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Bajo Las Luces Del Hielo

Bajo Las Luces Del Hielo

Status: En proceso
Genre:Romance / Hijo/a genio / Traiciones y engaños
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Juliana Torra

Mi nombre es Sara Miller, y antes de llegar a la Universidad de Minnesota, creía que la distancia geográfica era un factor suficiente para alterar el resultado de un trauma. Huí de Boston con una beca de excelencia académica y el alma rota, buscando desaparecer entre la nieve de Minneapolis. Pero el destino no entiende de estadísticas. En mi primer día de clases, la ecuación de mi supervivencia colapsó al encontrarme frente a frente con Thomas y Carter, los mismos dos monstruos con uniforme de hockey que habían convertido mi pasado en una pesadilla y que ahora jugaban para los Gophers.
Fue en ese pasillo helado donde todo cambió. Cuando la violencia física era inminente, apareció la variable más impredecible de todo el campus Jhon King.

NovelToon tiene autorización de Juliana Torra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 23

(Sara)

El fin de semana comenzó con el mismo silencio sepulcral de los últimos días.

El lunes por la mañana, la cafetería estaba inusualmente tranquila. Samuel y yo preparábamos los pedidos en la barra casi sin hablar. Él seguía esperando la respuesta de su hermano en Boston, pero la tensión en mi pecho ya era insoportable. Tenía la mirada perdida en la máquina de espresso, sintiendo el peso de mis tres nuevas clases y de una desconfianza que me carcomía las entrañas.

—Sara, el vaporizador está al máximo —me advirtió Samuel, tocándome el hombro con suavidad.

—Lo siento —reaccioné de golpe, apagando la perilla—. Estoy en las nubes.

—Sé que estás aterrada, pero mantén la calma. Mi hermano me prometió que hoy mismo revisaría los registros de los hoteles del equipo. Sabremos quiénes son esas mujeres.

Justo en ese instante, el tintineo de la campana de la entrada resonó con fuerza en todo el local. Ni Samuel ni yo nos giramos de inmediato, acostumbrados al flujo de estudiantes. Pero un paso pesado, firme y sumamente familiar hizo que el aire se congelara en mis pulmones.

Levanté la vista.

Jhon estaba de pie junto a la puerta. Llevaba una chaqueta de cuero negro y el cabello un poco revuelto por el viento. Sus ojos grises, cansados pero intensos, me buscaron directamente detrás de la barra. No estaba en Boston. Estaba aquí, en Minnesota.

Samuel se tensó a mi lado, dejando el paño sobre el mostrador.

—Vaya... habla del rey de Roma —murmuró mi amigo en un susurro protector.

Jhon caminó hacia mí, ignorando por completo la presencia de Samuel. Se detuvo frente a la barra, apoyando sus grandes manos en la madera. Su mirada recorrió mi rostro con una mezcla de alivio y una profunda preocupación.

—Hola, genio —dijo, con esa voz ronca que solía derretirme, pero que ahora solo me generaba una barrera de dudas.

—¿Jhon? ¿Qué haces aquí? —pregunté, forzando una voz fría y distante. Di un paso atrás, cruzándome de brazos—. Deberías estar en Boston entrenando. O con las "encargadas".

Él soltó un suspiro pesado, pasándose una mano por el rostro. Se notaba a leguas que no había dormido en días. Había conducido toda la noche solo para llegar hasta aquí.

—Conduje catorce horas seguidas porque sabía que estabas mal, Sara. Tus mensajes fríos, la distancia... sabía que esa maldita llamada de la madrugada lo había arruinado todo —explicó, con un tono desesperado—. Necesitaba mirarte a los ojos.

—¿Ah, sí? Pues te escucho, Jhon. ¿Quiénes son Miriam y Flor? ¿Y por qué me cortaste el teléfono a las cinco de la mañana si no tienes nada que ocultar? —le espeté, sintiendo que las lágrimas de rabia acumuladas durante la semana amenazaban con salir.

Samuel dio un paso al frente, interponiéndose sutilmente entre los dos.

—Oye, King, creo que deberías bajar la voz. Sara ha pasado una semana terrible por tu culpa —dijo Samuel con firmeza.

Jhon fulminó a Samuel con la mirada, apretando la mandíbula. La tensión entre el capitán de hockey y mi mejor amigo se volvió casi física en un segundo.

—Esto es entre Sara y yo, Samuel. No te metas —advirtió Jhon, con una voz peligrosa que dejaba claro que no estaba para juegos.

—Samuel, por favor, déjanos solos un momento —le pedí a mi amigo, tocándole el brazo—. Estaré bien.

Samuel miró a Jhon con desconfianza, luego a mí, y finalmente asintió de mala gana, retirándose a la parte trasera de la cocina.

Jhon volvió a mirarme, y su expresión dura se suavizó por completo. Parecía un hombre derrotado por el miedo a perderme.

—Miriam y Flor son las coordinadoras de relaciones públicas de los Bruins, Sara. Tienen más de cincuenta años cada una —soltó de golpe, sin anestesia—. No te mentí. Son las encargadas de la logística del club.

Me quedé helada, procesando sus palabras. ¿Cincuenta años? ¿Relaciones públicas?

—¿Y por qué estabas con ellas a las cinco de la mañana? ¿Por qué sonabas tan nervioso y me colgaste la llamada? —pregunté, queriendo creerle pero con el escudo de la duda aún arriba.

—Estábamos en las oficinas del estadio desde la madrugada porque la prensa de Boston descubrió lo de tu antigua universidad. Descubrieron los reportes falsos que te hicieron y el escándalo que intentaron armar en Massachusetts antes de que te fueras a Minnesota —confesó Jhon, bajando la voz—. Miriam y Flor estaban bloqueando las notas para que ningún periodista te buscara aquí a acosarte. Estaban protegiendo tu beca y tu paz. Yo estaba histérico, Sara. No quería que revivieras ese trauma. Por eso sonaba nervioso y te colgué; no quería que escucharas los detalles del desastre que estábamos frenando.

Un silencio denso cayó entre nosotros. Lo miré fijamente, buscando cualquier rastro de mentira en sus ojos grises, pero solo encontré una honestidad brutal y un cansancio infinito.

Había viajado kilómetros solo para evitar que mis demonios regresaran, mientras yo pasaba la semana entera pensando que me estaba engañando.

—Jhon... yo... —mi voz se quebró. Miré el anillo en mi dedo y me sentí terriblemente estúpida.

—Vine a buscarte porque te amo, genio. No dejes que la distancia nos destruya antes de empezar —susurró él, extendiendo su mano sobre la barra, esperando que yo la tomara.

1
Maria Muñoz
va muy bien
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