Una noche de borrachera, un auto destruido y un desconocido furioso. Así comienza la historia de Liandra: hacker, peleadora y dueña de una lengua tan afilada como su inteligencia.
Cuando destroza por accidente el auto de Henry Fernandes —multimillonario, CEO de tecnología y hombre acostumbrado a tener el control absoluto—, él le ofrece una salida que nadie esperaría: un matrimonio por contrato. Dos años. Reglas claras. Sin sentimientos.
Pero Liandra no es la esposa sumisa que la familia de Henry imaginaba. Abofetea rivales, hackea sistemas de seguridad, baila sobre mesas borracha y le dice "maridito" con una sonrisa que mezcla ironía y desafío.
Henry tampoco es lo que aparenta. Detrás de la fachada de empresario impecable se esconde un hombre con gustos peculiares… y un pasado que convirtió la intimidad en territorio de control. Cuando Liandra cruza esa línea, no retrocede. Pide más.
Lo que empieza como un acuerdo de conveniencia se transforma en algo que ninguno de los dos planeó: risas a las tres de la mañana, celos que queman, confesiones susurradas en la oscuridad y un "te amo" que tarda demasiado en llegar.
Pero cuando un primo obsesivo con trastornos psicópatas fija su mirada en Liandra, el contrato deja de importar. Lo que está en juego ya no es un acuerdo de papel.
Es la vida de la mujer que Henry ama.
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Capítulo 21
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Liandra narrando
Chicas…
Llegó la hora.
Y les voy a contar cómo estoy.
Y sobre todo…
cómo estoy vestida.
Porque, seamos sinceras…
esto es importante.
¿Mi vestido?
No es blanco común.
Es blanco hielo.
Sí.
Porque hasta en eso yo tenía que ser diferente.
Y, ¿sinceramente?
Por las fotos… se ve todavía más hermoso.
Estilo princesa.
Del tipo que nunca me imaginé usando.
Corsé en la parte de arriba, bien estructurado… con un escote de corazón que resalta todo en el lugar correcto.
¿Atrás?
Todo entrelazado.
Ajustado.
Perfecto.
La falda… enorme.
Llena.
Voluminosa.
De esas que te hacen ocupar espacio de verdad.
Porque yo no nací para pasar desapercibida.
Y claro…
tiene una abertura.
Porque una princesa también puede ser atrevida.
Subiendo hasta el muslo.
En su justa medida.
Ni demasiado.
Ni muy poco.
El vestido entero tiene brillo… pero no exagerado.
Se concentra más en la parte de abajo, entonces cuando camino…
parece que cobra vida.
Llevo un collar de diamantes.
Sí.
A cuenta de mi futuro marido.
Hay que aprovecharlo, ¿no?
El velo tiene más o menos un metro…
con detalles de encaje que combinan perfectamente.
En los pies, un stiletto blanco…
con un moño enorme atrás.
Porque el drama nunca es demasiado.
¿Y en la cabeza?
Una corona.
Sí.
Una corona.
Porque hoy…
yo soy la reina de esta historia.
¿El maquillaje?
Un poco más marcado…
pero todavía delicado.
Equilibrio.
Siempre.
Elegí casarme al final de la tarde.
Porque el cielo se pone más bonito.
Más cálido.
Más… especial.
Y yo quería eso.
Quería sentir.
Cada detalle.
Cada momento.
Ah… y hay más.
Le preparé una sorpresa a Henry.
Fuegos artificiales en la fiesta.
Porque, bueno…
si vamos a hacerlo, vamos a hacerlo bien.
Lo sé…
lo sé…
soy una romántica incurable.
Y hoy…
voy a vivirlo todo.
Intensamente.
Sin miedo.
Sin freno.
Solo hay una cosa…
que necesito recordar.
No puedo enamorarme de él.
No puedo.
…¿verdad?
