Ramiro y Penélope comparten la misma calle, el mismo amor por la masa y un odio mutuo tan fermentado como el mejor pan. Él es un purista de la tradición; ella, una científica loca del azúcar. Cuando el "Gran Festival del Pastel de Oro" amenaza con arruinar a uno de los dos, se desata una guerra de espionaje industrial casero, sabotajes ridículos y encuentros a medianoche que terminarán demostrando que, en la cocina y en el amor, los opuestos no solo se atraen... se hornean juntos.
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Capítulo 14: Una cena sin delantal
La última guirnalda del festival benéfico ya había sido recogida, y el silencio nocturno volvía a adueñarse de Villa Delicia. Tras limpiar hasta el último rastro de hollín y chocolate de la cocina del asilo, Ramiro y Penélope salieron al aparcamiento trasero. El cansancio les pesaba en los párpados, pero sus estómagos vacíos rugían con una fuerza sorda que competía con el motor en ralentí de la furgoneta de reparto. El olor a pan dulce se había desvanecido, dejando paso al aire fresco de la medianoche.
Ramiro se detuvo junto a la puerta del conductor, jugueteando con las llaves entre los dedos. Se pasó una mano por el pelo, desordenando los mechones que ya no estaban cubiertos por la gorra de panadero, y se rascó la nuca con una timidez que Penélope jamás le había visto. Miraba al suelo, luego a los faros del vehículo y finalmente fijó sus ojos en ella.
—Oye... Penélope —comenzó, aclarándose la garganta para camuflar el nerviosismo—. Supongo que tú tampoco has probado bocado en todo el día. Las pulguitas integrales no cuentan.
Penélope se detuvo a medio camino hacia su propio coche. Se cruzó de brazos para protegerse de la brisa, observándolo con una ceja arqueada, aunque la dureza de sus ojos había desaparecido por completo tras la batalla del catering.
—Si tengo que ver un solo gramo de harina o azúcar en las próximas ocho horas, creo que voy a tener un colapso nervioso, Ramiro —admitió ella con una sonrisa cansada.
—Precisamente por eso... —Ramiro dio un paso hacia delante, acortando la distancia entre ambos. Sus gestos eran torpes, desprovistos de la rigidez profesional habitual—. Conozco un sitio. Está a las afueras, junto a la carretera comarcal. Es un puesto de remolque. No venden pan, no venden pasteles, y el dueño no sabe lo que es la masa madre. Es el único lugar neutral del mapa. ¿Te apetece?
Penélope lo miró fijamente. La idea de compartir mesa con su rival histórico fuera del horario laboral habría parecido una locura veinticuatro horas antes, pero el calor del choque de manos en el jardín seguía latente en su memoria. Vio la vulnerabilidad en la postura de Ramiro y sintió un vuelco sutil en el pecho.
—Hamburguesas grasientas a medianoche —dijo ella, suavizando los labios—. Es lo más sensato que has dicho en toda la semana. Guíame con la furgoneta.
El establecimiento se reducía a un remolque de acero inoxidable iluminado por tubos de neón parpadeantes y rodeado por tres mesas de plástico rojo bajo una lona. El olor a grasa frita, cebolla caramelizada a la plancha y panceta ahumada cubría el lugar como un bálsamo reconfortante. Era el polo opuesto a la pulcritud de sus respectivos obradores.
Por primera vez, no llevaban delantales ni chaquetillas con sus nombres bordados. Penélope vestía una chaqueta de punto holgada de color mostaza y unos vaqueros desgastados; Ramiro usaba una camisa de cuadros oscuros con las mangas remangadas hasta los codos, revelando unos antebrazos fuertes curtidos por los años de amasar a mano. Al sentarse frente a ella en las sillas de plástico, Ramiro se sintió extrañamente expuesto, como si la falta de su uniforme tradicional le quitara un escudo.
Las hamburguesas llegaron envueltas en papel parafinado, desbordando queso fundido y salsas industriales. Penélope atacó la suya sin ningún tipo de etiqueta pastoral, lo que provocó una mirada de asombro divertido por parte del panadero.
—¿Qué? —preguntó ella con la boca medio llena, limpiándose un hilo de queso con el dorso del dedo—. Te dije que tenía hambre. Aquí no hay espacio para la alta repostería.
