romance, contrato, amor, diversión
NovelToon tiene autorización de Chiquitas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 8: El sabor de la verdad y una bachata en el piso 50
Alexander salió del ascensor en el piso 50 con el corazón latiéndole a mil. Estaba furioso, confundido y, extrañamente, hambriento. Esperaba encontrar a Elena recogiendo sus cosas para irse, o quizás llorando en un rincón por los insultos de Vanessa. Pero lo que escuchó al acercarse a la cocina ejecutiva fue algo totalmente distinto.
Una melodía suave, con el punteo inconfundible de una guitarra, llenaba el pasillo. Era Romeo Santos. La voz del "Rey de la Bachata" retumbaba suavemente en las paredes de cristal:
"No es amor, lo que tú sientes, se llama obsesión... una ilusión en tu pensamiento..."
Elena estaba de espaldas, moviendo las caderas al ritmo de la música mientras picaba cebollas y pimientos con una destreza que Alexander nunca le había visto con un teclado. Se había quitado el saco del vestido lápiz, se había recogido el cabello en un moño alto y desordenado, y tarareaba con una pasión que parecía ignorar que estaba en el edificio más caro de Manhattan.
—...si te busco y no te encuentro, sigo tus pasos en la oscuridad... —cantaba ella, subiendo el tono justo cuando Alexander cruzó el umbral.
Él se quedó apoyado en el marco de la puerta, observándola en silencio. Elena no estaba usando las máquinas automáticas de última generación; había encontrado una sartén de hierro fundido y estaba preparando algo que olía a gloria. El aroma del ajo dorado, el romero fresco y la carne sellándose en su jugo inundaba el aire, borrando por completo el olor a oficina.
—¿Planeas abrir un restaurante aquí o solo estás intentando que los detectores de humo se unan al coro de Romeo Santos? —preguntó Alexander con un tono seco, pero sin la agresividad de antes.
Elena dio un saltito y se giró, apuntándole con la espátula.
—¡Ay, jefe! Me va a dar un patatús. ¿Qué hace aquí? Pensé que se quedaría con la "Dama de Hierro" comiendo sus flores comestibles.
—La dejé —respondió él, caminando hacia la isla de la cocina—. Tenías razón. El salmón era un insulto y la conversación era peor.
Elena lo miró fijamente, buscando alguna burla en sus ojos grises, pero no encontró ninguna. Bajó el volumen de la música en su teléfono y señaló la pequeña mesa circular que había preparado con un mantel de tela que sacó de quién sabe dónde.
—Siéntese, "Pirata". Si va a ser mi jefe por contrato, al menos no quiero que se me desmaye por desnutrición. Esto sí es comida de verdad.
Alexander obedeció. Elena sirvió dos platos: un solomillo de ternera perfectamente sellado, bañado en una reducción de vino y pimienta que ella misma había improvisado, acompañado de unas patatas rústicas crujientes y una ensalada de rúcula con un aderezo que brillaba bajo las luces led.
—Es... impresionante —admitió Alexander al dar el primer bocado. La carne se deshacía en su boca. Era un sabor honesto, intenso, sin pretensiones—. ¿Dónde aprendiste a cocinar así?
Elena se sentó frente a él, por primera vez sin chistes inmediatos.
—En el orfanato, cuando no estábamos estudiando, nos tocaba ayudar en la cocina. La señora Marta decía que si sabías cocinar, nunca estarías sola, porque la gente siempre vuelve a donde hay buen olor. Para mí, cocinar es como administrar: necesitas los ingredientes correctos, el tiempo justo y, sobre todo, no tenerle miedo al fuego.
Alexander dejó el tenedor un momento y la miró de verdad. No como a una empleada, ni como a una impostora, sino como a la mujer que tenía enfrente.
—Nunca hablas de eso. Del orfanato.
—No hay mucho que decir, jefe. Es un lugar donde aprendes que nadie te va a regalar nada. Por eso soy así. Por eso hablo de más y por eso me río de sus reglas. Porque si me tomo la vida tan en serio como usted, me terminaría rompiendo. La vida ya es bastante dura como para no ponerle un poquito de bachata.
Alexander sintió un nudo extraño en el pecho. Él había nacido en cunas de oro, con un apellido que le abría puertas antes de que él supiera caminar. Su vida era una serie de objetivos cumplidos, pero nunca se había detenido a pensar si tenía "sabor".
—Mi padre murió cuando yo tenía diez años —confesó Alexander, sorprendiéndose a sí mismo—. Mi madre se dedicó a las fundaciones y a viajar. Crecí en este edificio, rodeado de tutores y de gente que me decía que sí a todo. Por eso odio que me lleven la contraria, Elena. Porque nadie lo hizo nunca hasta que apareciste tú con tus cupcakes y tus "ceros en conducta".
Elena sonrió, pero esta vez fue una sonrisa suave, casi dulce.
—Bueno, alguien tenía que darle el manual de instrucciones del mundo real, jefe. No todo es cristal y contratos de diez millones. A veces, la felicidad es solo una empanada caliente o una canción que te hace mover los pies.
Se quedaron en silencio, pero no era un silencio incómodo. Era la primera conversación real entre dos mundos que no deberían haberse tocado. De postre, Elena sacó dos pequeños moldes de fondant de chocolate que había horneado mientras él subía. Al romper el bizcocho, el chocolate líquido salió como lava.
—Esto es... —Alexander buscó la palabra.
—Es el cielo, lo sé —completó ella con un guiño—. Ahora, cuénteme algo que no esté en su biografía de Forbes. ¿Qué quería ser cuando era niño? Y no me diga que CEO, porque no le creo.
Alexander soltó una carcajada auténtica, una que le iluminó el rostro y lo hizo parecer de su edad, no de cien años.
—Quería ser piloto de carreras. Me gustaba la velocidad. Sentir que no tenía el control de nada excepto del volante.
—Pues mire, ahora tiene el volante de una empresa gigante y el control de todo Manhattan... pero se le olvida acelerar de vez en cuando —dijo Elena, terminando su postre—. Mañana Vanessa volverá al ataque. Usted sabe que no se va a quedar quieta después de lo de hoy.
—Lo sé —Alexander se puso serio, pero tomó la mano de Elena sobre la mesa. Fue un contacto breve, pero esta vez ella no se alejó—. Pero mañana estaré listo. Porque ahora tengo a la Davenport más peligrosa de Londres... y la mejor cocinera de Queens de mi lado.
Elena sintió un calorcito que no tenía nada que ver con el horno.
—Prepárese, "Pirata". Porque mañana vamos a poner a esa mujer a bailar bachata, aunque no quiera.