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AHORA QUE LLEGÓ EL AMOR VERDADERO, EL PASADO SE HACE PRESENTE

AHORA QUE LLEGÓ EL AMOR VERDADERO, EL PASADO SE HACE PRESENTE

Status: Terminada
Genre:Autosuperación / Romance / CEO / Completas
Popularitas:3k
Nilai: 5
nombre de autor: RENE TELLO

VOLVER A AMAR - TEMPORADA II

Ella creció creyendo que el amor era resistencia, ceder un poco más, esperar que las cosas mejoren. Durante años sostuvo una relación que hacia afuera parecía perfecta, pero puertas adentro la hacía dudar de sí misma. Él era encantador con el mundo y tormentoso en privado. Y ella, paciente, probablemente demasiado paciente.

Hasta que una noche, en medio de una cena donde entendió que nadie iba a defenderla, ni siquiera ella misma, respiró hondo y tomó la decisión más difícil y necesaria de su vida: irse.

Se fue con una maleta, con miedo, con incertidumbre, pero también con una extraña sensación de alivio.

Lo que no sabía era que marcharse no era el final, sino el comienzo. Que después de una relación que la apagó, podía existir un amor distinto, uno más sano, más ligero, uno donde no tuviera que disminuirse para quedarse.

Porque a veces perder una historia es la única manera de encontrarse con la que realmente está destinada a vivirse.

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CAPÍTULO 20

El día amaneció claro, como si el cielo mismo hubiera decidido vestir de fiesta. El sol se filtraba con una luz dorada que parecía celebrarnos, y yo desperté con el corazón latiendo apresurado, sintiendo que todo en mí vibraba distinto. El anillo brillaba en mi mano como un pequeño sol personal, recordándome cada instante del camino recorrido para llegar hasta aquí. Hoy no era solo mi boda: hoy se sellaba la familia que habíamos elegido. Emiliano, Leonardo y yo. Invencibles, juntos.

Jessica me esperaba ya en mi departamento. Su entusiasmo desbordaba incluso el aire.

—¡Samantha!— me abrazó con tanta fuerza que parecía querer fundir su energía en mí. —Hoy empieza todo. Hoy es tu gran día. ¿Lista para brillar?

Asentí, aunque en mi pecho se mezclaban nervios, ilusión y un cosquilleo de incredulidad. Habíamos planeado cada detalle con Leonardo; él se encargó de todo, hasta de la seguridad. Sabía que nada ni nadie podría interrumpirnos. Octavio aún podía intentarlo, pero con la citación judicial y con Leonardo a mi lado, estábamos blindados.

La finca elegida parecía sacada de un sueño. Jardines inmensos, fuentes iluminadas, un salón de cristal que devolvía la luz del sol en reflejos suaves. Cada rincón estaba vestido con flores blancas y rosas pálidas, y senderos de pétalos conducían al altar. Los invitados llegaban con elegancia, pero con sonrisas relajadas, conscientes de que estaban a punto de presenciar algo más que una boda: la consolidación de una familia.

Vi a don Antonio y doña Hilda en el jardín, cuidando de Emiliano, que corría feliz en su pequeño esmoquin, bajo la atenta mirada de dos niñeras especialmente seleccionadas para ese día. Su risa llenaba el aire, inocente y contagiosa. Saberlo seguro en los brazos de sus abuelos me dio un alivio profundo: él también, de su manera, comprendía que ese era su día tanto como el nuestro.

Cuando crucé las puertas del salón, mi propio reflejo en los cristales me robó un instante de aliento. El vestido caía en un vuelo suave que rozaba el suelo, moderno y elegante, con un escote discreto que insinuaba sin revelar. No era vanidad lo que sentí, sino gratitud, mi imagen reflejaba exactamente lo que quería transmitir, una mujer que caminaba hacia su destino.

Y allí estaba él. Leonardo. Erguido frente al altar, con el traje oscuro impecable y los ojos brillando con esa mezcla de amor y orgullo que siempre logra desarmarme. Por un momento, el murmullo de los invitados desapareció: solo existíamos él y yo, dos Samanthas que habían elegido encontrarse.

Emiliano corrió a mi encuentro y rodeó mis piernas con un abrazo.

