Un temible asesino a sueldo reencarna por karma en el cuerpo de una noble atrapada en una novela trágica. Su destino: casarse con el volátil Emperador de Fuego para calmar su ira, ser abandonada por la protagonista real y morir de depresión.
Dispuesto a cambiar su destino (y a costa de su hombría), decide jugar el juego: curará la inestabilidad del Emperador, pero planea exigir un divorcio millonario para recorrer este nuevo mundo mágico a su antojo. Lo que no esperaba es que al Emperador de Fuego le fascinara tanto su fría y letal esposa. Entre conspiraciones, magia y un romance que no quiere aceptar, el antiguo asesino tendrá que luchar para demostrar que ella (el)... definitivamente no es la heroína de esta historia.
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Capitulo 18: Entre el hombre y la emperatriz
La luz de la mañana se filtra con una timidez casi insultante a través de las cortinas de seda pesada que adornan la alcoba imperial. Mirelle abrió los ojos, sintiendo que sus párpados pesan como si hubieran sido cosidos con plomo tras apenas unas horas de un sueño que difícilmente podría llamarse descanso. A su lado, el Emperador Kaelen duerme. Su respiración era rítmica, serena, una calma absoluta que contrasta violentamente con la tormenta que había arrasado la habitación apenas unas horas atrás.
Kaelen es, sin lugar a dudas, la personificación perfecta del poder del fuego: un elemento devorador, insaciable, que no entiende de límites ni de treguas. Ahora, yace allí, luciendo como un rey que no ha roto un plato en su vida, mientras que Mirelle siente que incluso sus pestañas le duelen.
__Míralo ahí__. Masculló Mirelle para sí misma, con la voz apenas un hilo de ronquera.
__Durmiendo como si fuera el dueño del mundo, mientras yo siento que mis músculos han sido estirados hasta el límite de la física__.
Al intentar moverse, un gemido involuntario escapó de sus labios. Cada articulación, cada fibra de su cuerpo, protesta con una intensidad que le recuerda, con vívido detalle, cada posición, cada agarre y cada exigencia que el Emperador había impuesto sobre ella durante la noche. Un rubor intenso subió por su cuello hasta sus mejillas, una mezcla de vergüenza y frustración que le quema la piel.
"Maldición, Vance", se regañó en el santuario de su mente.
"Te dejaste seducir. Te rendiste a la tentación y te revolcaste con él como si no hubiera un mañana. No te reconozco. ¿Dónde quedó tu dignidad? ¿Dónde quedó el hombre que eras? Y lo peor... lo peor de todo es que lo disfrutaste".
Intentó incorporarse para dirigirse al baño, un trayecto que en su estado actual parece una odisea digna de un poema épico. Sus rodillas, flexionadas y temblorosas, amenazan con ceder ante cualquier movimiento en falso. El gemido que emitió no fue de placer, sino de un dolor punzante y agudo.
"Debería ser un delito", pensó, mientras su mente divaga hacia comparaciones que, aunque absurdas, resultan inevitables dado su conflicto de identidad.
"No es momento de hacer comparaciones de tamaño, pero diablos... en mi vida pasada, mi hombría cumplía con creces sus funciones. Sin embargo, frente a la bestia que tiene el Emperador, me quedo en pañales. Es ridículo y humillante". A paso de tortuga, sintiendo aún el peso residual de la noche, las marcas en su piel y la tensión en su cuerpo, Mirelle se arrastró hacia el baño. Sus caderas se sienten extrañas, como si la anatomía que habita hubiera sido rediseñada para soportar una carga para la cual no estaba preparada, pero que, perversamente, parece exigir.
"¿Acaso mi cuerpo es masoquista?", se cuestionó en medio de una crisis existencial que amenaza con desmoronarla.
"¿Tendré moretones? Qué horror. Ya ni siquiera sé quién soy. ¿Soy Vance, el hombre que recuerda serlo, o soy Mirelle, la mujer que se rinde ante este hombre?".
Mirelle no sabe que sus luchas internas no pasan desapercibidas. Kaelen, con sus sentidos agudizados por su naturaleza, se ha despertado hace minutos. Aunque ella intenta silenciar su dolor con gruñidos bajos, Kaelen sabe que la batalla ocurre en su mente. Él había escuchado sus gemidos, había sentido su entrega y su deseo; sabe que aquello no podía ser fingido. Esa contradicción, la lucha constante entre el alma masculina que habitaba en el cuerpo de una mujer, es un campo de batalla que Kaelen observa con una mezcla de fascinación y una paciencia depredadora.
