El juzgado de guardia huele a café frío y a desinfectante, son las diez y cuarenta de la noche. Hay un juez con la corbata torcida, dos custodios, una abogada de oficio con tres claveles muertos en sus manos, y un novio culpable.
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Serbia. Cásate conmigo.
Seis meses después. San Lorenzo de El Escorial. Chimenea encendida, invierno afuera.
La cicatriz de Elena ya es una línea pálida. La casa de piedra ya huele a los dos: a libros de ella, a café de él, a rakija los domingos. Dragan a mantenido sus viajes entre Serbia y San Lorenzo de El Escorial.
Noche de confesiones. Vino tinto, pies descalzos, Dragan sin armadura.
“Vuković no empezó con sangre, _lepa_”, dice, mirando el fuego. “Empezó con piedra”.
Le cuenta. Sin adornos. Sin mentiras.
“Mi abuelo abrió minas de zinc en Bor en los 60. Mi padre lo volvió banco. Banco Adriático. Compramos deudas de guerra y vendimos paz a plazos. Por eso sé contar muertos y billetes con la misma mano”.
Elena escucha. No juzga. Ella también firmó defensas para demonios.
-Tuve todo, Elena. Menos a Dušan. Se le quiebra la voz solo ahí. “2017. Coche bomba. Iban por mí. Se llevaron a mi hrmano de 8 años. A su madre. Desde entonces no hay Belgrado. Solo hay negocios. Hasta que te vi en ese hotel-.
Se gira hacia ella y por primera vez sin mecha gris: se rapó el pelo hace un mes. “Año nuevo. Vida nueva”, dijo.
-Elena Duarte-, le toma la mano. La de la cicatriz en el costado.
No te quiero por una noche. No te quiero por venganza contra Marco. Te quiero para toda la vida que me quede. Con minas, con bancos, con enemigos. ¿Te asusta?”
Elena sonríe. Le besa los nudillos. Todos rotos de guerras viejas.
-Me asustaban las mentiras, serbio. Tú solo das miedo cuando callas. Y ya hablaste-.
*Seis meses pasan volando.*
Él le enseña a disparar mejor. Ella le enseña a dormir sin pistola bajo la almohada.
Él va a los juzgados a verla destrozar políticos. Ella va a juntas del Banco Adriático y calla a consejeros con una mirada.
Marco intenta contactar 14 veces. 14 veces los hombres de Dragan cuelgan por ella.
Vera manda una carta desde Lisboa: “Cuídate. O cuídate de él. Los Vuković no aman a medias”. Recuerda que sigo siendo esposa tuya. Marco rompe la carta y sigue bebiendo.
Mayo. 07:00. Maleta hecha, pasaportes en la mesa.
Dragan entra a la cocina con el móvil. “Se casa mi prima Milena. En Novi Sad. Quieren que vaya. Que vayamos”.
Deja de respirar un segundo. Serbia. Belgrado. La tierra donde enterró a Dušan. Donde Marco aprendió a mentir.
“¿Y si voy y no vuelvo, lepa?”, pregunta, medio en broma, medio probándola.
Elena cierra la maleta. Le pasa su pasaporte. Nuevo. Con espacio para sellos.
“Entonces aprendo serbio mejor y te busco. Dijiste para toda la vida, Vuković. No especificaste en qué país”.
Dragan la carga. La besa contra la pared de piedra. Sin palabras. Seis meses de ella le enseñaron que hay juramentos que no necesitan idioma.
*Belgrado. Junio. 29°C. Boda en la Fortaleza de Petrovaradin, Novi Sad.*
Elena pisa Serbia y no se quema. Porque va de la mano del único serbio que no le mintió.
Días agradables. De verdad.
Dragan le muestra el Danubio. “Aquí lloré a Dušan. Aquí te prometo que nunca llorarás sola”.
Cenan ćevapi en una kafana. Ella aprende a brindar: Živeli. Él aprende que se sonroja con el tercer rakija.
Conocen a la familia. Matriarcas con oro, tíos con cicatrices, primos que la miden. Milena, la novia, la abraza: “Por fin alguien que lo hace sonreír sin sangre de por medio”.
El abuelo Vuković, 82 años, le besa la mano: “Los ojos de la dama. Me gustas para mi nieto”.
El día de la boda llegó...
Elena de rojo oscuro. Dragan de negro, como siempre. Bailan kolo. Ella se equivoca, él la guía.
Toda Serbia los mira. El multimillonario huérfano y la abogada española que mató rusos en Madrid.
A medianoche, fuegos artificiales sobre el Danubio. Dragan la arrincona contra la muralla de la fortaleza. Lejos de la música.
“En esta piedra planeé guerras, lepa”, le dice, sin aliento. “Hoy solo planeo una vida. Contigo.
Cásate conmigo. Aquí. Ahora. Mañana. Cuando quieras. Pero dime que sí y Belgrado vuelve a ser casa”.
No hay anillo. No hace falta. Hay seis meses de balas esquivadas, de café compartido, de Dušan nombrado sin llorar.
Elena lo mira. Madrid queda lejos... Solo está este hombre de 35 años que sangró para que ella viviera.
Le rodea el cuello. “Sí, serbio. Para toda la vida que nos quede”.
Lo besa. Y Novi Sad entero explota en aplausos que no escuchan. Porque están ocupados inaugurando paz donde antes hubo tumba.
*Marco ve la foto en "Hola Serbia".* Dragan Vuković y Elena Duarte bailando en una boda.
Pie de foto: “El banquero del Adriático presenta a su prometida española”.
Rompe la copa. Por fin entiende: no la perdió en Maldivas. La perdió el día que decidió mentir.
Seis meses curaron la bala. Serbia los casó sin papeles pero con Danubio de testigo.*
La abogada ya no está sola. El Serbio ya no mata por odio.
La casa donde se quedan es hermosa y llena de cultura y recuerdos, Dragan se está acostumbrando a sonreír más seguido por Elena, la mujer que lo enamora día a día. Después de pasado lleno de mentiras, llega un presente con verdades sinceras y futuro con frutos.