De Rusia a México
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20
La semana que siguió a la firma del compromiso de Sonia no fue tiempo, fue una procesión fúnebre donde el cadáver era el alma de Ivan Jr. El joven que solía entrar a las habitaciones con la fuerza de un huracán se había convertido en un espectro que habitaba las sombras de la mansión Petrov. Se había muerto en vida, y el silencio que lo rodeaba era más aterrador que cualquiera de sus antiguos rugidos de furia.
El gimnasio subterráneo se transformó en su celda y su santuario. El sonido rítmico y violento de sus puños contra el costal era el único latido que le quedaba. Ivanito golpeaba hasta que sus nudillos, desollados y sangrantes, manchaban el cuero de rojo; buscaba en el dolor físico un alivio para el incendio que le devoraba el pecho. El boxeo ya no era un entrenamiento, era una forma de no salir corriendo hacia territorio Volkov para morir matando. Estaba de luto por una mujer que seguía viva, pero que le pertenecía a otro por un contrato firmado con el sacrificio de su propia libertad.
Ni la mirada gélida de su padre, ni la sabiduría de Igor, pudieron sacarlo de esa lápida oscura. Incluso Mikhail y Alexei fracasaron al intentar alcanzarlo. Ivan Jr. había levantado muros que ninguna bala podía atravesar. En su mente, la imagen de Sonia entregándose al clan del norte se repetía como una tortura infinita.
Al caer el sol, el boxeador dejaba paso al náufrago. Las noches eran el verdadero infierno. Sentado en el suelo de su habitación, con la luz apagada, Ivanito encontraba en el vodka y el mezcal a sus únicos aliados. El vodka ruso, gélido y cortante, intentaba anestesiar su mente; el mezcal, herencia de la tierra de su madre, le quemaba la garganta recordándole el fuego que alguna vez compartió con ella. Bebía para olvidar la traición del destino, para no escuchar el eco de las promesas rotas en aquella iglesia abandonada.
En esa bruma de alcohol y sudor, Ivan Jr. se hundía más en su tumba personal. Luna lo observaba desde la puerta, con el corazón destrozado, sabiendo que su hijo mayor estaba cruzando el desierto más peligroso de todos: el de la decepción absoluta.
—Se está perdiendo, Vania —susurraba Luna a Ivan padre en la oscuridad del pasillo—. El odio lo está alimentando, pero el alcohol lo está enterrando.
Bajo la lápida que él mismo había puesto sobre su vida, el chico impulsivo que creía que el amor podía vencer a la mafia se había evaporado. Lo que quedaba era un Petrov purificado por el dolor, un hombre que ya no le temía a la muerte porque sentía que ya estaba bajo tierra. Mientras el mundo de los Volkov se preparaba para la boda que sellaría el pacto del norte, Ivan Jr. terminaba su botella, listo para que su luto se transformara, finalmente, en una venganza que no dejaría cenizas. La tormenta estaba por estallar, y el "Oso" herido ya no buscaba rescates, sino la destrucción total de quienes le arrebataron la luz