—Tía Samantha, te ves… increíble— susurró, con la voz temblorosa de emoción.

Lo alcé unos segundos y lo acomodé a mi lado. Sabía que él también, de su manera, sentiría la magia del momento.

Leonardo me tomó de la mano y nuestras miradas se encontraron, llenas de promesas silenciosas. El jardín se sumió en un silencio respetuoso mientras el oficiante nos invitaba a intercambiar nuestros votos. Cerré los ojos un instante y respiré hondo.

—Leonardo— empecé, con la voz suave pero firme, —hoy me entrego a ti sabiendo que juntos hemos construido más que un amor: hemos construido un hogar. Prometo cuidarte, escucharte y caminar a tu lado, en los días soleados y en los que se nuble el cielo. Prometo proteger a Emiliano como si fuera mi propia sangre, reír con él, aprender con él, y enseñarle que la familia se elige con el corazón. Prometo amarte con pasión, paciencia y ternura, cada día que nos regale la vida.

Leonardo me tomó de ambos lados del rostro, acercándome suavemente hacia él, y su voz llenó el jardín con una calidez que me atravesó.

—Samantha, desde que entraste en mi vida, todo adquirió sentido. Hoy prometo cuidarte, respetarte y amarte con cada parte de mí. Prometo hacer de nuestro hogar un refugio seguro, lleno de risas, paciencia y comprensión. Prometo proteger a Emiliano, enseñarle y aprender con él, y asegurarme de que siempre sienta que su lugar es junto a nosotros. Prometo que no habrá miedo en nuestro camino, porque lo enfrentaremos juntos, y que cada día celebraré la suerte de caminar a tu lado. Contigo, Samantha, he aprendido lo que significa la palabra familia, que espero crezca con el tiempo y prometo que nunca dejaré que eso se rompa.

Sus palabras me hicieron temblar. No era solo amor lo que sentía por mí, sino un compromiso profundo con nuestra unión y nuestra familia. Sentí cada una de sus promesas como un abrazo cálido que me envolvía.

Cuando el oficiante nos declaró marido y mujer, todo el jardín estalló en aplausos y vítores. Emiliano gritó con una fuerza que hizo temblar las flores del altar.

¡Sí! ¡Mi familia está completa!

Leonardo me alzó la mano entrelazada con la suya y me robó un beso profundo, cargado de todo lo que habíamos dicho con nuestras palabras y con nuestros corazones. En ese instante, bajo la luz dorada y el aroma de las flores, supe que cada paso, cada decisión, nos había llevado a este lugar perfecto.

Más tarde, ya como esposos, nos refugiamos en un banco bajo un rosal iluminado por lámparas cálidas. Emiliano jugaba feliz con don Antonio  y doña Hilda a pocos metros. El aire olía a flores recién abiertas y al murmullo del agua cercana. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que no había sombras persiguiéndonos.

Leonardo entrelazó sus dedos con los míos y los acarició con suavidad.

—Hay algo que anhelo, como nuestra boda y es nuestra primera noche de casados— susurró, inclinándose hacia mí y no pude evitar sonrojarme. —Tenemos a Emiliano seguro, bajo la supervisión de Jessica que se apuntó feliz y el mundo, Samantha, lo tenemos a nuestra manera.

Apoyé la cabeza en su hombro, dejando que la serenidad de ese instante me envolviera. El viento acariciaba mi rostro, trayendo consigo una certeza luminosa: éramos una familia, un equipo invencible, y nadie podría separarnos.

Cuando la fiesta terminó y los últimos invitados se despidieron, quedamos solos. Emiliano estaba seguro con don Antonio y doña Hilda, más el apoyo de Jessica, porque quería que no me preocupar por nada en esa noche tan especial.

El silencio en el auto estaba cargado de tensión, cálido y eléctrico. Sus dedos se entrelazaron con los míos, y un escalofrío recorrió mi brazo hasta el pecho. Cada mirada que nos cruzábamos encendía algo dentro de mí, un deseo contenido que estallaba en cada roce.

La habitación del hotel olía a jazmín y a madera pulida. Las cortinas, de un lino tan blanco que parecía plateado bajo la luz de las lámparas de sal, se movían con la brisa que entraba por el balcón abierto. Escuché el sonido de mis propios tacones sobre el mármol del piso, demasiado alto, demasiado presentes, como si cada paso me acercara a algo de lo que no habría retorno.

