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El Precio De Tu Silencio

El Precio De Tu Silencio

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Traiciones y engaños
Popularitas:647
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

Adrián y Valentina son una pareja perfecta ante los demás. Él es un abogado exitoso; ella, una restauradora de arte. Pero todo se quiebra cuando Valentina descubre que su mejor amiga, Daniela, y su propio esposo la engañan desde hace años. Lo que Valentina no sabe es que Adrián planeó todo para quedarse con su herencia. El tercero en discordia es Leonardo, un socio de Adrián que guarda un secreto: está enamorado de Valentina desde la universidad y ha esperado una década para destruir a Adrián desde dentro

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Capítulo 2 – La amiga que sonríe demasiado

Valentina no durmió esa noche. Dio vueltas en la cama junto a Adrián, que roncaba con una placidez que le pareció ofensiva. Cada vez que cerraba los ojos, veía el mensaje de Daniela: “Hoy no pude verte, pero pensé en ti. ¿Mañana a la misma hora?”. Las palabras no eran explícitas. Podían significar cualquier cosa. Un café. Un consejo. Un secreto de amigas. Pero el collar seguía apoyado sobre la mesita de noche, y su grabado brillaba bajo la luz de la luna como una confesión.

“Para mi verdadero amor”.

A las seis de la mañana se levantó sin hacer ruido. Preparó café y se sentó en la cocina con las manos alrededor de la taza. Necesitaba pensar con claridad. No podía confrontar a Adrián sin pruebas. Él era abogado. Él ganaría cualquier discusión con palabras, con lógica, con esa sonrisa que desarmaba hasta al juez más severo. Ella necesitaba algo más contundente que un mensaje ambiguo.

A las ocho, Adrián bajó las escaleras ya vestido con su traje gris. La besó en la mejilla como todas las mañanas. Le preguntó si había dormido bien. Ella mintió y dijo que sí. Él cogió un vaso de zumo de naranja, bebió un sorbo y salió por la puerta sin volver a mirarla. Eso también era nuevo. Antes se despedía con un abrazo más largo, con un te quiero dicho a los ojos. Ahora todo parecía un guion apresurado.

Valentina esperó quince minutos después de oír el coche. Luego cogió su teléfono y escribió a Daniela: “¿Almuerzas hoy conmigo? Necesito verte”.

La respuesta llegó en menos de un minuto. “Claro, amor. ¿A la una en El Jardín? 😊”.

El emoticono le pareció una puñalada. Pero sonrió. Tenía que sonreír. Aún no sabía nada con certeza.

Llegó al restaurante antes de la hora. Escogió una mesa al fondo, donde la luz era más tenue y las conversaciones vecinas se volvían borrosas. Quería ver la cara de Daniela cuando llegara. Quería leer su lenguaje corporal antes de que su amiga pudiera ensayar una actuación.

Daniela apareció a la una en punto, puntual como siempre. Llevaba un vestido verde esmeralda que le marcaba la cintura y el pelo suelto sobre los hombros. Era guapa. Valentina siempre lo había sabido, pero nunca lo había sentido como una amenaza. Daniela era su amiga. La mujer que la había sostenido cuando su madre murió. La que le había organizado la despedida de soltera. La que reía con ella hasta llorar.

—¡Hola, preciosa! —Daniela la abrazó con fuerza. Demasiada fuerza para ser un almuerzo casual. Huelía a un perfume que Valentina reconocía. No era el suyo. Era el de Adrián. Ese aroma amaderado con notas de cuero que él usaba a diario.

—Hueles bien —dijo Valentina, sin soltarla del todo.

—¿Sí? Es nuevo. Me lo regalaron.

No dijo quién. Valentina no preguntó.

Se sentaron. Pidieron una botella de vino blanco que Valentina no quería pero aceptó para no levantar sospechas. Daniela habló de su trabajo, de un cliente molesto, de un viaje que quería hacer a París. Habló demasiado. Eso también era nuevo. Antes Daniela escuchaba más de lo que hablaba. Ahora llenaba los silencios como si temiera lo que pudieran decir.