El espacio estaba envuelto en una luz suave, de esas que no llegan gritando, sino que entran como poesía rozando las cosas. Si era al aire libre, el viento pasaba entre telas y flores como si estuviera curioso. Si era en un salón, las velas y las lámparas creaban una constelación doméstica, casi íntima, como si el cielo hubiera sido colocado dentro de una sala solo para ese día.
Los invitados llegaban poco a poco, con sonrisas que cargaban memoria y expectativa al mismo tiempo. Había un murmullo leve, hecho de saludos, risas pequeñas y ese silencio intermitente que aparece cuando alguien percibe que algo importante está a punto de suceder.
Las sillas estaban alineadas como si ellas también estuvieran prestando atención. Las flores se esparcían en tonos escogidos con cuidado: algunos blancos que evocaban calma, otros coloridos que parecían haber sido arrancados de un sueño más atrevido. El aroma mezclaba perfume, naturaleza y un poco de ansiedad dulce.
Entonces la música cambió.
No necesitaba ser fuerte. En realidad, casi nunca lo era. Surgió como un hilo invisible que jalaba a todos hacia el mismo punto. Era la señal de que algo estaba empezando a tomar forma.
La entrada de los padrinos ocurrió como pequeños capítulos de una historia que se organizaba. Cada uno llevaba una sonrisa medio contenida, medio orgullosa, como quien sabe que forma parte de algo que será recordado después. Pasaban y dejaban en el aire una sensación de continuidad, como si estuvieran preparando el camino.
Y entonces hubo ese momento de pausa.
El tipo de pausa que no está vacía, sino demasiado llena.
La expectativa crecía como una marea silenciosa. Alguien respiró hondo. Otro se acomodó discretamente la ropa. Había miradas que buscaban el origen del próximo instante.
Cuando la entrada principal ocurrió, todo cambió de ritmo.
La persona apareció y el ambiente pareció reorganizar su propio significado. Cada paso era lo suficientemente lento para ser sentido, pero no tan lento como para parecer artificial. El camino parecía más largo de lo que realmente era, como si el tiempo hubiera decidido estirarse un poco solo para acompañar.
Los ojos de los invitados seguían, algunos brillando más de lo que les hubiera gustado admitir. Había manos apretando otras manos. Había sonrisas que intentaban contenerse y fallaban con elegancia.
El encuentro en el altar o en el centro de la ceremonia fue uno de esos instantes que no necesitan sonido para existir plenamente. Una mirada bastaba para atravesarlo todo.
La ceremonia en sí se desenvolvió como un tejido siendo cuidadosamente cosido en público. Las palabras se pronunciaban con peso y suavidad al mismo tiempo. Hablaban de compromiso, de elecciones repetidas todos los días, de permanecer incluso cuando lo cotidiano intenta dispersar las cosas.
A veces había risas, cuando un recuerdo ligero aparecía o cuando la emoción decidía tropezar y disfrazarse de humor.
En algún momento, llegaron los votos.
Y los votos tienen esa forma curiosa de transformar la voz en verdad expuesta. Las promesas se hacían no como grandes declaraciones distantes, sino como pequeñas decisiones que caben en días comunes. Hubo quien lloró, hubo quien sonrió sin darse cuenta de que estaba sonriendo tanto.
Después, las alianzas aparecieron como pequeños círculos de continuidad. Pasaron de mano en mano como si cargaran un secreto antiguo. Cuando fueron colocadas, hubo un instante casi imperceptible en que todo pareció encajar.
Y entonces el anuncio.
Ese momento en que la frase final liberó lo que estaba suspendido en el aire.
El beso no fue apenas un gesto, sino un cierre simbólico de algo que había comenzado mucho antes de ese día. Alrededor, los aplausos estallaron como lluvia ligera y alegre. Algunos gritaron, otros simplemente rieron, otros se quedaron en silencio un segundo más, como si quisieran guardar el instante sin interferencia.
La ceremonia terminó, pero no terminó de verdad.
Se disolvió en abrazos, fotos, pasos apresurados y conversaciones que intentaban dar cuenta de lo que acababa de suceder. El aire siguió diferente un rato más, como si el lugar hubiera memorizado todo.