Tres mujeres saltan por el tiempo transformando su dolor en poder. Sus vidas se cruzan sin saberlo. El pasado nunca fue tan presente.
NovelToon tiene autorización de analysi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 23: La enseñanza de Sofía
La habitación rosa dejó de temblar. La bombilla de alpaca descansaba entre las manos de Sofía como un pájaro domesticado. La chica de diecisiete años —ocho años menor que Valentina, pero con la mirada de alguien que ya ha vivido siglos— no podía apartar los ojos del metal brillante.
—¿Cuántas son? —preguntó Sofía, sin mirar a ninguna de ellas en particular.
—No lo sabemos —respondió Nora con honestidad—. Las que encontramos, las que nos buscan, las que están escondidas. Tal vez cientos. Tal vez miles. Tal vez siempre fuimos muchas y nunca lo supimos.
—Mi abuela también veía cosas —dijo Sofía, y su voz se quebró—. Pero se murió el año pasado. Antes de irse, me dijo: "Vos vas a heredar el don, pero también vas a heredar la soledad. Aprendé a vivir con ella." No supe qué contestarle.
—¿Y ahora? —preguntó Elena—. ¿Qué le contestarías?
—Que estaba equivocada —dijo Sofía, y por primera vez esbozó una sonrisa—. No hay que aprender a vivir con la soledad. Hay que aprender a romperla. Buscar a las otras. No esperar a que lleguen.
La piloto asintió con aprobación.
—Esa actitud te va a llevar lejos.
—¿A dónde? —preguntó Sofía—. ¿Adónde me van a llevar ustedes?
—A ningún lado que no quieras ir —dijo Valentina—. Nosotras no somos guías. Somos compañeras. El camino lo hacés vos.
Sofía apretó la bombilla contra su pecho. El metal ya no vibraba, pero seguía tibio, como si hubiera absorbido el calor de sus manos.
—¿Qué tengo que hacer?
—Primero, entender qué ves cuando ves las grietas —dijo Nora, sentándose en el piso frente a ella—. ¿Nos podés describir una?
Sofía cerró los ojos. Su respiración se volvió lenta, profunda.
—Son como... cortinas. Cortinas que se abren en el aire. Del otro lado hay otros lugares. Otras épocas. Veo a gente que no conozco, haciendo cosas que no entiendo. Una vez vi a un hombre con una armadura matando a otro con una espada. Otra vez vi a una mujer en un laboratorio blanco, rodeada de máquinas que no sé para qué sirven.
—Pasado y futuro —murmuró Elena—. Las grietas de Sofía no discriminan.
—¿Eso es malo? —preguntó la chica.
—No —respondió la piloto—. Es distinto. Las nuestras estaban más enfocadas en el dolor personal. Las tuyas parecen más... panorámicas.
—¿Qué significa?
—Que tal vez tu don no es para cerrar grietas —dijo Valentina, entendiendo—. Tal vez tu don es para observarlas. Para registrar lo que hay del otro lado. Para hacer de puente entre épocas sin intervenir.
—Como una cronista —dijo Nora—. Como yo, pero sin quedar atrapada en el entre.
Sofía abrió los ojos. Había algo nuevo en su mirada: no era miedo, no era curiosidad. Era propósito.
—¿Puedo aprender a controlarlo? —preguntó—. ¿Puedo abrir las cortinas cuando quiero y cerrarlas cuando quiero?
—Podés intentar —dijo Elena—. Nadie te va a enseñar porque nadie sabe cómo. El don de cada una es distinto. Tenés que descubrirlo vos sola.
—¿Y si me pierdo?
—No te vas a perder —dijo Valentina, y su voz sonó más firme de lo que se sentía—. Porque ahora sabés que existimos. Que hay un quirófano donde encontrarnos. Que hay una plaza fuera del tiempo donde descansar. No estás sola, Sofía. Eso ya no te lo saca nadie.
Sofía asintió lentamente. Devolvió la bombilla a Valentina, no porque no la quisiera, sino porque entendía que no era suya. Cada viajera necesitaba su propio objeto ancla. Ella tendría que encontrar el suyo.