Leonardo cerró la puerta detrás de nosotros con un clic que resonó en mi columna vertebral. Se quedó allí, inmóvil, con la mano aún en el pomo, como si necesitara ese punto de apoyo creo para no lanzarse sobre mi en ese mismo instante. Me giré, y el vestido me rozó los tobillos, la seda susurrando contra mi piel como una caricia anticipada.

Estábamos solos. Realmente solos.

Él exhaló, un sonido áspero, casi un gruñido, y dio un paso hacia mi. Luego otro. La luz lo golpeaba de lado, tallando cada ángulo de su rostro, cada línea de tensión alrededor de su boca. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, levantó una mano, pero no me tocó. No aún. Sus dedos se cernieron sobre mi mejilla, como si midiera el calor que emanaba de mi.

—Samantha —dijo, y su voz era un raspado, como si llevara días sin hablar—. Te he esperado tanto.

No tuve tiempo de responder. Sus labios chocaron contra los míos en un beso que no era dulce, ni tierno, sino hambriento. Un beso que hablaba de meses de miradas robadas, de noches en vela, de promesas susurradas en la oscuridad cuando creían que nadie los escuchaba. Gemí contra su boca, y él aprovechó para profundizar el beso, su lengua invadiendo, reclamando, mientras sus manos bajaban por mis brazos.

Me arqué hacia él, mis pechos presionando contra su torso, sintiendo cómo los botones de su camisa se clavaban en mi piel a través de la fina tela del vestido. Mis manos subieron por su espalda, siguiendo la línea de sus omóplatos, los dedos hundiéndose en los músculos tensos de sus hombros. Leonardo gruñó, un sonido gutural que vibró contra mis labios, y me empujó contra la pared más cercana.

El impacto me dejó sin aliento, pero no me importó. Lo único que importaba era el calor de su cuerpo apretado contra el mío, la dureza de su erección presionando contra mi vientre, el modo en que sus caderas se movían en círculos lentos, frotándose contra mí. Sus labios abandonaron los míos, bajando por mi mandíbula, mi cuello, dejando un rastro de besos húmedos.

Las manos encontraron el cierre de mi vestido y lo descendieron con una habilidad que me hizo preguntarse cuántas veces había imaginado este momento. La tela se deslizó por mis hombros, cayendo en un susurro alrededor de mis caderas.

Mi cuerpo se arqueó hacia adelante cuando la lengua de Leonardo trazó un camino lento y deliberado desde mi clavícula hasta el valle entre mis senos. El vestido, ahora un charco de seda a mis pies, dejaba al descubierto solo la lencería.

Sus dedos se enredaron en el encaje de mi sujetador, tirando con una paciencia que me volvía loca. El aire fresco de la habitación acarició mi piel recién expuesta, erizando cada poro mientras él bajaba, besando el contorno de mis pechos antes de capturar un pezón entre sus labios.

—No te detengas —susurré, hundiendo mis dedos en su cabello espeso, sintiendo cómo el peso de su cuerpo la empujaba contra la pared. La humedad entre sus muslos era innegable, un recordatorio de cuánto lo había deseado, de cuánto lo necesitaba.

Leonardo gruñó contra mi piel, el sonido vibrando a través de su torso antes de que sus dientes rozaran con justeza el borde sensible. Sus manos, ahora libres del encaje, descendieron por mi cintura, sus pulgares dibujando círculos en las caderas antes de engancharse en el elástico de las bragas. No hubo prisa, pero tampoco vacilación. El tejido cedió con un suspiro, deslizándose por mis piernas hasta unirse al vestido en el suelo.

—Dios, Samantha —murmuró, su aliento caliente contra mi vientre mientraa se arrodillaba—. Llevaba meses imaginando esto.

Sus palabras eran un susurro áspero, casi un reclamo, antes de que su boca encontrara el centro de su deseo. El primer contacto fue exploratorio como si quisiera memorizar cada pliegue, cada estremecimiento. Jadeé con mis rodillas temblando, pero él me sostuvo firme, sus manos grandes ahuecando mis nalgas, acercándomé más a su boca. Me hizo ver estrellas, mientras sus dedos se unían al juego, con una lentitud tortuosa.