Mirelle aún no ha alcanzado el umbral del baño cuando, de repente, sintió que el aire a su alrededor cambió. Antes de poder reaccionar, su cuerpo fue alzado del suelo con una delicadeza que desmiente la fuerza brutal que había demostrado horas atrás. No necesita mirar para saber quién es.
__¡Suéltame!__. Protestó ella, aunque su cuerpo, traicionero, se relajó contra el pecho firme del Emperador.
__Déjame ayudarte, mi Emperatriz__. Dijo Kaelen, con una voz calmada, casi melódica.
__Es mi responsabilidad que estés caminando como si hubieras peleado una batalla campal. Y, a decir verdad, me gusta la idea de cuidarte después de haber sido yo quien causó el estrago__. Kaelen intentó depositar un beso en la frente de Mirelle, pero ella, en un acto de orgullo herido, le dio un manotazo, sobresaltándolo ligeramente.
__¡Deja el abuso!__. Espetó ella, tratando de recuperar un ápice de la dignidad masculina que la noche anterior había sido pisoteada mientras era embestida hasta lo más profundo de su ser.
__¿Es que no te cansas? Tuviste gran parte de la noche y la madrugada con una erección tras otra. Tu pito debería pagar impuestos por existir, Kaelen. Es ilegal que sea tan... grande__.
Mirelle sintió que sus palabras sonaron más como una queja que como una ofensa, lo cual la enfureció aún más. Había descubierto, para su desgracia, que el cuerpo femenino oculta muchas más zonas erógenas de las que jamás imaginó, y que el Emperador sabe exactamente cómo encontrarlas todas.
Kaelen, lejos de molestarse por el rechazo o el insulto, sonrió. Esa sonrisa es peligrosa; es la sonrisa de alguien que sabe que tiene el tiempo de su lado. Él entiende perfectamente la batalla interna de su Emperatriz y esta dispuesto a esperar. Su misión no eras solo poseerla físicamente, sino conquistar cada faceta de su ser, hasta que ella misma desista de su deseo de huir una vez que su magia se estabilice.
Él insistió con el beso, esta vez apuntando directo a los labios. Mirelle se resistió, lo rasguñó en el pecho con las uñas, intentando mantener la distancia, pero la intensidad posesiva y hambrienta de Kaelen fue, una vez más, un muro que no pudo escalar. Terminó cediendo, aferrándose al cuello del Emperador como si no hubiera un mañana, ahogando sus protestas en el mismo fuego que la consume.
Cuando finalmente se separaron, ella tiene las mejillas teñidas de un rojo carmesí, frustrada por haber caído de nuevo en la tentación. Kaelen soltó una risa suave, casi silenciosa, disfrutando de la lucha interna que ella intenta ocultar tras su máscara de enfado.
Sin querer molestarla más, la depositó suavemente en la balnea (la tina que adorna sus aposentos). La dejó asearse mientras él, con una eficiencia fría, salió un momento de la habitación. Sus instrucciones fueron claras: un desayuno abundante, bebidas reconstituyentes y, sobre todo, el té anticonceptivo. Se encargó personalmente de que su asistente de mayor confianza gestione todo, sin que nadie más en el palacio sepa que su Emperatriz se esta cuidando para evitar un embarazo.
Kaelen sabe lo que la nobleza espera: un heredero rápido, un vientre que asegure la sucesión. Pero él no va a presionar a Mirelle. Entiende que, con el alma de un hombre atrapada en una forma femenina, el proceso de aceptación será lento. Primero necesita ganarse su confianza absoluta. Quiere que ella entienda, más allá de la atracción carnal, que él no es el Kaelen de los rumores o de sus prejuicios pasados o un futuro que no existe, sino alguien capaz de hacer arder el imperio entero si eso garantiza su seguridad.
Los hijos podrán esperar. Aunque, en el fondo, Kaelen guarda una imagen en su mente: una niña pequeña, tan terca y orgullosa como Mirelle, con el cabello azul de su madre y unos ojos intensos, de color naranja, que reflejen la misma chispa de desafío que ahora mismo debe estar intentando ocultar en el baño.