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Cenizas Bajo La Piel

Cenizas Bajo La Piel

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Venganza / Romance / Completas
Popularitas:599
Nilai: 5
nombre de autor: Eliany Justo

Una historia de amor, odio y venganza

NovelToon tiene autorización de Eliany Justo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Lo que el fuego no quemo

Cap 5

La invitación llegó al día siguiente, no por mensaje ni por teléfono, sino en un sobre de lacre negro depositado en la recepción de la pensión donde Valentina se escondía. El lacre tenía grabado un monograma: una M mayúscula rodeada de hojas de acanto. Montenegro. Dentro, una tarjeta gruesa de algodón con letras doradas:

"El señor Héctor Montenegro solicita la presencia de la señorita Valentina Rossi en una cena privada en su residencia de la Moraleja. Esta noche, a las nueve. Se adjunta conductor."

No había opción de rechazo. Y lo más aterrador: Héctor sabía su nombre falso. El mismo que Dante había puesto en duda en la cafetería. ¿Se lo habría contado él a su padre? ¿O los ojos del viejo tiburón tenían tentáculos más largos de lo que imaginaba?

Valentina pasó la tarde frente al minúsculo espejo de su habitación, con el expediente de su madre abierto sobre la cama. La foto de la autopsia seguía allí: la entrada de bala en la nuca, el círculo perfecto de violencia. Cerró los ojos y vio el coche ardiendo. Oyó el susurro de Héctor: "Todo está bien, pequeña." Abrió los ojos. Su decisión estaba tomada.

En el fondo de su mochila, entre ropa interior y un pasaporte falso, guardaba una pequeña caja de cerámica negra. Dentro, tres ampolletas de un líquido incoloro: tetrodotoxina. Extraída de peces globo, indetectable en autopsias convencionales, mortal en cuestión de minutos. La había conseguido de un contacto en el mercado negro, pagando con los ahorros de una década. Su plan original era usarla con Dante. Pero Héctor se la ponía en bandeja.

—Voy a cenar con el asesino de mi madre —se dijo al espejo, mientras se pintaba los labios de un rojo oscuro—. Y no voy a salir hasta que él deje de respirar.

El coche que la recogió era un Mercedes negro con cristales tintados. El conductor no habló durante todo el trayecto. Valentia aprovechó para memorizar la ruta, las salidas, los callejones sin salida. En su mente, ya planeaba la huida después del envenenamiento. Pero una parte de ella, la que aún no había matado a nadie, temblaba bajo la ropa de seda.

La mansión de la Moraleja era más imponente de noche. Luces cálidas en ventanales enormes, un jardín diseñado por paisajistas, una fuente que parecía sacada de un palacio italiano. El mayordomo la recibió con una reverencia y la condujo a un salón donde el fuego de una chimenea crepitaba como un presagio.

Héctor Montenegro estaba de espaldas, contemplando un cuadro de Goya. Cuando se giró, Valentina sintió el mismo escalofrío de aquella noche en el Ambassador. Pero ahora no había multitud que la protegiera. Solo las paredes de piedra y la alfombra persa donde su madre había dejado de existir, años atrás, en otra parte.

—Señorita Rossi —dijo él, con una voz que intentaba ser afable pero que a ella le sonó a cuchillo—. O debería decir... ¿Valentia? ¿Valeria? Los nombres son tan volátiles hoy en día.

—Valentina es suficiente —respondió ella, sin inmutarse.

Héctor rio, un sonido seco como ramas al romperse.

—Me gusta. Mi hijo habla maravillas de usted. Dice que es inteligente, culta, y que tiene una llave muy interesante alrededor del cuello.

El comentario heló la sangre de Valentina. Dante le había contado lo del collar. O peor: Héctor ya lo sabía por sus propias fuentes. Se llevó una mano al pecho instintivamente, pero la llave no estaba. Esa noche, por primera vez, la había dejado en su habitación. No quería darle a Héctor la satisfacción de verla.

—¿Para qué me ha invitado, señor Montenegro? —preguntó, directa.

—Para conocer a la mujer que ha hechizado a mi hijo —dijo él, avanzando hacia ella—. Y para ofrecerle un trato.

