Novela +18
Mi nombre es Lucia Westton, la hija legítima del Marqués Arturo Westton.
Durante años viví rodeada de amor, lujos y tranquilidad… hasta que mi madre murió en un trágico accidente de carruaje después de una fiesta de té.
Creí que aquella sería la peor tragedia de mi vida.
ME EQUIVOQUÉ.
Poco después descubrí que mi padre había ocultado una amante… y una hija ilegítima: Laura Westton.
Desde el momento en que ellas cruzaron las puertas de la mansión, todo cambió.
Mi hogar dejó de sentirse seguro.
Las miradas se volvieron frías.
Los susurros comenzaron en la oscuridad.
Entonces Laura me convenció de jugar un extraño juego.
Dijo que podría ayudarme a hablar con mi madre una última vez.
PERO ALGO SALIÓ MAL.
Ahora… algo me sigue desde las sombras.
Lo veo en los espejos.
Escucho sus pasos detrás de mí.
Siento sus manos heladas rozando mi cuello mientras duermo.
¡TENGO MIEDO!
Y lo peor de todo…
¡NADIE ME CREE!
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CAPÍTULO 19 — NO ME CREE
Mis pensamientos fueron interrumpidos cuando una sirvienta apareció al final del corredor.
—Señorita Lucia.
Levanté la vista.
—¿Qué ocurre?
La sirvienta hizo una reverencia.
—El señor desea verla inmediatamente en su despacho.
Sentí un nudo en el estómago.
—Entiendo.
La sirvienta se retiró y yo continué caminando.
No tardé en llegar al despacho de mi padre.
Tomé aire.
Golpeé la puerta.
—Adelante.
Entré.
Mi padre se encontraba sentado detrás del escritorio revisando varios documentos.
Cuando levantó la vista hacia mí, su expresión era seria.
Demasiado seria.
—Siéntate.
Obedecí.
Durante unos segundos ninguno habló.
Finalmente fue él quien rompió el silencio.
—Quiero saber qué ocurrió ayer.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Ayer?
—No te hagas la desentendida.
Su voz se volvió más dura.
—Estabas tirada en el suelo del pasillo gritando como una desquiciada.
Sentí cómo mis manos comenzaban a temblar.
Recordaba perfectamente aquello.
El lobo.
Las muertes.
Los gritos.
El dolor.
Y luego despertar rodeada de sirvientes.
Mi padre continuó observándome.
—Clarissa lo vio.
—Laura también.
—Los sirvientes lo vieron.
—Yo mismo lo vi.
Bajé la mirada.
—Padre...
—Explícate.
Por primera vez decidí decir la verdad.
Toda la verdad.
—Hace varios días Laura me dio una caja.
Mi padre frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué clase de caja?
—Un juego.
—Me dijo que podía ayudarme a hablar con mamá.
El silencio llenó la habitación.
Continué hablando.
Le conté cómo había jugado.
Cómo habían aparecido cosas extrañas.
Cómo comenzaron las pesadillas.
Las voces.
Las apariciones.
Las sonrisas antinaturales de los sirvientes.
Las presencias que me observaban.
El monstruo.
El miedo constante.
Y finalmente lo que había sucedido el día anterior.
—Padre, un demonio me está persiguiendo.
Mi voz se quebró.
—Tengo miedo.
Mi padre permaneció inmóvil.
Su expresión se volvió cada vez más oscura.
Pero no parecía preocupado.
Parecía molesto.
—¿Y pretendes que crea semejante disparate?
Sentí que mi corazón se hundía.
—¡Es verdad!
—¿Verdad?
Mi padre golpeó el escritorio.
—¿Escuchas lo que estás diciendo?
—¡No estoy mintiendo!
—Entonces explícame por qué nadie vio nada.
Abrí la boca.
Pero no salieron palabras.
—Cuando estabas tirada en el suelo del pasillo —continuó—, no había ningún demonio.
—No había ningún monstruo.
—No había absolutamente nada.
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
—Pero yo lo vi...
—Lo que yo vi fue a mi hija gritando sola.
—¡Leer tantas novelas te afectado la cabeza!
Apreté los dientes.
—Padre...
—Basta.
Su paciencia parecía agotarse.
—Y ahora intentas culpar a Laura.
—Porque fue ella quien me dio el juego.
—¿Y eso demuestra algo?
—¡Ella me confesó que lo planeó todo!
Mi padre soltó una risa amarga.
—¿Y también debo creer eso?
—Es la verdad.
—Lucia Westton.