—¿Puedo visitarlas? —preguntó—. ¿Puedo ir al quirófano?
—Cuando quieras —dijo la piloto—. Cerrá los ojos y pensá en nosotras. Si el tiempo te reconoce, vas a llegar.
Sofía cerró los ojos. No las pensó a ellas. Pensó en la plaza. En los árboles plateados. En la fuente que no mojaba. Y cuando los abrió, no estaba en su habitación rosa.
Estaba en el quirófano.
Las cuatro viajeras habían viajado con ella, pegadas a su energía como imanes. Marta y Clara las esperaban, sentadas en el círculo de siempre, con una lata de duraznos en almíbar abierta sobre la mesa.
—Llegaron —dijo Marta, como si las hubiera estado esperando toda la vida.
—Esta es Sofía —presentó Valentina—. La nueva.
Clara enfermera se acercó a la chica y le tocó la mejilla con suavidad.
—Tenés la piel fría —dijo—. Como todas al principio. Después se calienta.
—¿Después de qué? —preguntó Sofía.
—De saber que no estás sola.
Sofía se sentó en el círculo. Las otras hicieron lo mismo. Siete otra vez, pero una era nueva. El número no importaba. Lo que importaba era el círculo.
—Cuéntanos de tus grietas —dijo Nora—. Cuéntanos de las cortinas. Queremos entender cómo ves el tiempo.
Y Sofía habló. Habló durante horas. Les contó de la primera vez que vio una grieta, a los cinco años, en el baño de su casa. Les contó del miedo, de los psiquiatras, de los medicamentos que no funcionaban. Les contó de su abuela, la única que le creyó. Les contó de la noche en que la cortina se abrió más de la cuenta y casi la traga.
—¿Cómo hiciste para no caerte? —preguntó Elena, que conocía bien el vértigo del abismo.
—Me agarré de la manija de la puerta —dijo Sofía—. La cortina chupaba, pero la manija no se movía. Me sostuve hasta que la grieta se cerró sola.
—Instinto de supervivencia —dijo la piloto—. Eso no se enseña.
—¿Y ahora qué hago? —preguntó Sofía—. ¿Vuelvo a mi casa y finjo que nada pasó?
—No —dijo Valentina—. Ahora volvés a tu casa y vivís tu vida. Pero con una diferencia: sabés que esto existe. Sabés que podés venir cuando quieras. Las grietas no van a desaparecer, pero vos vas a aprender a mirarlas sin miedo.
—¿Y si necesito ayuda?
—Nos llamás —dijo Marta—. Con el pensamiento. Con el corazón. Con la bombilla, si te la prestamos. Siempre vamos a escuchar.
Sofía se puso de pie. Miró a las otras seis. Se miró las manos, todavía temblorosas.
—Gracias —dijo—. No saben lo que significa esto.
—Sí sabemos —dijo Clara—. Porque todas pasamos por lo mismo.
Sofía cerró los ojos. Pensó en su habitación rosa. En el póster de rock. En los libros desordenados en el piso.
Cuando los abrió, se había ido.
El quirófano quedó en silencio por un momento.
—¿Creen que va a estar bien? —preguntó la piloto.
—Va a estar mejor —dijo Elena—. No perfecta. Pero mejor. Eso es todo lo que podemos pedir.
Valentina guardó la bombilla en el bolsillo. Miró el lugar vacío donde había estado Sofía.
—Una más —dijo—. Cuántas faltan?
—Muchas —respondió Nora—. Pero tenemos tiempo.
—¿De verdad tenemos tiempo? —preguntó Marta—. El tiempo se supone que está sano.
—El tiempo está sano —dijo Lucía, apareciendo de la nada como solía hacer en la plaza—. Pero las viajeras no. Las viajeras son las que necesitan sanar. Y ese trabajo nunca termina.
—¿Nunca? —preguntó Valentina.
—Nunca —respondió su abuela, con una sonrisa—. Por suerte. Porque si terminara, ¿qué haríamos nosotras?