—Leonardo, por favor —gemí, mis uñas arañando la pintura de la pared—. Más.

Él obedeció, pero no como esperaba. En lugar de aumentar el ritmo, sus labios se cerraron alrededor de mi punto más sensible, aplicando una succión que me hizo arquearme violentamente. Un dedo se curvó dentro mío, encontrando ese punto que me hizo perder el control, y grité, mi cuerpo sacudiéndose contra su boca. No hubo aviso, no hubo construcción gradual; el orgasmo me golpeó como una ola, arrasando con todo menos con el nombre de él en sus labios.

Antes de que pudiera recuperarme, Leonardo se levantó, sus labios brillantes, su mirada oscura y posesiva. Con un movimiento rápido, me levantó en brazos, llevándome hacia la cama como si no pesara nada. El colchón cedió bajo nosotros, y por primera vez esa noche, nuestros cuerpos quedaron completamente desnudos, piel contra piel. El calor de él era abrasador, su erección dura y palpitante contra mi muslo mientras se colocaba sobre mí, apoyándose en los antebrazos para no aplastarme.

—Te amo —susurró con su voz ronca, mientras su boca encontraba la mía en un beso. —Y voy a hacerte mía, lentamente.

—Yo también te amo— respondí, aferrándome a él, sintiendo cómo su deseo respondía al mío.

Lo atraje hacia abajo, con mis piernas envolviéndolo, sus talones presionando la parte baja de su espalda para acercarlo más. El primer contacto fue electricidad pura; la cabeza de su xxx rozando mi entrada, húmeda y lista. Él empujó con una lentitud excitante, centímetro a centímetro, permitiéndome que se ajuste a su tamaño. Cada avance era acompañado por un beso en mi cuello, un mordisco en mi hombro, un susurro en mi oído que me recordaba cuánto me deseaba.

—Joder, estás tan apretada —gruñó, sus caderas moviéndose en círculos minúsculos, profundizando el contacto sin prisa—. Como si estuvieras hecha para mí.

No podía formar palabras. Solo gemidos, jadeos entrecortados cada vez que él retrocedía casi por completo para luego hundirse de nuevo, más profundo. Mis manos exploraban su espalda, sus nalgas, cualquier parte de él que pudiera alcanzar, como si quisiera asegurarme de que esto era real. Porque lo era. Después de meses de miradas robadas, de tocarnos como si el mundo pudiera desvanecerse, estábamos aquí, sin barreras, sin secretos.

El ritmo cambió cuando Leonardo no pudo contenerse más. Sus embestidas se volvieron más urgentes, cada una acompañada por el sonido húmedo de nuestros cuerpos uniéndose, el crujido de las sábanas bajo nosotros. Levanté las caderas para encontrarlo, mis muslos temblando con el esfuerzo, mis uñas marcando surcos en su espalda. El placer se acumulaba de nuevo, más intenso esta vez, como un fuego que amenazaba con consumirme.

—Soy tuya —logré decir entre jadeos, sus labios contra los de él—. Siempre.

Eso fue todo lo que necesitó. Con un gruñido gutural, Leonardo me penetró con fuerza, sus caderas golpeando contra las de mí mientras el orgasmo lo arrasaba. Sentí cómo se tensaba dentro, cómo cada pulsación de su liberación me llevaba al borde una vez más. Y entonces, con un grito ahogado contra su hombro, se dejó caer, su cuerpo convulsionando alrededor del de él mientras las olas de placer nos arrastraban a ambos.

Quedamos así, entrelazados, sudorosos, con el corazón martillando tan fuerte que podía sentir el de él contra mi pecho. Leonardo rodó hacia un lado, llevándome con él, nuestros cuerpos aún unidos, nuestras respiraciones entrecortadas llenando el silencio de la habitación.

Nos quedamos abrazados un buen rato. Emiliano estaba seguro, y nosotros estábamos solos, entregados, conectados en cada toque, cada estremecimiento, cada gemido. La habitación olía a jazmín y a nosotros, y supe que, pase lo que pase, nuestro amor, nuestra pasión y nuestra familia permanecerían intactos, invencibles, para siempre.

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Amalia liza maldonadoliza
bellísima historia te felicito de corazón
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