Elena Vargas lo entregó todo por su familia.
Construyó un imperio desde cero, sacrificó sus sueños por su esposo y creyó que el amor podía superar cualquier obstáculo. Pero una noche descubre la verdad más cruel: Rodrigo, el hombre con quien compartió su vida, nunca la amó. Junto a su amante, ha pasado años robándole su empresa, manipulando a su hijo y convirtiéndola en la mujer desechable que ambos planean abandonar cuando ya no les sirva.
Humillada, traicionada y destrozada, Elena pierde la vida en un trágico accidente.
Pero el destino le concede un milagro imposible.
Despierta diez años en el pasado, justo antes de que todo se derrumbe.
Esta vez no cometerá los mismos errores.
No pedirá explicaciones. No suplicará amor. No volverá a confiar.
Mientras Rodrigo y su amante creen seguir manipulando a la esposa perfecta, Ele
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**Capítulo 20 La Noche Sin Nombre**
Elena todavía tenía la mirada fija en la puerta por donde Luciano había salido cuando decidió que no podía quedarse quieta. Lo llamó.
—Volvé —dijo apenas contestó—. Traé todo lo que tengas de los contratos pendientes.
Luciano regresó veinte minutos después. No preguntó nada. Solo dejó una carpeta gruesa sobre el escritorio y se sentó frente a ella.
Trabajaron toda la noche.
Revisaron cláusulas, números, posibles movimientos de Rodrigo. A las dos de la mañana ya habían pedido café. A las tres y media el silencio entre ellos cambió. Ya no hablaban solo de trabajo.
Luciano se recostó en la silla y la miró.
—¿Qué querías ser antes de la empresa? —preguntó de repente—. Antes de Rodrigo. Antes de todo esto.
Elena se quedó quieta. Tenía el bolígrafo en la mano y no supo qué contestar.
—No recuerdo —dijo por fin.
Luciano soltó una risa baja, sin humor.
—Eso es lo más triste que me han contado en mucho tiempo.
Ella levantó la vista. Tenía la garganta apretada.
—¿Y vos? —preguntó—. ¿Qué querías ser?
Luciano tardó en responder. Se pasó una mano por la mandíbula.
—Creía que podía cambiar cosas —dijo—. Que la gente era buena por defecto. Me quitaron eso bastante rápido.
Elena asintió. Tenía el pecho pesado.
—A mí también —murmuró.
Se hizo un silencio largo. Ninguno de los dos se movió.
—Entonces los dos llegamos aquí rotos —dijo ella.
Luciano la miró fijo.
—Sí —respondió—. Pero usted llegó de pie.
Nadie se movió. El silencio que siguió fue el más cargado que habían tenido hasta ahora. Elena sentía el corazón latiéndole fuerte. Tenía las manos frías y la respiración un poco agitada.
No sabía qué hacer con eso. Con él. Con lo que estaba empezando a sentir.
De pronto, su teléfono vibró sobre el escritorio. Era Samuel.
Lo atendió.
—Elena, Rodrigo acaba de presentar una contrademanda —dijo el abogado sin preámbulos—. Acusa de malversación grave y pide que te saquen de la empresa de inmediato.
Ella cerró los ojos.
—Entendido.
Colgó y miró a Luciano.
—Se movió —dijo simplemente.
Luciano se levantó.
—Entonces nosotros también.
Elena se quedó sentada un segundo más. Tenía la mandíbula tensa y un nudo en el estómago. Miró a Luciano, que ya estaba revisando papeles otra vez.
No sabía si podía confiar en él del todo.
Pero sabía que, por ahora, no quería que se fuera.
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Elena todavía tenía el teléfono en la mano cuando Samuel la llamó de nuevo. Contestó sin pensarlo dos veces.
—Dime.
—Camila contactó al fiscal —dijo Samuel sin preámbulos—. Ofreció testificar contra Rodrigo a cambio de inmunidad. Lo hizo sin avisarle a nadie. Ya entregó los documentos de una caja de seguridad que tenía guardada.
Elena se quedó quieta. Tenía la mandíbula apretada y el estómago revuelto.
—¿Qué documentos?
—De todo —respondió Samuel—. Transferencias, correos, hasta pruebas de que el padre de Rodrigo participó en el fraude original. Camila dinamitó a Rodrigo y a su propio suegro en el mismo movimiento.
Elena se pasó la mano por la cara. Tenía la respiración agitada.
—¿Y a mí?
Samuel tardó un segundo en contestar.
—A usted la dejó completamente fuera.
Elena cerró los ojos. Sintió un nudo en la garganta.
—¿Por qué haría eso? —preguntó.
—No lo sé —admitió Samuel—. Pero debería preguntárselo usted misma.
Colgó y se quedó mirando la pared de su oficina. Tenía las manos frías y el pecho apretado. Camila acababa de traicionar a Rodrigo. Y lo había hecho de la forma más brutal posible.
Mientras tanto, Rodrigo recibió la llamada en su despacho. El número del fiscal apareció en la pantalla. Contestó con mala cara.
—¿Qué pasa?
—Señor Vidal —dijo el fiscal con voz formal—. Camila López acaba de entregar evidencia contra usted. Va a testificar.
Rodrigo se quedó helado.
—¿Qué?
—Entre los documentos hay pruebas que involucran también a su padre. El caso se complica.
Rodrigo colgó sin responder. Marcó el número de Camila con dedos temblorosos.
Ella contestó al tercer timbre.
—¿Qué carajos hiciste? —gruñó Rodrigo.
Camila soltó una risa corta y amarga.
—Lo que tenía que hacer para salvarme —respondió—. Tú ibas a dejarme caer, Rodrigo. Lo vi en tus ojos la otra noche.
Rodrigo golpeó el escritorio con el puño.
—Hija de puta. Después de todo lo que hice por vos.
—¿Por mí? —Camila levantó la voz—. ¿O por vos mismo? Me usaste durante años. Me escondiste. Me prometiste todo y nunca cumpliste nada. Ahora que la mierda te llega al cuello, querés que me hunda contigo.
La conversación duró noventa segundos exactos.
Cuando Rodrigo colgó, se quedó solo en su despacho. Completamente solo por primera vez en su vida. No tenía aliados. No tenía salida. Solo tenía miedo.
Elena recibió la confirmación completa una hora después. Samuel le mandó un resumen por correo.
Camila había entregado todo. Incluyendo pruebas que involucraban al padre de Rodrigo en el fraude original de la empresa. La traición era total.
Elena se recostó en la silla y soltó un suspiro largo. Tenía la cabeza hecha un lío. Camila acababa de cambiar el tablero de juego. Y lo había hecho sin consultarle a nadie.
Su teléfono vibró. Mensaje de Luciano.
**“Me enteré de lo de Camila. ¿Estás bien?”**
Elena miró el mensaje un buen rato. No contestó. Todavía no sabía en quién confiar.
Se levantó, caminó hasta la ventana y miró hacia afuera. Tenía la mandíbula tensa y un sabor amargo en la boca.
La guerra se había vuelto más sucia.
Y ella ya no sabía quién era aliado y quién era enemigo.
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Ojalá que encuentren a Adriana Ferreti y entre las dos hundan a ese engendro.
Un duro golpe para ese muchacho de 17 años que apenas está empezando la vida y tener que enfrentar eso.
Me imagino que Luciano tiene amigos mafiosos y no quiere deberles nada así que los utilizará por el amor que siente por Elena.
Luciano está babeando por Elena y ella ya le está gustando Luciano que hasta lo besó.