En un momento dado, mientras Valentina simulaba prestar atención a una historia sobre un jefe incompetente, sus ojos se posaron en las manos de Daniela. Uñas perfectas, como siempre. Pero en la muñeca derecha llevaba una pulsera que Valentina conocía bien. Era de plata, con un dije en forma de llave. Se la había regalado Adrián a Valentina en su segundo aniversario. Ella la había perdido meses atrás en un viaje, o eso creía.

—Esa pulsera —dijo Valentina, señalando con la copa—. Es bonita.

Daniela se quedó inmóvil un segundo. Solo uno. Luego sonrió con una amplitud que no le llegó a los ojos.

—¿Esta? Es vieja. La encontré en una tienda de segunda mano.

Mentira. La pulsera tenía el interior grabado con las iniciales de Valentina: V.A.R. Daniela la llevaba al revés para que no se viera el grabado. Pero Valentina lo sabía. Había pasado los dedos por esas letras cientos de veces.

—¿Estás bien? —preguntó Daniela, inclinando la cabeza—. Te veo rara.

—Solo cansada. Adrián llega tarde estos días.

Daniela apartó la mirada. Se llevó la copa a los labios y bebió un sorbo largo. Cuando volvió a mirar a Valentina, sus ojos tenían algo que Valentina no había visto antes en quince años de amistad: miedo. Miedo a ser descubierta.

—Los abogados son así —dijo Daniela, encogiéndose de hombros—. Mi padre también lo era. Trabajaban hasta tarde todo el tiempo.

—¿Tu padre? —Valentina frunció el ceño—. Nunca me habías contado que tu padre fuera abogado. Me dijiste que era contador.

Silencio. El tipo de silencio que se puede cortar con un cuchillo.

—¿Dije contador? Quise decir abogado. Me confundí.

Daniela cogió su bolso. Dijo que tenía una reunión. Dejó dinero en la mesa, más de lo que correspondía, y se levantó con una torpeza que no era propia de ella. La despedida fue un beso rápido en el aire, sin contacto. Y luego se fue, caminando tan deprisa que parecía que alguien la persiguiera.

Valentina se quedó sola con la botella de vino medio vacía y la certeza de que algo muy oscuro llevaba años gestándose a su alrededor. No solo una infidelidad. Había más. Lo notaba en los detalles pequeños: la mentira sobre el padre, la pulsera perdida, el mensaje en el collar, el perfume compartido.

Pagó la cuenta y salió al sol. El aire le pegó en la cara con una violencia que le sentó bien. Caminó sin rumbo hasta llegar a una plaza con una fuente. Se sentó en un banco y sacó el teléfono.

Buscó el número de Leonardo. El socio de Adrián. El hombre que siempre la miraba un segundo de más. Nunca le había escrito antes. Ahora lo hizo.

“Leonardo, necesito preguntarte algo. ¿Podemos vernos? Solo nosotros dos”.

La respuesta llegó mientras ella contaba las palomas que picoteaban migajas cerca de sus pies.

“Mañana a las seis. Galería del Ángel. No le digas a Adrián”.

Valentina guardó el teléfono y sonrió. No era una sonrisa bonita. Era una sonrisa de alguien que acaba de decidir que va a quemarlo todo si es necesario.

Daniela, pensó. Me quitaste una pulsera. Veremos si puedes quitarme algo más.

Esa noche volvió a casa antes que Adrián. Preparó la cena como siempre. Puso la mesa. Le sirvió vino. Y cuando él le preguntó qué tal el día, ella respondió con una dulzura perfecta:

—Bien, amor. Almorcé con Daniela. Está muy guapa. Dijo que usaba un perfume nuevo.

Adrián apenas parpadeó. Pero su mano tembló un instante al llevar la copa a los labios.

Valentina lo vio todo.

Y esa noche, por segunda vez, durmió con los ojos abiertos en la oscuridad.

1
Teresa Orellana
perro maldito
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