La cena transcurrió entre platos de tres estrellas Michelin y conversaciones tensas. Héctor habló de negocios, de poder, de la importancia de la lealtad. Valentia asintió, sonrió, bebió el vino que él mismo servía (no podía envenenarlo si no tenía acceso a la cocina). Mantuvo la ampolleta en el bolsillo interior de su chaqueta, esperando el momento.

Ocurrió durante el postre, una mousse de chocolate que Héctor comía con delicia. Valentina se levantó con la excusa de ir al baño. Era el momento. En la cocina, a oscuras, podría verter el veneno en la jarra del café que el mayordomo preparaba. Nadie la vería. Sería perfecto.

Pero cuando giró el pestillo de la puerta del baño para salir, una mano fuerte la empujó hacia adentro y cerró la puerta tras ella.

Dante.

Estaba allí, con el mismo traje de la gala, la corbata ligeramente aflojada. Sus ojos verdes ardían con una furia que Valentina nunca le había visto.

—No lo hagas —susurró, apretándole las muñecas contra los azulejos fríos—. Sé lo que llevas en el bolsillo. Lo sé todo.

—¡Suéltame! —siseó ella, forcejeando.

—No. No hasta que me escuches. Mi padre también es víctima.

Valentina dejó de luchar. Lo miró como si hubiera dicho la frase más absurda del mundo.

—¿Víctima? Ese hombre asesinó a mi madre, Dante. Le disparó en la nuca y luego incendió el coche para simular un accidente. ¿Eso es ser víctima?

Dante cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, estaban llenos de algo que ella no esperaba: lágrimas.

—Mi padre no mató a tu madre —dijo, con la voz rota—. Mi padre fue el chivo expiatorio. El verdadero criminal es mi tío, Renato Montenegro. Y mi padre lleva veinte años intentando proteger a Dante y a Lucas de él. Por eso guardaba el expediente. Por eso sigue vivo. Porque si muere, Renato nos matará a todos.

El silencio se hizo eterno. Valentina sintió cómo el suelo se abría bajo sus pies. Todo su plan, todo su odio, todas las noches de insomnio imaginando la muerte de Héctor... ¿habían sido un error?

—¿Por qué debería creerte? —preguntó, con la voz temblorosa.

—Porque esta noche, mientras tú planeabas matar a mi padre, él planeaba protegerte —respondió Dante, soltándole las muñecas—. La cena era una trampa, sí. Pero no para ti. Para Renato. Mi padre quería que él te viera aquí, que pensara que eres una aliada nuestra... para así poder tenderle una emboscada.

Valentina se deslizó por la pared hasta sentarse en el suelo. La ampolleta de tetrodotoxina pesaba como un ladrillo en su bolsillo.

—¿Y tú? —preguntó, mirando a Dante a los ojos—. ¿Qué papel juegas tú en todo esto?

Él se arrodilló frente a ella. Le tomó la cara entre las manos, con una ternura que la desarmó por completo.

—Yo —dijo, con una sonrisa triste— soy el que lleva diez años buscando a la hija de Sofía Vargas para decirle que su madre murió como una heroína. Y para pedirle perdón en nombre de mi familia.

Afuera, en el salón, se oyó el tintineo de una campanilla. El mayordomo anunciaba el café. Héctor los esperaba. Y en algún lugar de Madrid, Renato Montenegro ajustaba los hilos de una venganza que ninguno de los dos imaginaba.

Valentina sacó la ampolleta y se la tendió a Dante.

—Tú decides qué hacer con esto —susurró.

Él la tomó, la guardó en su bolsillo y la ayudó a levantarse.

—Ahora —dijo—, vamos a tomar café con mi padre. Y luego te contaré todo lo que el fuego no quemó.

Salieron del baño con las ropas arregladas y las sonrisas de vuelta. Nadie en la mansión supo que, en aquellos quince minutos, el odio de diez años había comenzado a convertirse en algo mucho más peligroso: una alianza.

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monita
🤔🤔🤔🤔🤔 no entendí esta novela 🤔🤔🤔 corta como me gustan perooooo??
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