Su voz se volvió fría.
—Laura ha pasado meses intentando acercarse a ti.
—Te ha defendido.
—Te ha ayudado.
—Ha intentado ser una hermana para ti.
—¿Y ahora quieres acusarla de intentar destruirte?
Sentí impotencia.
Desesperación.
Porque sabía exactamente lo que había escuchado.
Sabía que Laura me había confesado todo.
Pero no tenía pruebas.
Ninguna.
Justo en ese momento escuchamos unos golpes en la puerta.
Mi padre respondió.
—Adelante.
La puerta se abrió.
Y Laura entró acompañada por Clarissa.
Mi estómago se contrajo al verla.
Ella me dedicó una mirada inocente.
Como si nada hubiera ocurrido.
Como si aquella conversación en su habitación jamás hubiera existido.
Mi padre suspiró.
—Bien.
—El tema termina aquí.
Lo miré sorprendida.
—¿Qué?
—No seguiré escuchando acusaciones sin pruebas.
Laura tomó asiento junto a Clarissa mientras fingía preocupación.
—¿Ocurre algo, padre?
—Nada importante.
Respondió él.
Luego dejó los documentos sobre el escritorio.
—Las llamé porque debo informarles algo.
Mi padre cruzó las manos sobre el escritorio y me observó con evidente desaprobación.
—Dentro de unos días se celebrará el debut de la princesa.
Clarissa sonrió de inmediato, mientras Laura aparentaba sorpresa y entusiasmo.
—¿El debut real? —preguntó ella.
—Así es —respondió mi padre—. Toda la nobleza importante asistirá.
Luego sus ojos se clavaron en mí.
Su expresión se endureció.
—Y tú también asistirás.
Un mal presentimiento recorrió mi cuerpo.
—Padre...
—Escúchame bien, Lucia.
Su voz fue cortante.
—No quiero escándalos.
—No quiero gritos.
—No quiero historias sobre demonios.
—Y no quiero que hagas nada que avergüence a nuestra familia.
Apreté los labios.
—Pero...
—¿He sido claro?
Bajé la mirada.
Sabía que discutir era inútil.
—Sí, padre.
—Perfecto. Entonces pueden retirarse.
Mi padre volvió a concentrarse en los documentos sobre el escritorio, dando por terminada la conversación como si nada de lo que acababa de decir importara.
Me levanté lentamente.
Sentía un enorme vacío en el pecho.
No me había creído.
Ni una sola palabra.
Di media vuelta y caminé hacia la puerta.
Cuando estaba a punto de salir, sentí una mirada clavarse en mi espalda.
Volteé lentamente.
Clarissa estaba ocupada hablando con mi padre.
Ninguno de los dos parecía prestarle atención a Laura.
Y fue entonces cuando la vi.
Con una sonrisa.
Cruel.
Arrogante.
Llena de satisfacción.
Como la de alguien que acababa de conseguir exactamente lo que quería.
Sus labios se curvaron apenas un poco más mientras levantaba una ceja.
No necesitó pronunciar una sola palabra.
Su mirada lo decía todo.
"¿Lo ves?"
"Nadie te cree."
"Y nadie va a creerte jamás."
Sentí que las manos me temblaban.
Laura inclinó ligeramente la cabeza, fingiendo inocencia por si alguien llegaba a mirarla.
Pero antes de que me marchara, movió los labios lentamente.
Tan despacio que solo yo pude entenderlo.
—Patética.
Mi respiración se cortó por un instante.
Aquellas pocas letras me golpearon más fuerte que cualquier insulto.
Porque venían de alguien a quien había llegado a querer.
Porque durante mucho tiempo la había considerado una verdadera hermana.
Laura volvió a sonreír.
Una sonrisa burlona.
Venenosa.
Disfrutaba viéndome sufrir.
Disfrutaba viendo cómo nadie me creía.
Disfrutaba viendo cómo todo aquello se derrumbaba a mi alrededor.
Apreté los puños con fuerza para no llorar delante de ella.
No iba a darle esa satisfacción.
Aparté la mirada y abandoné el despacho.
El eco de mis pasos resonó por el pasillo mientras intentaba contener las lágrimas.
Mi pecho dolía.
Dolía más que cuando mi padre me había castigado.
Más que cuando los sirvientes me despreciaban.
Porque aquella vez no era odio lo que sentía.
Era traición.
vamos Lucia a gozar del cardenal, que está es papasito así este en silla de ruedas, lo demás debe responder jajajajajjajajajajajajua
Ho ayy si🤔