—No, no, me parece perfecto —sonrió Ramiro, relajando los hombros por completo. Dio un mordisco a la suya, saboreando el exceso de sal y grasa—. Es solo que... es raro verte así. Sin purpurina en las pestañas.
—Y a ti es raro verte sin esa cara de estar calculando la humedad relativa del aire —replicó ella, mirándolo a los ojos con una chispa de picardía—. Cuéntame, traditionalist. ¿Qué hace Ramiro cuando no está persiguiendo bacterias en la masa madre?
La conversación fluyó con una facilidad asombrosa, desprovista de las pullas afiladas de los últimos meses. Hablaron de la presión de mantener los negocios familiares, del miedo a la soledad del autónomo y de cómo Villa Delicia podía llegar a asfixiar con sus chismes vecinales. Descubrieron que compartían los mismos desvelos de madrugada, las mismas facturas que pagar a fin de mes y el mismo amor obsesivo por el oficio, aunque lo expresaran de formas opuestas.
En mitad de la cena, Ramiro dejó la hamburguesa sobre el papel y se enderezó en la silla, recreando la escena del juicio del día anterior.
—¡Mírelos, señor juez! —exclamó Ramiro, impostando la voz grave y pomposa del alcalde, mientras se llevaba una mano a la cabeza simulando sostener la bolsa de agua caliente—. ¡Esa tarta de chocolate ha corroído el revestimiento de mi esófago municipal! ¡Es un complot de la levadura!
Penélope, que justo en ese momento estaba dando un trago a su refresco de naranja, abrió los ojos de par en par. El ataque de risa la tomó por sorpresa; tuvo que taparse la boca a toda prisa con la mano mientras contenía el líquido, soltando un resoplido sonoro que hizo que un par de gotas salieran despedidas sobre la mesa.
—¡Eres un idiota! —logró decir entre carcajadas, limpiándose las lágrimas de los ojos con el puñuelo de la chaqueta—. Lo has clavado. Tenía exactamente esa misma cara de mártir de la digestión.
Ramiro la observaba reír, contagiado por el sonido limpio de su carcajada. En el espacio estrecho entre ambos, bajo la luz mortecina del neón, la animadversión del pasado se disolvió por completo. La electricidad que flotaba en el aire ya no quemaba como el rencor de la competencia; era una atracción magnética, pura y pausada, que los empujaba a inclinarse hacia delante, buscando la mirada del otro sobre la mesa de plástico.
La risa de Penélope se fue apagando poco a poco, dejando paso a un silencio denso, pero extrañamente cómodo. Ella se recolocó un mechón de pelo detrás de la oreja, un gesto que delataba una repentina timidez que contrastaba con su habitual desparpajo. Ramiro la observaba con una fijeza nueva, concentrado en los pequeños detalles: el brillo de los neones reflejado en sus pupilas oscuras y la mancha diminuta de salsa barbacoa que le había quedado justo en la comisura derecha del labio superior.
El pulso de Ramiro se aceleró de un modo que nada tenía que ver con el calor de los hornos. Movido por un impulso que no se detuvo a analizar, estiró la mano derecha a través de la mesa. Sus dedos, grandes y callosos por el trabajo rústico, se movieron con una delicadeza extrema. Rozó la mejilla de Penélope con el dorso del índice; su piel estaba templada y suave.
Penélope contuvo el aliento. El contacto físico la dejó inmóvil, sus ojos fijos en los de él, sintiendo que una oleada de calor le recorría la espina dorsal. No se apartó. Al contrario, ladeó ligeramente la cabeza, aceptando el contacto mientras los dedos de Ramiro ascendían con lentitud para limpiar con el pulgar la pequeña mancha de salsa de su labio.
El ambiente se volvió espeso, cargado de una ternura inesperada. Ramiro se inclinó un poco más, sus rostros acortando la distancia física, el aroma a cebolla a la plancha desapareciendo de su conciencia colectiva, reemplazado por la cercanía de sus respiraciones. El primer beso de los artesanos de Villa Delicia parecía inevitable, suspendido en el aire de la carretera comarcal.
