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Herencia De Sangre Y Deseo

Herencia De Sangre Y Deseo

Status: Terminada
Genre:Mafia / Amor-odio / Completas
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Solecito87

Cuando la mafia y el amor se cruzan...

NovelToon tiene autorización de Solecito87 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Aprender a sobrevivir

El día se deslizaba lento, como si la casa entera estuviera suspendida en una espera invisible.

Después del almuerzo, tras una conversación contenida con Vittorio, Isabella decidió salir a caminar. Necesitaba moverse, sacudirse el temblor que le había dejado el encuentro con Luca… y consigo misma.

El invernadero se extendía hasta fondo de la mansión. El vidrio empañado por la humedad de la mañana reflejaba los rayos del sol que se escondían entre las nubes. Un aire cálido y vegetal se respiraba allí, húmedo y espeso, como una selva en miniatura.

El lugar tenía algo de santuario, algo que la alejaba del encierro que aún sentía aunque pudiera caminar libremente por algunos sectores.

Necesitaba aire. Silencio. Algo que la anclara.

Pero el silencio, esa tarde, dejó de ser consuelo. Y pasó a ser amenaza.

Había cruzado el ala norte sin pensar, simplemente siguiendo los senderos entre las plantas. No esperaba cruzarse con nadie.

Mucho menos con él.

Un guardia nuevo.

Más joven que los demás. Rostro pálido, expresión seca. Sus ojos no ocultaban nada bueno. La miró como se mira algo que no debería estar ahí. No saludó. No sonrió. Solo se plantó frente a ella, interponiéndose.

—¿Dónde vas? —preguntó con voz monótona.

—A caminar —respondió Isabella con calma, aunque sintió un cosquilleo de alarma recorrerle la espalda.

—No está permitido salir del ala asignada —replicó él, sin moverse.

—Tengo permiso de Vittorio.

—¿Y cómo sé que decís la verdad?

Su tono era una burla. Fría. Asquerosa.

Isabella intentó pasar, pero el hombre extendió el brazo, bloqueándola. Y luego la sujetó del brazo con fuerza.

—Soltame —dijo ella, con el pulso acelerado.

—No hasta que me lo confirme alguien con rango. A vos no te creo nada. El agarre se volvió más firme. Un empujón.

El golpe seco de sus rodillas contra el mármol. Un dolor sordo. Y el pánico regresando, desde lo más hondo de su memoria.

Pero no duró mucho. Porque entonces lo escuchó. Un rugido. Un crujido.

Y un cuerpo estrellándose contra la pared como un muñeco roto.

Luca.

Apareció como salido de una sombra. Como si el aire mismo lo hubiera convocado.

—¿La tocaste? —escupió, mientras alzaba al guardia por el cuello de la camisa—. ¿Sos idiota o tenés ganas de morir en esta casa? El hombre intentó balbucear algo, pero Luca lo estampó contra el muro, con un golpe seco que hizo vibrar el piso.

La nariz del guardia sangraba. El rostro contraído de miedo. Las piernas temblorosas.

—¡Luca! —gritó Isabella, con la voz entre el susto y la súplica—. ¡Ya está! ¡Soltalo!

Él la escuchó.

Tardó un segundo más, pero lo soltó.

El guardia se arrastró como un perro, dejando un rastro rojo en el piso. Luca se giró hacia Isabella. Sus ojos ardían. Pero su voz fue otra.

—¿Te hizo algo? —preguntó, con una dulzura que contrastaba con su brutalidad anterior.

Ella negó con la cabeza.

—No. Me empujó. Eso fue todo.

Pero no era “todo”.

El temblor en sus manos. La sensación de haber vuelto a ser frágil. La rabia contenida. Todo eso decía lo contrario.

Esa noche, Vittorio mandó a llamar a Isabella para que bajara al salón.

Los sillones de cuero brillaban con la luz ámbar. Isabella no se sentó. Prefirió quedar de pie, con los brazos cruzados y la mirada en el piso.

Luca, al otro lado, estaba con los puños cerrados. Aún olía a furia de sólo recordar.

