaban la tribuna este con una fijeza analítica.

​Entonces, me encontró.

​Aunque sabía que para el resto del mundo era imposible notar a quién miraba entre tanta multitud, yo sentí el impacto directo de su mirada sobre mí. Aksel se detuvo de golpe. Con una compostura calculada que nadie más notó, levantó la mano derecha hacia su pecho, dio dos toques suaves justo sobre su corazón y luego cerró la mano en un puño firme antes de llevarse los dedos a la sien, en un gesto rápido y discreto que parecía una señal militar, una clave privada que solo nosotros dos entendíamos.

​Un gesto que decía: «Esto es para ti. Estoy contigo».

​El aire se me escapó de los pulmones. El calor me subió de golpe por el cuello, encendiendo mis mejillas debajo de la bufanda. En medio del rugido de miles de fanáticos que seguían coreando su nombre, en medio del show multimillonario del fútbol internacional y las cámaras de televisión que lo enfocaban de cerca, Aksel había detenido su universo entero durante dos segundos para dedicarme ese triunfo a mí.

​El partido terminó diez minutos después con una victoria gloriosa para su equipo. Mientras los jugadores daban la vuelta a la cancha para agradecer el apoyo del público, permanecí en mi asiento con el pulso acelerado y las manos temblorosas. Me sentía mareada de la emoción, abrumada por la certeza de que este hombre tan poderoso me pertenecía en cuerpo y alma, pero también con una punzada sutil de pánico en el fondo del estómago.

​Al comenzar a descender por las escaleras del estadio entre la multitud de aficionados que comentaban la jugada de Aksel y tomaban fotos con sus teléfonos, noté a varios fotógrafos con lentes telescópicos larguísimos apuntando hacia los accesos y las salidas del recinto. La adrenalina del golazo empezó a ser reemplazada por un frío de cautela. Había vivido la locura de su mundo desde las gradas en silencio, pero la forma en que los reflectores lo perseguían era una advertencia clara. El secreto que juramos proteger en la cafetería estaba sostenido por un hilo muy delgado, y la tormenta mediática estaba mucho más cerca de lo que ambos imaginábamos.

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