Para sellar un acuerdo diplomático, un imponente emperador galáctico acepta comprometerse con un omega del salvaje planeta de las bestias. Sin embargo, un inesperado error en los registros altera los planes: en su lugar, recibe a un dulce e inocente gamma. A pesar de la confusión y el choque cultural, este tierno e inesperado compañero empezará a derretir el frío corazón del soberano.
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Cap 14
El gran comedor imperial se había transformado en el escenario de una paz idílica que desafiaba cualquier lógica de la alta política galáctica. Sobre la mesa de cristal templado, los sirvientes habían colocado un majestuoso pastel de chocolate de varios pisos, cubierto con una ganache brillante y virutas de cacao traídas de los sectores más exclusivos de la galaxia. Nesta, con las orejas pomposas erguidas hacia el frente y un brillo de absoluta victoria en sus grandes ojos felinos, saboreaba cada bocado con extrema delicia. Tenía la comisura de los labios completamente manchada de dulce y su colita afelpada se balanceaba de un lado a otro, golpeando rítmicamente la pierna de Zarek con una felicidad que no se molestaba en ocultar. El emperador, por su parte, continuaba sosteniendo el plato dorado con una mano mientras observaba al pequeño gamma con una expresión suave, casi hipnotizado por los tiernos ronroneos que la criatura emitía tras cada cucharada.
La burbuja de dulzura se rompió cuando Alistair entró precipitadamente al comedor. El canciller principal ya no sostenía a la mascota esponjosa —la cual dormía plácidamente en una cesta tras haber sido alimentada en las cocinas—, sino que portaba el gran proyector holográfico de comunicaciones del senado. Su rostro reflejaba una mezcla de alivio y pánico absoluto.
—Zarek, finalmente se ha establecido la conexión directa con el planeta de las bestias —anunció Alistair con voz entrecortada, deteniéndose al final de la mesa—. El canal es privado y de alta prioridad. El líder del clan exige hablar de inmediato con la máxima autoridad del imperio. Estaba… sumamente alterado.
Zarek desvió sus gélidos ojos grises hacia su amigo, recuperando por un instante su aire imponente, aunque no hizo el menor amago de bajar a Nesta de su regazo. Al contrario, sus dedos enguantados se posaron de manera sutil y posesiva sobre la cintura del muchacho, asegurándolo contra su pecho.
—Enciende el proyector, Alistair —ordenó el emperador con voz profunda—. Veamos qué tiene que decir el líder de las bestias.
El canciller presionó el botón digital y una inmensa pantalla holográfica de color azul brillante se desplegó en mitad del comedor. De inmediato, la imagen reveló el despacho de roble del planeta aliado, pero la atmósfera allí era de pura guerra. En el centro de la pantalla apareció el colosal padre de Nesta, con los ojos inyectados en sangre, los colmillos sutilmente expuestos y un aura de alfa enfurecido que traspasaba la distancia estelar. Detrás de él, sus tres hermanos mayores, Bane, Rul y el segundo primogénito, sostenían hachas y espadas de plasma con expresiones asesinas, listos para abordar una nave de guerra. Incluso Kala, que todavía vestía su elegante traje de novia ceremonial, se mantenía firme con una mirada cargada de una furia protectora implacable.
—¡Escúchame bien, emperador de Astris! —rugió el padre de Nesta a través del canal de audio, haciendo temblar los altavoces con una vibración ensordecedora—. ¡Sé perfectamente que tu imperio es un coloso militar, pero me importa un bledo tu flota espacial! ¡Han secuestrado a mi hijo menor! ¡A mi pequeño bebé! Si tocas un solo cabello de mi Nesta, si se derrama una sola lágrima de sus ojos por tu culpa, juro por la sangre de mis ancestros que movilizaré a cada clan salvaje y desataremos un infierno en tu capital que jamás podrás olvidar. ¡Devuélveme a mi hijo ahora mismo!
La amenaza habría hecho temblar a cualquier diplomático de la galaxia, pero Zarek permaneció imperturbable en su trono. El emperador simplemente enarcó una ceja, manteniendo su gélida compostura. Sin embargo, antes de que el monarca pudiera emitir una sola palabra de réplica con su habitual carácter cortante, una voz sumamente dulce e infantil interrumpió la tensión dramática de la llamada.
