Adrián y Valentina son una pareja perfecta ante los demás. Él es un abogado exitoso; ella, una restauradora de arte. Pero todo se quiebra cuando Valentina descubre que su mejor amiga, Daniela, y su propio esposo la engañan desde hace años. Lo que Valentina no sabe es que Adrián planeó todo para quedarse con su herencia. El tercero en discordia es Leonardo, un socio de Adrián que guarda un secreto: está enamorado de Valentina desde la universidad y ha esperado una década para destruir a Adrián desde dentro
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Capítulo 11 – La carta que nunca debí leer
Valentina volvió a casa a las tres de la madrugada. Adrián estaba durmiendo profundamente, como si no hubiera pasado nada. Como si unas horas antes no hubiera estado planeando asfixiarla con gas mientras ella dormía. Se quedó de pie junto a la cama, mirándolo. La luz de la luna dibujaba su mandíbula fuerte, sus pestañas oscuras. Era hermoso. Y era un monstruo.
Se acostó a su lado sin hacer ruido. No durmió. Se quedó mirando el techo hasta que el sol empezó a filtrarse por las persianas. A las siete, Adrián se despertó, la besó en la frente y se fue al baño. Valentina esperó a oír el agua de la ducha.
Luego se levantó y fue al estudio.
Adrián había cometido un error. El jueves, antes de ir al hotel, había dejado la llave del cajón donde guardaba los documentos más sensibles. No en el jarrón chino. En el bolsillo de su chaqueta. La chaqueta estaba colgada en el respaldo de una silla, como si confiara en que nadie la tocaría.
Valentina metió la mano en el bolsillo. Encontró la llave. Abrió el cajón.
Esta vez no había fotografías. Había una carta.
No era una carta cualquiera. Era un sobre de color marrón, sin remitente, con su nombre escrito a mano. La caligrafía era la de Daniela. Esa letra pequeña e inclinada que tanto admiraba. Valentina rompió el sobre con manos temblorosas y leyó.
"Querida Valentina:
Si estás leyendo esto, es porque yo ya no pude decírtelo en persona. O porque Adrián me lo impidió. Mi nombre es Rocío Jiménez. No me conoces, pero tuve tu misma edad cuando conocí a Adrián. Él también me prometió el mundo. También me hizo sentir única. También me mintió.
Escribo esta carta porque sé que no voy a salir viva de esta casa. Adrián me tiene prisionera. Me trae comida cada tres días. Me pega cuando grito. Me dice que si firmo los papeles, me dejará ir. Firmé todo hace meses. Y sigo aquí.
Te escribo a ti porque he visto tus fotos en los planes de Adrián. Eres la siguiente. Después de mí, irá por ti. Y luego por otra. Y por otra. Hasta que se acabe el dinero o se acabe el mundo.
No confíes en Daniela. Ella no es tu amiga. Ella es su perra. Ella lo ayuda a elegir a las víctimas. Ella limpia después de él. Pero también tiene miedo. Si alguna vez puedes llegar a ella, hazle saber que el miedo no es una excusa para ser cómplice de un asesino.
No sé si alguien encontrará esta carta. No sé si tú la leerás. Pero si lo haces, huye. Corre. No mires atrás. No intentes probar nada. No intentes vengarte. Solo vete. Porque él no se detiene. Nunca se detiene.
Con el corazón roto,
Rocío
PD: Me duele más haber confiado en él que lo que él me ha hecho. El amor no debería doler así. Recuérdalo siempre."
Valentina leyó la carta tres veces. La primera con los ojos secos. La segunda con lágrimas rodando por sus mejillas. La tercera con una furia tan fría que le quemó las entrañas.
Rocío había escrito esa carta desde el sótano de su propia casa. La había escrito sabiendo que iba a morir. Y la había escondido donde Adrián nunca la encontraría. En un sobre dirigido a una desconocida. A la siguiente víctima.
Valentina guardó la carta en su mochila junto con las demás pruebas. Luego cerró el cajón, devolvió la llave a la chaqueta de Adrián y volvió a la cama justo cuando él salía de la ducha envuelto en una toalla.
—¿No te has levantado aún? —preguntó él, secándose el pelo.
—Estaba descansando un poco más —respondió ella, con una sonrisa que le costó Dios y ayuda mantener.
—Hoy tengo que ir temprano al bufete. ¿Cenamos juntos esta noche?
—Claro.
—Te quiero.
—Yo también.
Adrián se vistió y salió. Valentina escuchó el coche alejarse y luego se permitió llorar. No por ella. Por Rocío. Por todas las mujeres que habían creído en un hombre que solo veía números en sus cuentas bancarias.
Llamó a Leonardo.
—Tengo una carta de Rocío —dijo sin preámbulos.
—¿Qué?
—Una carta que escribió desde el sótano. Dirigida a mí. Habla de todo. Del cautiverio. De Daniela. De que Adrián nunca se detiene.
—¿Dónde estaba?
—En el cajón del estudio de Adrián. No sé por qué la guardaba. Quizá como trofeo. O quizá por si necesitaba chantajear a Daniela.
—Esa carta es la prueba que necesitamos. El ADN de Rocío estará en el sobre. Las huellas de Adrián también. Si la policía la analiza…
—Lo sé. Pero no podemos llevarla aún. Si Adrián nota que falta, huirá. Primero tenemos que atarlo con algo más. La grabación del hotel es buena, pero la carta es la sentencia.
—¿Qué propones?
—Esperar al próximo jueves. Él dijo que iba a intentar lo del gas. Le diremos a la policía que esté preparada. Cuando intente abrir la llave, lo detendrán in fraganti. Y entonces, con la carta, la grabación y el testimonio de Daniela, lo enterramos para siempre.
—¿Daniela va a testificar?
—Sí. A cambio de protección.
—¿Confías en ella?
—No. Pero no necesito confiar en ella. Necesito usarla.
Leonardo se quedó en silencio unos segundos.
—Eres increíble —dijo al fin.
—No soy increíble. Solo no me queda nada que perder.
Colgó. Se levantó de la cama y fue a la cocina. Preparó café. Mientras el agua hervía, sacó el diario de Rocío y lo abrió por la última página. La mancha de sangre ya era marrón. La palabra "ADRIÁN" seguía allí, gritando desde el papel.
Valentina cerró el cuaderno y lo guardó junto a la carta.
Faltaban seis días para el próximo jueves. Seis días para que Adrián intentara matarla. Seis días para que ella lo atrapara en su propia trampa.
Bebió el café amargo y sonrió.
—Que empiece la cacería —susurró.