Para disimular la intensidad del momento y recuperar un segundo de aire, Ramiro retiró la mano, regresó a su posición y, de manera mecánica, agarró la última patata frita del plato —una especialmente grande, crujiente y mal escurrida— y se la metió en la boca de un solo golpe justo cuando iba a decir algo profundo.
El destino, sin embargo, tiene un sentido del humor perverso.
La patata frita tomó el camino equivocado de la laringe. El crujiente del borde se encajó en seco en la parte posterior de su garganta, bloqueando la entrada de aire de forma instantánea.
Ramiro abrió los ojos de par en par, perdiendo el color en el rostro. Se llevó las dos manos al cuello, intentando tragar saliva, pero solo logró emitir un silbido agudo e inútil. La ternura del momento se evaporó en una milésima de segundo.
—¿Ramiro? —preguntó Penélope, frunciendo el ceño, pensando al principio que era otra de sus imitaciones.
El panadero se dobló hacia delante, con el rostro tornándose de un rojo violáceo alarmante, y comenzó a toser de forma violenta, un sonido sordo y desesperado que sacudió toda la mesa de plástico. Las venas de sus sienes se hincharon.
—¡Te estás ahogando! —exclamó Penélope, el pánico sustituyendo la timidez romántica.
Se levantó de la silla de un salto, rodeó la mesa con la velocidad de un rayo y se colocó detrás de él. Ramiro seguía encorvado, tosiendo con los ojos lagrimeando, incapaz de recuperar el oxígeno. Penélope, midiendo la envergadura del panadero, cargó el peso de su cuerpo hacia delante, cerró el puño derecho y le asestó un golpe salvaje con el talón de la mano justo entre los omóplatos.
¡Plaf!
Ramiro soltó un quejido, pero la patata no se movió.
—¡Tose, maldita sea, tose! —le gritó ella, propinándole un segundo impacto todavía más contundente que hizo que la camisa de cuadros crujiera.
Al tercer golpe, que tuvo la potencia digna de un estibador portuario, el trozo de patata frita salió despedido por el impacto del aire residual, aterrizando directamente sobre el capó de la furgoneta de reparto aparcada a unos metros.
Ramiro se desplomó hacia delante sobre la mesa de plástico, apoyando la frente en el hule, respirando con unas bocanadas de aire ruidosas y desesperadas, como un buzo que emerge a la superficie en el último segundo. El pecho le subía y bajaba rítmicamente mientras las lágrimas le corrían por las mejillas, limpiando los restos de la seriedad que le quedaban.
Penélope se quedó de pie a su lado, con el puño todavía levantado, resoplando por el esfuerzo físico y mirando al panadero con una mezcla de horror y preocupación.
Tras unos segundos de respiración agónica, Ramiro levantó la cabeza despacio. Tenía los ojos inyectados en sangre, la nariz colorada y la voz completamente rota, afónica por el esfuerzo de la glotis. Miró a Penélope, luego miró la furgoneta y finalmente se miró las manos.
—Has... has estado a punto de romperme una costilla, pastelera —consiguió susurrar, con un hilo de voz áspera.
Penélope lo observó fijamente durante dos segundos de tensión contenida, asimilando la ridiculez de la transición entre el romance inminente y la maniobra de primeros auxilios de carretera. De repente, una sonrisa involuntaria tiró de las comisuras de sus labios. Soltó una carcajada floja, que se convirtió rápidamente en una risotada incontrolable.
—De nada, desagradecido —respondió ella, dejándose caer en la silla de al lado, tapándose la cara con las manos mientras los hombros le temblaban de la risa—. Te acabo de salvar la vida. Habría sido un final muy triste para el gran panadero de Villa Delicia: derrotado por una patata de remolque.
Ramiro se frotó la espalda, donde el dolor de los tres golpes salvajes de Penélope empezaba a florecer, pero la calidez regresó a su rostro. A pesar del dolor de garganta y del romanticismo triturado entre toses, se unió a su risa con un murmullo ronco. El amago de beso había muerto en el altar de la asfixia, pero mientras se limpiaba las lágrimas causadas por la tos, Ramiro supo que la complicidad que se había instalado entre los dos ya no tenía vuelta atrás. La guerra de los hornos había terminado oficialmente, aunque el precio a pagar fuera un hematoma en los omóplatos.