—El guardia fue eliminado. Ya no volverá a entrar en esta casa —dijo Vittorio, como quien menciona una molestia solucionada. Pero Isabella alzó la vista, esta vez con decisión.

—No alcanza con eso.

—¿Qué querés decir? Ella respiró hondo.

—Quiero aprender a defenderme.

Vittorio frunció el ceño.

—¿A pelear?

—A sobrevivir. A no depender de nadie.

Si alguien vuelve a tocarme, quiero poder romperle la nariz yo misma. Hubo un silencio.

Luca la miró. No con burla. No con sorpresa. Con algo parecido a respeto.

—¿Estás segura? —preguntó él, con voz baja.

—Más que nunca —respondió ella, sin parpadear.

---

A la mañana siguiente, el invernadero volvió a ser escenario. Pero esta vez, no de plantas ni de paseos.

Luca la esperaba vestido con una musculosa gris y pantalones oscuros.

El sol filtraba luz dorada por los cristales empañados. La humedad envolvía el ambiente, mezclando el olor a tierra mojada con el sudor que ya empezaba a brotar de la piel.

—Primero lo básico —dijo él, moviendo los hombros—. Nada violento. Solo defensa. Reacción. Pero tenés que concentrarte. Esto no es un juego.

Isabella asintió.

—Estoy lista.

—Demostralo. Atacame.

Ella frunció el ceño.

—¿Qué?

—Imaginá que soy él. El tipo de ayer. El que te empujó. Algo en su interior hizo clic.

El miedo se transformó en impulso.

Se lanzó. Rústica. Torpe. Pero con furia.

Luca esquivó fácil.

—Bien. Otra vez.

Ella volvió a intentar. Cayó. Él la sostuvo antes del golpe. Sus cuerpos chocaron. Quedaron a centímetros.

Respiraban el mismo aire.

El calor subía entre ellos, como un secreto compartido.

—Tenés fuerza —susurró él.

—Tengo rabia.

—Eso también sirve.

Sus manos estaban en su cintura. Ella lo miró, sin moverse.

—Vamos a practicar una llave de muñeca —dijo él, alejándose un poco—. Si alguien te agarra, esto lo saca de juego. Le tomó la mano, la giró, y la dobló suavemente hasta que ella quedó pegada a su pecho.

La respiración de ambos era más fuerte que las palabras.

—¿Estás cómoda así?

—No.

—¿Querés que te suelte?

—No.

Él cerró los ojos un instante. Y luego la soltó.

Giró sobre sí mismo, tragando el calor que le explotaba por dentro.

—Seguimos esta tarde.

Se fue sin mirar atrás. Pero más lento.

Ella se quedó, sintiendo en su piel el mapa exacto de sus dedos.

Y por primera vez en mucho tiempo, no se sintió una víctima. Se sintió viva.

Ella se quedó, sintiendo en su piel el mapa exacto de sus dedos.

Y por primera vez en mucho tiempo, no se sintió una víctima. Se sintió viva.

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Afuera, entre las sombras del sendero que conectaba el ala principal con el invernadero, una figura permanecía quieta. Inmóvil. En silencio.

Vittorio.

Desde donde estaba, podía ver casi todo a través de los cristales empañados. No necesitaba escuchar para entender lo que había pasado. El lenguaje de los cuerpos decía más que mil palabras.

La forma en que Luca la había sostenido. El modo en que ella lo había mirado.

La tensión que no era solo física. La pausa. El gesto. La cercanía.

No era solo entrenamiento. Entrecerró los ojos.

Cruzó los brazos.

Conocía a Luca desde hace años.

Sabía lo que había detrás de esa lealtad implacable. Y si bien confiaba en él con la vida… Eso. Eso no le gustó.

Un músculo en su mandíbula se contrajo. No dijo nada.

No haría nada. Aún.

Pero una alerta se encendió en su interior.

Porque Isabella ya no era sólo una prisionera bajo su techo, era su hija. Y Luca ya no era solo su mejor hombre.

Algo había cambiado.

Y él…

odiaba los cambios que no controlaba.

1
Eneida Acosta
y las siguientes??? me dejo en suspenso
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