Lelia sale del convento para asistir a la boda de su hermana, estaba feliz al saber que se casaba por amor, pero nunca se imagino que su vida iba a cambiar.
Su destino la iba a llevar por un camino muy diferente al que pensó y le iba a poner pruebas muy duras.
¿Podrá Lelia superar todo lo que le prepara el destino?
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CAPÍTULO 01
En un mundo alterno en Roma en los años 1545, tiempos donde existían los monarcas.
Lelia dejaba el convento para asistir a la boda de su hermana gemela; tenía 18 años y estaba a unos meses de tomar los hábitos de monja, algo que sus padres no querían, pero ella los convenció de que ese era su destino.
Ella estaba feliz porque en la carta que recibió de su hermana le decía que se había enamorado y que se casaba por amor.
En esos tiempos, casarse por amor era extraño y su hermana Aelia lo había logrado; eso la tenía feliz, por eso hizo todo para pedir el permiso en el convento para estar en el momento más especial de su hermana.
La boda iba a ser en la catedral, oficiada por el mismo papá, porque el hombre con el que su hermana se iba a casar era sobrino del papá y era el único que quedaba vivo del Duque Borghese.
Un hombre que quedó huérfano muy pequeño, su madre murió en el parto y su padre fue asesinado por rateros; esto pasó cuando tenía 5 años.
Fue criado por su tío, educado con dureza y entrenado con la espada por el mejor general del imperio.
Todo esto su hermana se lo contó en sus cartas, aunque no le habló de su personalidad, solo de la historia de su familia y de lo feliz que supuestamente era.
Lelia realmente creyó que su hermana era feliz hasta que llegó a la mansión; eran las 11 p. m. cuando el carruaje se paró enfrente de la puerta.
Estaba por bajar del carruaje cuando su hermana entró y tapó su boca para que no dijera nada; en ese momento la escuchó decir.
—Hermana, entrégale esta carta a Apolo dile que me perdone, pero no lo amo y no podré quedarme a su lado, me voy con mi verdadero amor.
En la carta le explico todo; sé que me va a entender y no le cobrará la enorme deuda que mis padres tienen con él. Es un buen hombre; realmente lamento no poder amarlo, pero en el corazón no se manda.
Hermana, cuida de papá, solo podrán apoyarse en ti; deja el convento y ven a casa, te va a necesitar.
Te amo, hermana, y perdóname, pero tengo que seguir mi corazón; lucha por mi felicidad. -
Lelia se quedó sorprendida con lo que escuchaba de su hermana y no supo qué decirle; su mente se quedó en blanco, no reaccionó a tiempo, solo sintió su beso en su mejilla y salió corriendo.
Tardó unos segundos en reaccionar y salir del carruaje para detenerla, pero fue muy tarde; solo la miró perderse en ese camino oscuro. A su lado iba un hombre, que jalaba un caballo.
Los casquillos del caballo hacían eco en esa feria noche mientras se alejaban. Se quedó parada pensando en lo que había pasado; trataba de entender lo que su hermana le había dicho; fue tanta información de golpe que se sentía confundida.
Cuando dejó de escuchar los casquillos del caballo, sacudió su cabeza para quitarse malos pensamientos y entró rápido a la casa.
Fue extraño que sus padres no estuvieran esperándola; se suponía que en la carta que le envió a su hermana les dijo que iba a llegar ese día para que les dijera a sus padres.
Todo lo que estaba pasando era extraño, quería entender qué pasaba y no había nadie a quien preguntarle hasta que el ama de llaves se acercó a ella diciendo.
—Señorita Aelia, ¿por qué está despierta? Vaya a descansar; mañana tiene que ir a la modista para probarse el vestido y ver los últimos detalles de su boda. -
La empleada la estaba confundiendo con su hermana, algo que siempre pasaba, porque eran gemelas igual; solo su voz era diferente y lo único que hacía que los demás supieran quién era quién.
Lelia, al no saber bien lo que pasaba, decidió no sacar de su error a la empleada; no le contestó nada. Aprovechó que no traía maleta, solo la ropa que traía puesta, un vestido de los más discretos de la sociedad que las monjas le hicieron para que saliera del convento.
Esta salida también era una prueba para ella; tenía que tomar la decisión de regresar al convento o quedarse en la casa de sus padres.
Fue a la habitación de su hermana esperando encontrar algo ahí que le dijera qué estaba pasando, y prendió las 5 veladoras del candelabro que estaba sobre la mesa que estaba enfrente de la cama.
Empezó a ver en el gran tocador que había en la habitación; era donde su hermana tenía las cosas más importantes.
Se sentó en el banco y estaba por abrir el joyero cuando siente las manos de alguien en su cintura, la respiración golpeando su mejilla; escuchó la voz de un hombre decir.
Mi Aelia, no puedo estar lejos de ti, te extraño, estoy contando los días para nuestra boda y no volver a separarme de ti.
Lelia se sorprendió tanto que abrió los ojos tanto que parecía que se le iban a salir, y lo peor fue que, después de esas palabras, antes de que pudiera decirle que no era Aelia, la besa en la boca.
No fue un beso dulce, ni tranquilo; fue un beso apasionado, lleno de deseo, de lujuria, y lo peor fue que no solo fue un beso, sus manos tocaron sus caderas y su pecho.
Fue un momento intenso; el hombre que estaba detrás de su espalda, abrazándola, tocándola sin ningún pudor, faltándole el respeto y robándole su primer beso, la hacía sentir acalorada, la dejaba sin respiración y con la cabeza en blanco.
Otra mujer en su lugar hubiera luchado para que la soltara, trataría de gritar, pero ella realmente no supo qué hacer, sentía que todo lo que estaba pasando no podía ser real, que eso tenía que ser una pesadilla, el diablo poniéndole la tentación enfrente.