—¿Papá? —preguntó Nesta, deteniendo la cuchara a mitad de camino y parpadeando con sorpresa al ver la pantalla holográfica.
Al escuchar esa vocecita, la furia asesina del líder del clan y de los tres hermanos alfas se congeló en un milisegundo. Las mandíbulas de los imponentes guerreros se abrieron por completo y las armas de plasma flaquearon en sus manos. Kala dio un paso al frente, con los ojos abiertos de par en par.
La imagen que la familia del planeta de las bestias estaba presenciando a través del comunicador era algo que jamás habrían imaginado ni en sus peores pesadillas. Su pequeño, tierno y dependiente Nesta, a quien creían encerrado en una celda oscura o temblando de miedo ante el monstruo despiadado de Astris, se encontraba cómodamente instalado en el regazo del mismísimo emperador Zarek. El muchacho tenía la carita salpicada de chocolate, sostenía un plato de postre real y sus pomposas orejas felinas daban pequeños giros de alegría mientras batía su colita afelpada alrededor del brazo del soberano.
—¡¡Nesta!! —exclamó el padre, con la voz quebrada por una mezcla de alivio extremo y confusión absoluta—. ¡Mi cielo! ¿Estás bien? ¿Te hicieron algo malo esos hombres de metal?
—¡No, papá! ¡Mira! —respondió Nesta con una gran sonrisa radiante, señalando el pastel con entusiasmo—. ¡Mi nuevo amigo Zarek es súper bueno! Me dio un pastel de chocolate gigante que está riquísimo. Y jugamos a que tenía que comer las verduras feos para ganarme el premio, ¡pero solo me obligó a comer un poquito, no como tú! Además, sus soldados me prepararon leche caliente con mucha espuma y cuidaron a mi mascota. ¡Es un lugar muy lindo!
Rul se quedó con la boca abierta, rascándose la nuca con total torpeza al ver que su tierno hermano menor había domesticado al emperador más temido de la galaxia en cuestión de horas. Bane y el líder del clan miraron fijamente las manos de Zarek, notando cómo el monarca sostenía con extrema delicadeza al gamma, sin rastro del temperamento horrible del que todo el universo hablaba.
Zarek, aprovechando el silencio atónito de la familia aliada, enderezó la espalda y clavó su mirada gris en el líder del clan, adoptando una postura sumamente territorial y posesiva que dejó en claro sus intenciones.
—Como verán, líder del clan, su hijo se encuentra en perfectas condiciones —declaró Zarek con una voz profunda, firme y cargada de una extraña serenidad—. Es verdad que la tripulación cometió un error administrativo catastrófico al embarcar a Nesta en lugar de a su hija Kala. Sin embargo, el tratado diplomático de compromiso ya ha sido firmado, sellado y notificado al senado central de Astris. El imperio ya ha aceptado a su consorte.
—¡Pero él es un gamma! ¡Es mi bebé consentido! —protestó el padre, aunque su tono ya no era de furia, sino de una desesperada preocupación paterna—. No sabe nada de política, es muy dependiente, ¡llora si se queda solo! No puede ser tu emperatriz.
—Sé perfectamente lo que es: una joya mística que su planeta no supo proteger de su propia distracción —replicó Zarek, estrechando sutilmente a Nesta contra su pecho, lo que hizo que el gamma emitiera un suave ronroneo defensivo—. No tengo la menor intención de anular el tratado ni de devolverlo. Si su preocupación es el bienestar de Nesta, les aseguro que este palacio se moverá exclusivamente para cumplir cada uno de sus caprichos. Tendrá todo el chocolate que desee y jamás estará solo. El compromiso se mantiene. El gamma se queda conmigo.
Nesta, ajeno por completo al peso de las palabras colonizadoras del emperador, simplemente asintió con la cabeza mientras le daba otro mordisco a su pastel, mirando a su familia con total inocencia. El líder del clan del planeta de las bestias miró a sus hijos mayores y luego a Kala, dándose cuenta de que, por un maravilloso y absurdo error del destino, su pequeño felino consentido acababa de reclamar el trono más poderoso del cosmos sin siquiera proponérselo.